sábado, 21 de diciembre de 2013

Fulgencio abandonado - Marina C. Kohon y Cristian Cano

Se agacha y la panza le cuelga. Las bolsas repletas de latas se le caen. No desperdicia un vaso plástico, no Sr. Sirve para la noche, cuando está más solo. Dice que cada objeto mundano ciñe el sentido, eso o pegarse un tiro. Los ojos pardos, blancos y nevados de frío, de piel dura, de indiferencia, de todo. Levanta el vasito y lo observa. Mira adentro, quiere saber si está lindo para usar. Fulgencio no desea nada de nadie. Es más, da miedo orbitar en su mundo. Se convirtió en un trozo de madera hosco, en un ermitaño del más acá: ese lugar cerquita al que ninguno va. El más acá de Fulgencio, el mal que lo mata. Mundo-Fulgencio. Lo sobrante de la gente. Limpia el vaso de cumpleaños con una telita y regresa a lo suyo. El Emperador y el vasito. Lo complejo desvalorizado. La vida sencilla que destroza todo lo otro. Carne con tierra. Las personas le pasan por un lado como mundos indistintos: inerciales realidades en una Teoría de membranas. Si se miran, el Big Bang. Gente membrana. Pero no importa, la estupidez sale cuando él refriega bien con el trapito: la mirada nublada de lo verdaderamente existencial.
Las rutinas salvan los días y exigen poco. Sólo la atención en el objeto y el detalle. Extiende el trapo, lo dobla con precisión minuciosa. ¿Qué sigue? El plato, claro.  Enjuaga los bordes, que son los más peligrosos. El centro es más seguro. Movimientos que Fulgencio ha ensayado tantas veces… igual es necesario no desviar la concentración, el pensamiento en el blanco, en el centro de ese plato. Un Emperador poniendo orden.
Y luego extendiendo su imperio, que es la forma más segura de no caer.
Ubicando las latas de la bolsa, cada una.  Moverse preciso y apartar las ideas, que a veces quieren filtrarse entre los objetos. En esos casos lo importante es moverse rápido. No dejarlas, no dejarlas, borrarlas rápido. No existen. Qué alivio.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Descripción de la muerte — Cristian Cano Y Carina Sedevich


Esperarte. Sentado en el patio, te espero. Sabé que puedo descubrir los cambios que el tiempo disfraza: el terrón arenoso, que degrada. Esperando, inquieto. Sepan que dejo cenizas en el piso. Y la nostalgia que siento no está en el pasado ni en el futuro, como dijo Pessoa. Si venís no habré aprendido nada. Si no venís, tampoco. La vida es demasiado corta para olvidar cualquier cosa.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Lápiz y papel

 
Un monstruo explorador copión, dijo Valentín, y un maniquí verde que observó su reloj pulsera y enseño dientes nos arrebató con un lápiz.  Con una de sus manos nos trazó irremediables: movimiento poroso de avasallante dimensionalidad. Una realidad lindante que no deja espacios vacíos. La cominola que rebalsa.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La flor cortada - Cristian Cano y Claudia Isabel Lonfat

Me gustan mucho. Siempre traigo una y la pongo en un vaso con agua o la clavo en la maceta de la cocina. Sospecho que al pensar en una flor instantáneamente cortan una. Pero no soy una tijera, tampoco una mano indiscriminada. Imagino para tratar de no matar. Las veo enteras, fuertes y también peno por ellas hasta el punto de saberme un criminal. Momento aletargado y laceral: me digo que es el bien en contra del mal. A veces, ni lo pienso y la corto. La arranco y después sueño con un ejército arisco y floreado rivalizar con la muerte. La mía. Coloridamente proclaman: ¡asesino! Algo de culpa llevo. Me da lástima cortar las flores, pero con en el tiempo siempre descubro un aroma que me asegura: son suicidas. Viven y gozan el esplendor transformado cuando las decapitás y exhibís en el vaso con agua. Un acto abominable.
Luego, me pasan otras cosas. Cosas que no puedo decirme en voz alta, que las reservo para mí. Cosas que empobrecen cualquier pensamiento y que solo mi mente es capaz de ver, como si esta pudiera separarse de mi cuerpo a voluntad, y adquir indentidad. Una maraña de visiones aterciopeladas como pétalos salvajes, enviando señales perfumadas.

viernes, 22 de noviembre de 2013

El final — Nélida Magdalena González y Cristian Cano

Luego de una tempestad que duró dos semanas, escampó. Los lugareños salieron de sus casas a observar el cielo: temían por la siembra y era probable que se hubiese perdido todo. Don Héctor, un anciano del lugar, yacía quieto. Parecía inmovilizado.
—¿Qué pasa abuelo? —le dijo su nieto—. La lluvia calmó, no cae una gota
—Demasiada tranquilidad —respondió preocupado.
El aire denso inquietaba a todos. Las miradas cómplices daban a entender que esperaban algo raro. No sabían qué podía ser. Tampoco era una sensación familiar. Menos los niños, que jugaban en los charcos, estaban todos en vilo.
—¿Por qué no vas con esos chicos? ¿No te gusta embarrarte?
—No —respondió su nieto—. Quiero estar con vos. Hace mucho que no hablamos.
—No es un buen momento para hablar. Mañana, si querés.
—No mirés más el piso, abuelo —Héctor lo miró—. Me da miedo.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El muñeco de la pieza

Espero a que apague la luz y se acueste para empezar. Cuando la penumbra es plena aprovecho la claridad de la Luna. Cierra los ojos y comienzo a girar cabeza muy despacio. No quiero que me descubra. Milímetro a milímetro tardo casi una hora. Cuando escucha ruidos cree que son los gatos en el techo, pero en realidad es el crujido de mi cuello: ruido plástico a juguete. Los silencios ahuecan y me sobra para seguir con la labor de la cabeza. Hasta que lo puedo ver: mira televisión y tiene el control remoto en la mano. No sabe que estoy vivo. No tiene idea de que lo vigilo todas las noches. Porque tengo los ojos pintados y el pelo arremolinado. Con los dedos duros y una sonrisa congelada, lo miro desde el rincón.

jueves, 24 de octubre de 2013

El pedazo de patio


—Lo sentí. ¿Por qué no me creés? —dijo Siria—. No me quedo más sola. Esta casa tiene algo basto. No me gusta.
—Vos quisiste venir —dijo su novio: Ramiro encontraba la forma de contradecirla—. Y acá dentro no hay nada. ¿Qué querés insinuar?
 —Que el cielo es un velo engañoso.
—No te pongas así —dijo Ramiro—, me preocupo. ¿Ves este uniforme? No te va a pasar nada.

Siria caminó hasta la ventana y se agarró de la cortina, como lo haría una piba. Observó el cielo sobremanera. Ramiro no supo desde cuándo ella había dejado su cabello como la crin de un caballo. Empezaba a temerle, pero en una forma muy especial. Él se sentó y se miró las manos hasta que reparó en la espalda de su pareja, el vestido que traía (de dónde lo había sacado) y las flores que había cortado.

 —Amor —dijo ella soltando la cortina—. El cielo es insípido. Siempre tiene la culpa y constantemente me estanco en su cresta. Yo no tengo la culpa, sabés. Sólo me doy cuenta.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Pulp Ficcion


―Sí, son hiperdimensionales. Seres no físicos. Entes transdimensionales, como sondas cybergenéticas, parecidos a plantas. Están abduciendo nuestra fauna, un desastre. Los psicópatas son portales que ellos usan para entrar a nuestro Universo. No tienen alma. Son hechos científicos, la Nasa está detrás del tema.
―Señor, ¿cuánta mortadela de caballo va a llevar?
 

Viñeta y publicación: Revista Alfa Eridiani

miércoles, 2 de octubre de 2013

Espacio – Héctor Ranea y Cristian Cano


—Quisiera haber sido el astronauta que salvó a Laika de la muerte. El cura que bendijo a los monos que mandaron al espacio sin retorno, pero que volverían si yo los bendecía. Hubiera querido ser el que salvaba a mi vecina de los ladrones de banco que la tomaron de rehén y mandarlos al espacio con Laika.
—¿Pero no la habías salvado?
—El espacio multiplica las perras como Laika. Hay multitud.
—¿Y qué más? Porque, según me habías dicho, esa dichosa vecinita tuya empezó a emboscar a los perros del barrio.
—Le afectó lo del banco. Pero tengo planes para ella, esta vez no se me escapa.
—¿Y cuáles son si se puede saber?
—Voy a tratar de mandarla al espacio o, en contrapunto, lograr que no se junte con los chinos de la esquina.
—Sos el indicado. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Recordar también mata

Tus dedos tocan el dibujo en el mantel y te llevan hacia el relieve ínfimo de los adentros: viaje misterioso a través de galaxias neuronales que finaliza en una detonación emotiva. Rememorás. La desenterrás desde lo hondo. La arrancás y traés hasta tu lado imaginario y, cuando las células se agotan, menguás como la tarde. Te vas calentando con esos colores rojamente encendidos. Después alguien hace un ruido y te morís. Te vas muriendo porque el atardecer se te cae a pedazos.  

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un caffè ed un sorso di malinconia — Ana Caliyuri & Cristian Cano

Si avvicina ai vetri appannati, gli piace disegnare su di essi col suo indice. A volte delinea note musicali, altre volte gioca con parole che rapidamente cancella. Mou, il padrone del Bar, mi ha dato strette indicazioni di pulire tutti i vetri. Non vorrei interrompere il Sig.. Evanescente, così l'ho soprannominato per il suo affanno di far evaporare velocemente quello che delinea sui vetri. È già tardi, devo pulire quel vetro e l'inamovibile, mi guarda con un certo sarcasmo. Gli sorrisi e quella fu la mia peggiore decisione. Non voglio avere nessun tipo di inconveniente nel lavoro. Non li ho. Mi avvicino falle finestre e vedo un cuore del volume di un pugno. Non avanzo più, preferisco rimanere quieta. Osservo ed egli non c'è. Preferisco sperare che il condensato amore diluisca il disegno.
 
Del libro inedito Nel bar del "angolo" di Ana Caliyuri e Cristian Cano
 
Trad: Raffaele Serafino Caligiuri

jueves, 19 de septiembre de 2013

Un café y un sorbo de melancolía — Ana Caliyuri & Cristian Cano


Él se aproxima a los vidrios empañados, le gusta dibujar sobre ellos con su dedo índice. A veces delinea notas musicales, otras veces juega con palabras que rápidamente borra. Mou, el dueño del Bar, me ha dado estrictas indicaciones de limpiar todos los vidrios.  No querría interrumpir al Sr. Evanescente, asi lo he apodado por su afán de evaporar con rapidez lo que delinea sobre los cristales. Ya es tarde, debo limpiar ese vidrio y él inamovible, me mira con cierta picardía. Le sonreí y esa fue mi peor decisión. No quiero tener ningún tipo de inconveniente en el trabajo. No los voy a tener. Me acerco hasta las ventanas y veo un corazón del tamaño de un puño. No avanzo más, prefiero quedarme quieta. Observo y él no está. Prefiero esperar a que el condensado amor diluya el dibujo. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Evento

El deslizador descendió sumido en un silencio filoso. Mediante especulaciones la gente detuvo su andar y quedó atenta. La forma de una lágrima color gris oscuro no reflejaba brillos y, por alguna razón desconocida, los vehículos dejaron de transitar. De repente una figura que constituía asombros y miedos: una mantis religiosa verdosamente apabulló y caminó unos metros hasta las personas. Dos metros de altura y ochenta kilos de peso fueron suficientes para las mentes más culturales. Temiblemente telepática e intuitiva a niveles desconcertantes revolvió deseos y odios. Certificó errores y dedujo posibilidades. Hoy nadie quiere hablar del acontecimiento. Lo que sucedió se diluye día a día en las células de la memoria. Otros, observamos el cuadro inolvidable apartarse y no encastrar en las virtudes que nos dicen necesarias.   

martes, 3 de septiembre de 2013

Encuentro cercano del tipo jugoso — Cristian Cano & Guillermo Vidal

Mariom bajó la escalera hacia el sótano y se escondió debajo de la mesa de pool. Nervioso, vio a través del rabillo de su ojo cómo la puerta de entrada salió volando.
Sí. Salió volando.
El Ramstad asomó su pedúnculo plasmático y percibió el temor del chico. En su planeta hubiese extraído su probóscide de ectogámat, pero en la Tierra la atmósfera estaba repleta de microbios. Mariom dio un respingo y se golpeó la cabeza al escuchar un soplido y una inhalación profusa: una densa sensación que le caló en los huesos y terminó por perturbarlo con un quejido jugoso de curiosidad que le hizo pensar en un filete dorándose al asador, aderezado con tres batatas envueltas en papel metálico y un ají renegrido. Mordió con fruición el pedúnculo que se le ofrecía y el Ramstad se retorció de dolor y placer, los últimos estertores fueron de agradecimiento.

martes, 20 de agosto de 2013

En el siglo venidero — Raquel Sequeiro & Cristian Cano


Y la adolescente victoriana dejó ver un trocito de su cuello, el escote que languidecía y suspiraba de amor y congoja y la dejaba embarullada de amor y de celos. Su enamorado estaba en la ventana con la criada. Supuso, viéndolo todo desde el jardín, que esos eran los idilios secretos del marqués, no tan secretos puesto que ella los veía y... El padre interrumpió sus pensamientos. Llegó a caballo, con el perfecto traje de montar de un ilustre mayordomo y la sacó de sus ensoñaciones. El visitante del piso de arriba estaba al salir y ella decidió esperarlo porque el reparo de su padre únicamente confirmó lo que ella tanto deseaba: nunca pensaba en los sinsabores y estaba dispuesta a irse con su fugitivo mental. Mojó su pelo en la fuente. El marqués siempre se imaginó que ella tardaba una eternidad en limpiarla.

viernes, 9 de agosto de 2013

El túnel de Ernesto — Cristian Cano y Ada Inés Lerner

 
Después de mucho pensar me he decidido a saltar dentro del túnel. Cuando descubrí que existía me puse como loco, porque sabía que Ernesto tenía razón: nunca me gustó su primigenia escritura, por eso la desconfianza. Ahora sé que es verdad. Sé que si abro la puerta del ropero ahí va a estar, la boca negra en el departamento desolado, el diente del despecho vuelto hendidura, la ternura trastocada en encono, el afecto en hostilidad.
En ese ambiente pernicioso no hay cabida para un hogar, para el amor fraternal, la amistad, aún la fe en un futuro no tienen cabida. Ernesto representaba todo aquello que yo había rechazado como predestinado. Toda relación con personas y cosas y sacramentos rituales se construye con sentimientos sanos y verdades de a puño. Sin embargo él se empeñaba en destruir todo aquello que su malquerencia le impedía construir.

domingo, 28 de julio de 2013

Renoir y la esperanza – Ana Caliyuri & el Cristian Cano


Renoir tenía encendido el televisor en el momento en que el mundo pareció detenerse ante la singular noticia. El periodista, pálido y con incipiente tartamudez, intentó explicar a los billones de televidentes acerca del descubrimiento del siglo: una civilización de ultramar que se consideraba superior a la raza humana había sido avistada. De ellos se desprendía la partícula del amor; sus mascotas eran los delfines. Renoir, desolado y angustiado, pensó en pagarse durante la primavera un viaje hasta allí, Pierre siempre había sido un conservador de las tradiciones y eso mismo lo empujó en su decisión. Fue llevado en travesía por los mismos delfines que él creyó los Bañistas de un mundo por conocer. Cuando pudo acercarse a uno de ellos las partículas se apoderaron de su interior, aunque siguió siendo un acérrimo impresionista. 

miércoles, 24 de julio de 2013

Lluvia — Cristian Cano y Ana Caliyuri


Cuando se sentaron formando un gran círculo humano supe que no estaban bromeando y que los pensamientos modelan la realidad. Si las moléculas de agua adquieren diferentes formas al momento de congelarse cuando las exponemos a situaciones variables, quiere decir que los pensamientos moldean la materia. Los océanos varían por la Luna ¿Nosotros no somos un 70 % agua? Cuando comenzaron a cantar sentí que me disolvía entre noveles cánticos acuáticos. Ella, sentada a mi vera, me miró acuosa; de sus ojos parecían salir aguijones de hielo. Celosa, la percibí con odio ancestral. Como siempre mis pensamientos fueron por las espumas de la mar; ahí estaba la elegida; la besé apasionadamente hasta que sólo fue olas. Nuevamente el dilema entre Hera y Afrodita; ésta vez pensé en la luna y las mareas. Afrodita y yo nos alzamos a las alturas. Hay muchas maneras de ser agua; hoy fuimos lluvia.

domingo, 21 de julio de 2013

El enojo de los gorriones


Un éter incansable, ingobernable, que se desliza colándose por entremedio de los cajones y la ropa, evidencia el ataque. Ahí, donde nadie quiere estar porque todo cambia irremediable, queda un recuerdo potente que esteriliza. Los gorriones no nos quieren matar con su melancolía, pero están enojados porque los hacemos a un lado. Por favor, no los abandonemos. Ellos se pelean en la tierra con la ferocidad de los leones para demostrar que no nos van a fallar y que son útiles porque son un poco soldados. El gorrión te mira y te busca desde que eras un pibe, acordáte. Recordálo: parado siempre en el alambrado, sin miedo, esperando que lo quieras. Quereme, que tengo pelito de gorrión, saltito de la india, el valor de los leones y las ganas de evitar la muerte.

jueves, 18 de julio de 2013

Un día impensado – Ana Caliyuri & Cristian Cano

Se levantó como todos los días a la hora habitual. El reloj puntualmente marcó los siete pitidos de la hora siete. Alzó la persiana y, como cada día de los últimos doce años, miró hacia la casa de enfrente. Marilyn también se alzaba a la misma hora. Contó los minutos precisos como para cruzarse en la vereda con ella. Al minuto cuarenta y dos Marilyn abriría la puerta del edificio y él como cada mañana podría saludarla y quedarse con esa imagen el resto del día. Si fallaba sería un día perdido. Llamó al ascensor y bajó mirándose en el espejo: pelo batido y cara lavada eran un buen comienzo. Él la vio y le sonrió (¿un segundo más que ayer?) y alcanzaba para revalidar el día. Cuestionó el momento pendular y si iba a poder soportarlo. El momento exacto en el que, compartiendo, se comprueba la soledad.

domingo, 14 de julio de 2013

Lógica de secundaria

 
―Este pizarrón no es verde.
―El profesor se tomó una grapa.
―Este banco no es marrón.
―¿Se habrá tomado una grapa?―dijo agazapado.
―... el objeto recibe el haz de luz, absorbe todos los colores que componen el blanco y
rechaza el que nosotros vemos. Ese mismo color, en este caso verde, es el repelido. Por
lo tanto, el objeto es todos los colores menos el que siempre vemos.
―¿Oíste, no? No me discrimines más.

lunes, 8 de julio de 2013

Encuentro muy cercano — Cristian Cano y Ada Inés Lerner


Entró a su hogar con mucha hambre porque había estado corriendo durante toda la mañana. Tenía la excusa ideal para darle un buen atracón a los chorizos de picado fino y los bloques de queso pigmentado que su abuela le tría. Cuando ordenó el desayuno sobre la mesa y estuvo a punto de sentarse, una Sigora emergió del queso parisino. La criatura se irguió como lo haría una escolopendra esmeralda hipnotizándolo a medida que ascendía. Y quizás hubiera perdido el apetito si no le hubiera resultado interesante su danza macabra y se dejó hipnotizar. Creyó que podría detenerla cuando quisiera pero no fue así, el insecto hembra le arrancó los ojos y la nariz y copuló con él hasta que murió en sus entrañas, después de dejar las larvas gestándose en el estómago del mortal. Fue el encuentro más cercano con una Sigora del que tuve noticias.

sábado, 6 de julio de 2013

Miserable

Tenía el revólver en la cintura. Por suerte, la camisa colgaba lo suficiente. Los androides se plantaron al otro lado de la calle. Cuatro manos contra mi único brazo. La ráfaga láser me había herido cuando me topé con ellos en el callejón. Programados para matarme, los dos caminaron hacia mí con la lentitud certera de los mismos asesinos a sueldo con los que seguía manejándose el gobierno. Uno de los androides levanta su arma con la velocidad de un rayo y me dispara en las piernas. Al caer, veo que enfunda dentro de su cintura. Ahora, la luminiscencia de sus ojos es clara. Creen que la misión terminó. Piensan que el miserable ha muerto. Saco el viejo Colt y gatillo apuntando a la cabeza: los resortes y tornillos vuelan por el aire y cae pesadamente levantando polvo. El miserable está de vuelta. El único ojo celeste del androide restante se torna oscuro mientras él retrocede. Ahora es un mano a mano. Disparo dos veces y el androide dice algo que no entiendo. Cae de rodillas y murmura por lo bajo. Me acerco y le apoyo el arma en la nuca. Es la primera vez que siento compasión por un enemigo.

lunes, 1 de julio de 2013

Déjà vu — Cristian Cano & Carlos Enrique Saldivar

Cuando tiró del cordel, la piel se desprendió íntegra, como si fuese el forro que envuelve los regalos de una navidad apurada. Mariel se despertó asustada: el césped suave y hermoso de su sueño contrastaba artificiosamente con el aullido desgarrado. Apretó las sábanas, pero los latidos de su corazón obtuso gobernaban. Un primer oxígeno hilado la devolvió desde una realidad tardía. Cumplió con el acostumbrado rito: bañarse, cambiarse, desayunar, trabajar, regresar a su casa, sentarse en el sofá, ver la televisión. Abrió los ojos y se encontró nuevamente sumergida en aquella situación: tenía un minuto para tirar del cordel cuatro veces y arrancarse trozos de carne de las extremidades.
«Esto me ha pasado antes, ¿en un sueño? Sí. Pronto despertaré».
Decidió no mover un músculo.
Empero, esta vez era real. Mariel murió degollada.
El asesino estaba decepcionado, nunca una víctima se había mostrado tan serena ante sus macabros juegos.

Déjà vu — Cristian Cano y Lucila Adela Guzmán


Cuando tiró del cordel la piel se desprendió íntegra, como si fuese el forro que envuelve los regalos de una navidad apurada. Mariel se despertó asustada: el césped suave y hermoso de su sueño contrastaba artificiosamente con el aullido desgarrado. Apretó las sábanas, pero los latidos de su corazón obtuso gobernaban. Un primer oxígeno hilado la devolvió desde una realidad tardía .para murmurar- Este despertar ya lo viví...
Experta en desenmarañar estos errores de percepción llamados “Déjà vu” buscó algún detalle que marcara la diferencia entre lo real y lo soñado. Fue fácil, el ventanal le mostró un césped helado y ríspido, por lo tanto su suavidad había sido soñada.
Ya más tranquila, su rostro se iluminó al contemplar al hombre que dormía su lado. -El amor es real - se dijo, acariciando la punta de un hilo que asomaba entre las nervaduras del más bello de los ombligos.

domingo, 30 de junio de 2013

Tostadas que saltan — Valentín Cano

—¿Mami, con ese pan anda?
—¿Qué cosa, hijo? —silencio.
—¿Cuándo vas a hacer tostadas que saltan?
—Más tarde, Valen. ¿Por qué? ¿Tenés hambre?
—No. Es para ver cómo saltan. ¿Más tarde las vas a hacer?
—Bueno, dale.

martes, 25 de junio de 2013

La venganza de Poe — Cristian Cano y Ana Caliyuri

 
Le aseguro que el fantasma de Poe me persigue. Se lo vengo mencionando seguido, pero él lo niega. Me pide tranquilidad y que abandone supuestas lecturas ligeras: me afirma que no tienen ningún beneficio. Me encuentro en su living mientras sirve café y reparo en las ideas Poe y ligeras. Es difícil remediar algo en el momento último. No me va a curar con unas horas más. Me acerco al balcón y miro el firmamento. La astronomía no es lo mío, pero el fantasma se las ingenió para plantarme un telescopio allí. No diré que estoy a punto de dar en el blanco, tampoco que estoy próximo a un Eureka, pero hay algo que me alienta a ser feliz. El edificio de enfrente tiene la clave. La rubia del octavo apunta a mí y yo a ella. Finalmente cruzamos nuestros cuerpos celestes, brindamos con agua; ella es mi eternidad.

domingo, 23 de junio de 2013

El enojo de los gorriones

Un éter incansable, ingobernable que desliza colándose por entremedio de los cajones y la ropa, evidencia el ataque. Ahí, en donde nadie quiere estar porque todo cambia irremediable, queda un recuerdo potente que esteriliza. Los gorriones no nos quieren matar con su melancolía, pero están enojados porque los hacemos a un lado. Por favor, no los abandonemos. Ellos se pelean en la tierra con la ferocidad de los leones para demostrar que no nos van a fallar y que son útiles porque son un poco soldados. El gorrión te mira y te busca desde que eras un pibe, acordate. Recordalo: parado siempre en el alambrado, sin miedo, esperando que lo quieras. Quereme, que tengo pelito de gorrión, saltito de la india, el valor de los leones y las ganas de evitar la muerte. 

domingo, 16 de junio de 2013

La tercera guerra – Sergio Gaut vel Hartman & Cristian Cano


Estaba tan entumecido por el frío del pozo que estuvo a punto de perder el sentido en varias ocasiones. Lo único que lo mantenía al margen del derrumbe total era el recuerdo de su amado Pierre, el labrador estonio con el que había compartido la vida desde mucho antes de la guerra. Sin embargo, un nuevo infortunio no tardaría en sumarse a los ya existentes: la bota sucia de un soldado frenó frente a su rostro. Moría, literalmente, si se dejaba al arrebato sentimental. El cuero cuarteado y los grumos de barro yacían inmensos. Cinco centímetros entre continentes diferentes y, coronando lo juguetón de su remembranza y el inminente desmoronamiento, la pequeña bandera de cinco milímetros de largo, por tres de ancho. Pierre abandonó sus células. Reparó en el agua del foso y en sus piernas congeladas. Pero disfrutó de un largo camino hasta los ojos de su clon.

domingo, 9 de junio de 2013

El reto – Ana Caliyuri y Cristian Cano

Armonizar el día no es poca cosa. Hay un reto más allá de la propia jugada, dijo Jack mientras repartía las cartas en el juego de poker. Landop lo miró con el ala del sombrero ladeado, así como se había alzado ese día, con la mente torcida. Las cicatrices sobre la mejilla izquierda hablaban de sus luchas perdidas, sin embargo todos le temían dado que se comentaba que el único reto que el tipo no aceptaba era el que iba más allá del juego. Landop esperó sus naipes y miró a la tabaquera que no conocía. Sacó su Colt y lo apoyó en la mesa. Jack interpretó eso como una advertencia intolerable pero también como la oportunidad única: se levantó y le pidió que guardase su arma. Nunca antes le habían pedido las cosas de esa manera tan... cordial. Cuando intentó guardar el arma la tabaquera lo mató.

viernes, 7 de junio de 2013

Sala verde — Lucila Adela Guzmán y Cristian Cano

Sabrina googleó “niños índigo” y leyó recorriendo a toda velocidad los puntos salientes del texto sin encontrar algún indicio de respuesta. La inquietud la desbordaba cuando sus dedos tipeaban deletreando otra búsqueda “niños cristal” Tanto para leer. Ya eran las tres de la mañana y sus párpados querían llevarla a dormir. Tras tomar un café bien cargado siguió investigando, pero nada, nada que definiera alguna semejanza con sus queridos niños de sala verde.
Esas miradas que sentía penetrantes tras su nuca, esos pensamientos que llegaban a su mente con el sonido de otras voces la habían atormentando sin ningún sentido aparente, porque no eran ideas maliciosas. Sin embargo, se sentía menos que ultrajada. Desposeída. Con la madrugada en la ventana le afirmó a su madre que, ese día, no iba a ir al jardín de infantes, pero terminó yendo. Esa mañana una voz le ordenó que tuviese un hijo.

miércoles, 5 de junio de 2013

Cortina de sombras - Cristian Cano & Ana Caliyuri


Una figura desconocida pasó ensobrada las cortinas. Trayecto turbio es ese hasta la cocina, pero esa vez no tuve miedo. Ahora, que recuerdo bien, nunca tuve miedo. Camino descalzo para ver si es ella otra vez y compruebo es sólo su sombra que se curva en los pliegues de la tela. La extraño al punto de reconstruirla, punto por punto, línea por línea. Puntada por puntada hago mío su recuerdo para darle vida. A veces, pienso que ella no quiere saber nada de mí y es esa la razón por la cual hoy se ha disfrazado de otra cosa. Me cuesta mucho aceptar lo cambiado que estoy; antes le temía a su densidad, sin embargo finalmente ha despertado mi corazón. Inspiro profundo y me acerco a ella. Cosas inexplicables del amor. Me abrazó fuerte y se fue. Todos hablan de fantasmas, pero aún así ella siempre será mi madre.

El árbol viejo


El viento tironea del árbol y es como una guerra, pero una que sólo él entiende. La vive. ¿La sufre? ¿O es su lucha necesaria? A veces sospecho que está enojado y que hace todo ese lío porque no se tolera. Me recuerda a cuando éramos chicos y nos arrancábamos los pelos.

martes, 4 de junio de 2013

Cierto miedo - Cristian Cano y Carlos Enrique Saldivar

 
El vampiro abrió la mandíbula para liberar el cuello de su víctima y la blanca piel impresionó a la iniciada porque era el primer encuentro con su maestro. Debía observar cada uno de sus movimientos: las miradas se encontraron, filosas y certeramente intuitivas. La cabeza de Fani se ladeó y reposó sobre la almohada. Ahora, el nuevo mundo sin fin le abovedaba los sueños prometiéndole una soledad infinita. Esto la reconfortaba. Las ensoñaciones eran muchas, pero también había pesadillas que se transformaban en pensamientos dolorosos: un esposo, un hijo. Se preguntó si estaba imaginando o era la inmediatez de su pasado. Sintió asco de sí misma por verter lágrimas eternas que pronto habrían de extinguirse.
Cuando él volvió la encontró muerta: se había cercenado la cabeza con sus afiladas uñas. El amo lloró sobre el cuerpo decapitado. Se dijo que nunca volvería a convertir a una maniaco depresiva, por más hermosa que esta fuese.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Crescendo — Cristian Cano y Guillermo Vidal


—Tengo un soldadito —le refregó Milos.
—Y yo tengo la Espada sagrada —le mostró Manuel.
—A mí me trajeron Los Dino-plativolos del espacio exterior.
—¿Y qué? —dijo Manuel—. Mi mamá me regaló un cañón láser que dispara caramelos grandes.
—Ah, yo tengo un auto que anda sólo y carga nafta sólo y saca unas alas y vuela re-alto, más que todo.
—Mmm, —desesperó Manuel—. Mi papá trajo una jaula grande de jubuetes y otra más grande, y yo voy a dormir con los jubetes.
—Pero el mío, me va a llevar a un país donde la gente es mala y les va a enseñar a ser buenos y a obedecer.
—¿Mami, no es cierto que papa va a construir un jubuete para hacer explotar cosas y entonces todos le van a hacer caso?
—Tesoro te dije que no hables del trabajo de papa con los vecinos.

Visita de libro — Cristian Cano y Raquel Sequeiro

Salió desde debajo de la cama. Primero, una mano verde y delgada: Me quedé. Apenas podía respirar. Después: el cuello. Flaco y tembloroso <<Sospechaba. No tendría que haber abierto aquel libro>>. Giró la cabeza en diminutos recorridos, como lo haría un juguete, y me clavó la mirada, despojada de sentimientos. La opaca abertura de su boca comenzó a incrementarse junto a mis temores... Pretendía comerme, asfixiarme o torturarme, de eso estoy seguro. El libro estaba en la mesilla cerrado con llave, tres candados y sujeto por un íncubo portavelas. La danzante llama me alteraba un poco la vista. Pediría amablemente una hoja de reclamaciones: <<No me gusta el color verde, ni su forma de masticarme y luego escupirme>>. Y todo esto porque había rebasado la fecha de caducidad y los personajes se salían por los cantos. Me eché a dormir un poco deshecho y me tapé los pies fríos.

domingo, 26 de mayo de 2013

Ecología mutante — Sergio Gaut vel Hartman, Ricardo Cabezas & Cristian Cano


Si un paisaje extravagante puede resultar perturbador, la capacidad de mutación de la selva de Froet ponía a prueba nuestros nervios a cada instante. Habíamos descendido en el sitio prefijado y los equipos de instalación trataban de establecer el campamento cuando la floresta, como el bosque de Birnam en el Macbeth de Shakespeare, empezó a avanzar hacia nosotros. Pero en este caso no se trataba del ejército de Macduff y de Malcolm atacando el castillo del rey de Escocia, sino de la naturaleza viva retorciéndose y mutando en un caos de rojos, verdes, violetas y amarillos.
Los alaridos atronadores de miles de árboles acercándose hacia nosotros, se confundían con el pandemónium subsecuente de nuestro campamento. Los hombres abandonaban sus equipos y sus armas desordenadamente, mientras corrían hacia la nave a varios cientos de metros de nosotros. Pero, por cada paso que dábamos, parecía que la distancia hacia la nave se hiciera cada vez mayor. Entretanto, el cielo se oscurecía velozmente. Horribles nubes azuladas comenzaban a formar torbellinos descomunales sobre nuestras cabezas, a manera de enormes bocas o ventosas sin dientes. En medio de mi terror, recordaba que fueron muchos los satélites y sondas de reconocimiento que por años se habían perdido entre la atmósfera (aparentemente tranquila) del planeta, sin dejar ningún rastro. También recordé que para los exploradores vikingos, Froet, significaba “Ciénaga de la desolación”. Sin embargo Froet y sus selvas poseían un ecosistema muy parecido al de nuestra remota y contaminada Tierra y ese planeta era, en aquellos momentos, nuestra última esperanza de encontrar un hogar. Al menos eso, era lo que nos habían inculcado en la nave generacional.
Una tromba vertiginosa se precipitó por encima de la nave y vimos cómo la estructura y las mamparas se desmenuzaban como terrones secos, para elevarse y desaparecer en ese punto desconocido del cielo. Ordené reunirnos a cielo abierto, en medio de un claro. Sabía que los intercomunicadores tenían un buen alcance, lo que desconocía, era cómo sería su rendimiento en una atmósfera cargada de dióxido de carbono. Al aguantar en cuclillas para soportar el viento huracanado, vi llegar a mis hombres, uno a uno. Algunos heridos, otros, desesperados. Ordené colocarnos en formación de círculo cerrado, con las armas que nos quedaban y, cuando escuché los gritos de mi sargento a mis espaldas, ordené abrir fuego. Froet no iba a ser nuestra última jugada. De eso estaba seguro. El tableteo de las municiones químicas se colaba por los transmisores, al igual que los alaridos. Entidades vegetales se devoraban indiscriminadamente, fagocitándose.
No fue sino mucho después de que hubimos calcinado toda aquella floresta que el mensaje telepático impregnó nuestras mentes de un modo total y absoluto.
—Lamentamos lo ocurrido —dijo una especie de voz colectiva, múltiple, la voz de una manada—; no quisimos asustarlos. Y a pesar de que hemos llevado la peor parte en esta masacre, queremos darles la bienvenida a nuestro mundo. Sabemos que la Tierra ha colapsado y que Cna’gna, como denominamos a Froet, puede ser una solución para los problemas de su especie. Esperamos anhelantes que ustedes acepten formar parte de una entidad simbiótica. Todos ganaremos con esta fusión.
Cuando pude reaccionar convoqué a los referentes de la expedición y abrí el debate con esta palabra:
—Desconfío.
—No deben desconfiar —dijo entonces la voz colectiva—. Somos una sola entidad con Cna’gna. Y eso incluye desde las microscópicas bacterias hasta los árboles y los animales; funcionamos como un único organismo en equilibrio metabólico con su interfase atmosférica. Observen.
En esos momentos los cielos se aclararon y desaparecieron las nubes. Nuestros equipos indicaron que la atmósfera se llenaba de oxígeno y nitrógeno, mientras disminuía proporcionalmente el dióxido de carbono característico de Froet. Los dos pequeños soles del planeta brillaban en el horizonte y una leve brisa nos rodeaba con calma. El bosque calcinado comenzaba a reverdecer.
—¿Por qué nos atacaron, entonces? —pregunté, todavía intranquilo.
—Nosotros, la selva de Cna’gna, los detectamos como extraños al planeta, y nuestra función es actuar como el equivalente al sistema inmune de las criaturas de su especie. Inicialmente, los sentimos como un virus extraño y dañino. Luego leímos sus mentes inteligentes, su miedo, su tristeza, su añoranza por un hogar. Creemos que nos podemos beneficiar mutuamente con la fusión.
Entonces pude sentir los pensamientos y emociones del planeta y de mis hombres. La gracia estaba en sus ojos. Después, en sus actos. Tuvimos una reunión en lo que quedaba del puente de la nave, recolectamos todo lo necesario e hicimos una gran fogata. Esperamos mucho tiempo, la noche se hacía desear. El sol más alejado se perdió en el nuevo horizonte selvático y por fin estuvimos tranquilos. Escuché el llanto de algunos soldados al entregarse a Cna’gna y no supe qué hacer cuando empezaron adentrarse en la selva de Froet. Como toda transformación, esta entrañaba riesgos, desataba los peores temores, nos hacía revivir ansiedades y pesadillas que creíamos haber dejado atrás. Pero nada de esto ocurrió. El gran organismo vivo, Cna’gna’hum, a partir de ahora, nos había devuelto la esperanza.

Compartir la felicidad


Ahora podemos, te quiero. Vos no. Mañana me querés, pero yo no. Antes pudimos, te quise; pero era chico, no sé si te quise. Vos me querías mucho pero, después no. Mañana podríamos querernos; vos primero, después yo. Y guardar una lágrima en el bolsillo y compartir lo que no nos pertenece. Te querría una y mil veces más.

El arquitecto (Arma su camino)


Con el verde que no es verde agrego el césped y el acrílico boscoso de mis amaneceres. Con el rojo pincelo las broncas pero también digo de lo tinto en el vino cuando se hamaca. Con el amarillo dibujo hojas secas que después piso para escuchar que estoy vivo. Irremediablemente siempre caigo en el fantasma que con recuerdos pinta el día y entre sueños dice ser.

La enajenación de los personajes

Me es imposible acallar la voz del autor. Me es quimérico apagar íntegramente la realidad de donde surgen las ideas porque terminan siendo personajes mujeres y hombres o cosas con personalidad y personificadas. Sus realidades se componen con mi propio pulso, latido permisivo de dos galaxias que chocan y se devoran, fusionándose en una existencia única tanto más misteriosa que en su comienzo. Veo que esto se manifiesta en las necesidades de aquellos protagonistas, en las decisiones que toman y hasta logra permear en lo que piensan; notable es la comparación cuando algunos de nosotros protestamos, creemos y pedimos a en un ser superior que decide por nosotros entre el bien y el mal.

Blanco interno

Ando buscando las palabras que me alejen de las palabras. Necesito encontrar las frases que disfracen, aunque sea, ante mi ignorancia. Quiero los párrafos sin punto y aparte, sin sangría ni nada que los diga. ¿Dónde están los realismos mágicos sin magia? ¿Cuáles son los barrocos sin floreos, sin dulzonas ideas tácitas? ¿Cómo encontrar el libro negro de escritura blanca? ¿Cuándo se termina ésta tinta?
Se puede morir, ahogado, en el océano salvaje de las palabras. Palabras que no dejan arrugas en las arenas imperfectas de donde venimos. Rítmica ola impaciente que ve mi cara en el espejo, de noche, de tarde, de todo. Busco el movimiento sincero que deje caer en el suelo, con sonoros trinos, las palabras que llevo pegadas en el cuerpo, en el átomo de la conciencia y en las manchas de la tinta.

Carroza sin cuento

Carroza de oros momentáneos y tesoros de un día. Traqueteo mañanero: hueso hueco de todos los días y, a veces, de nocturna ramera mal criada. Carroza sin color, ¡pa qué más el color! si da igual. Es firme. Segura. Y frena, siempre frena el tranquito, simbólico tranquito pichón de Buenos Aires. Baja el soldado nuevo con manitos agrietadas que no es inmortal. Soldadito flaco sin armadura, pero por dentro: yelmo en el corazón. Ico, ico, v o juegos con pasitos de viejito, casi canoso y de pelito negro. Lo que tengo a mi alcance no es gran cosa, pero como lustre al escudo una sonrisa le vale.

La huella del tiempo — Sergio Gaut vel Hartman, Cristian Cano, Christian Lisboa y Javier López



La cronoscopía se realiza de un modo tal que las sutiles diferencias entre las múltiples versiones del futuro pasen inadvertidas a los ojos de los observadores no entrenados, poco idóneos o mal informados. Hay que considerar que la calidad de cada alteración está vinculada con el grado de compromiso emocional del sujeto involucrado y a la distancia temporal que pretende viajar. Es por eso que Marty Deveraux se puso loco la mañana en que descubrió que Amanda había regresado al punto de origen: 2047.
—¡Maldita sea! —exclamó—. Estábamos a punto de conseguirlo. —Dio tres vueltas alrededor del artefacto y consideró la posibilidad de salir en busca de la mujer. Sabía que era inevitable esperar diez minutos para volver a utilizar el transponedor sinaural: un cacharro que cabía en la vertiginosa cartera de una chica de modales generosos. Sostuvo el artefacto con ganas de estrellarlo contra la pared de la habitación. En los últimos días, Amanda se había mostrado inestable debido a la persecución que venían sufriendo por parte del gobierno. Acto seguido, sufrió el regreso espontáneo. Marty dejó el transponedor sobre la cama y esperó, arma en mano, a que la puerta fuera derribada.
La luz inundó el cuarto deslumbrando a Marty. Todos los objetos, incluida la cama, se encontraron de pronto en medio de una selva desconocida. Nuevamente había sido engañado. Amanda se reía tras la pantalla y él no podía cambiar el programa porque el transponedor ahora pertenecía momentáneamente a la realidad virtual XYZT del subprograma creado por ella. Debería esperar que la rutina terminase. Un sonido siseante lo alertó, proveniente de un macizo de helechos gigantes.
—¡La serpiente! ¡Maldita serpiente! —se dijo entre dientes sin querer ser oído, sin saber por qué ni por quién.
Amanda apareció en ese instante en la escena. Solo una hoja de parra cubría su sexo. De tan bien fijada y colocada pensó que era una de esas modernas decoraciones de pintura corporal que las chicas solían hacerse en la época de la que ambos provenían.
—¿Quieres probarla? —se insinuó Amanda, apoyando sus labios rojos y carnosos sobre la piel reluciente de una manzana, cuyo color se confundía con el de la boca que se reflejaba en su brillo. Y, diciendo esto, se liberaba de la pequeña hoja de parra y mostraba a Marty su más preciado tesoro.
La historia se repetía. La humanidad comenzaba de nuevo. Pero esta vez, a diferencia de la primera, el pecado original se consumaba sobre una cama de poliestireno extrusionado con colchón de viscolatex. Además, ellos tenían esa especie de mando a distancia que podía cambiar el pasado y el futuro.
Tras dejar que se desbordara su pasión, a ambos solo les quedaba preguntarse quién sería el escribano capaz de reflejar la nueva versión de la historia en las futuras Sagradas Escrituras.
Pero Marty reaccionó a tiempo.
—Hemos configurado un nuevo génesis, un génesis de pacotilla. Y ni siquiera eso nos pone a salvo de las garras de los agentes del gobierno.
—Estás equivocado, como siempre —replicó Amanda—. Esta vez he logrado colocar la secuencia en un plano invisible. Podemos seguir haciendo lo que hacíamos —agregó con gesto lascivo—. Todo depende de nosotros, es nuestra decisión. Tenemos que lograr una estabilidad emotiva, recuerda que cada alteración de las branas, está vinculada a nuestro control emotivo. Si nos revolcamos en una cama de dos plazas y media, como comienzo de virtud humana, da por seguro que el futuro se irá por el caño del desagüe —mientras la escuchaba, Marty le cubrió el sexo con unas hojas verdes y, según la mueca de ella, era como querer detener la peste negra con un té de boldo.
—¿Qué es lo que sigue? —dijo Marty.
—Volvemos —se levantó. El poliestireno extrusionado crujió—. ¡Ay, idiota, son hojas de ortiga!
—Perdón. Esto se está saliendo de control. Lo dejo en tus manos.
Amanda tomó el control y digitó “emergencia”. Al instante, ambos se encontraron frente al consejo de directores extratemporales. Aunque se trataba de representaciones holográficas, estaban en línea y sus decisiones eran inapelables. Dijeron al unísono: “¡Condenados!”
Ante el gesto de horror de Amanda y Marty, el director vocero dijo:
“Ambos han trasgredido las reglas básicas de los viajeros cronoscópicos. No sólo han alterado el origen histórico fundamental. Lo han hecho por causas egoístas, con falta absoluta de control emocional”.
—Pero… estábamos invisibles —dijo Amanda.
—“La invisibilidad es un recurso técnico delicado. Es imposible evitar alteraciones en una intervención primaria. En alguna generación futura, por ejemplo, las mujeres querrán salir de sus hogares, dejar las labores domésticas y trabajar codo a codo con los hombres”.
“Serán asignados a un sector de preservación histórica, de leyendas y mitos. Amanda será una monja y Marty un sacerdote”.
¡No!, gritaron ambos, horrorizados. ¡El celibato me volverá loco, o degenerado! —dijo Marty.
No se preocupen. Podrán volver una vez al mes a “Edén”. Eso sí, jamás podrán tener hijos.
—¿Hijos? ¿Y quién quiere hijos? —contestaron al unísono.
Dicho esto, Marty y Amanda volvieron al cómodo lecho de viscolatex, que de tanta agitación se convirtió en gel fluido, mientras el poliestireno crujía cada vez más.
—¡Ya está bien, queremos dormir! —gritaron unos vecinos que ellos ignoraban tener, apareciendo ambos cubiertos con hojas de parra.
No les costó reconocerlos. Eran los auténticos Adán y Eva. Al menos, no se sentirían responsables del fracaso de la especie humana, si aquellos dos podían procrear. Lo suyo, definitivamente, solo era una realidad alternativa que no influiría en el destino de la humanidad.
Así pues, continuaron con su tarea, y solo la quemazón en la entrepierna de Amanda hizo aconsejable que pararan. Ambos se miraron, preguntándose si aquello era producto del ardor de Marty o un leve recuerdo del episodio de las ortigas. Fuera como fuese abandonaron el lugar, esperando que los 30 días que faltaban para regresar a Edén pasaran pronto. Aquel lugar era realmente divertido.

Ciudad Industrial y algo gótica — Cristian Cano, Ana Caliyuri, Raquel Sequeiro & Sergio Gaut vel Hartman


Levantarse rápido de la cama es como tirarse por un barranco, le dijo Batman al delincuente que terminaba de atracar el Newest Bank of Ingeniero White. Llegar antes al lugar de los acontecimientos era una materia que estaba empezando a adeudar. Transcurría una instancia en la que nadie le reclamaba nada al héroe de la localidad portuaria, aunque notó cierto estupor cuando, enfundado en un traje rosa, detuvo a los libios que intentaban tomar por rehén al maniquí publicitario de una talabartería. Le llamó la atención el sonido gutural que invadió el corredor del cementerio. No supo si provenía del maniquí, aun destilando fibras fluorescentes, o si era el modo particular de comunicarse que tenía el delincuente del atraco. Tal vez, ambos eran maniquíes, o quizá eran de la misma gavilla. Batman, tomó del cuello al malhechor, y las palabras cobraron color y forma. Cada palabra, se tornó un negro cuervo. Cientos de ellos se lanzaron al ataque. La ciudad comenzó a percibir los vaivenes de las sombras que aleteaban incesantemente por todos los edificios. No voy a hablar ahora de gárgolas y pontífices, no soy de este planeta, lo reconozco, me chiflan los maniquíes y el traje rosa es un mero disfraz que esconde mi piel cetrina y mis tres corazones. Es cierto que impido robos. En el siglo 24 la gente es mucho menos entusiasta y la única forma de llamar la atención es vestirme de zombie, porque lo que para ellos simboliza hoy cualquier superhéroe no alcanza siquiera a los que viven en los subterráneos. Me he cargado al tipo de la talabartería en ocasiones diversas, y resucitan. No tengo contacto con los del planeta azul y los del planeta verde no me sirven. Llega a la conclusión, el tipo del traje, de que debe tomarse en serio la ciudad, Newest (de la que salen cuantos nombres hay de tiendas, puentes, parques, submarinos y demás, porque nada escapa a este nombre horripilante para el hombre gris) es un ejemplo claro de ciudad narcisista, remedo futurista de una ciudad clandestina. Sobre estos temas no deja de investigar. El ladrón de bancos está entre rejas y la gente está enfermando gravemente. La maniquí está en su casa, sentada cómodamente en el salón. ¿Les parece incoherente lo que he escrito hasta ahora? Tal vez lo sea. No solo uso un traje rosa para disimular mi aspecto. Tengo cuatro cerebros en línea, que funcionan secuencialmente, y no es fácil conciliar los pensamientos. El coordinador del taller literario al que concurro, freudiano a carta cabal, ha dicho que deje fluir, que todo fluya, que permita que las ideas y las imágenes rueden por la hoja en blanco como gotas de mercurio. Y lo voy a hacer, voy a lidiar con otras cosas mas no quiero que, en medio de este delirio desatado de manos amigas, la puerta de mi casa explote y entre el maniquí que Batman, vestido de muerto, no capturó y me sujete por el cogote. Yo no tengo algo interesante que decirte, aunque, pensando mejor, creo que le dislocaría la pituitaria si lo invito a leer textos raros que escribo con gente que se encuentra a kilómetros de distancia. Por eso, rompo la hoja en blanco y me tomo las gotas de mercurio, para ver si remontan las ideas. Una dos, tres gotas, cientos de gotas; esto me recuerda a las insensatas frustraciones de las que no se tiene retorno. Súbitamente, una de las gotas siento que se aloja en uno de mis tantos cerebros; ya perdí la cuenta cuantos tengo; eso dijo el profesor en una superclase nova: muchachos y muchachas si van a hacer ficción tengan en cuenta girar la testa hacia lo imposible. Sentí que poco a poco comencé a ver con cierto efecto “retard”, digamos que la sensación era similar a tener los ojos en la retaguardia. ¡Esto ya está escrito, está escrito! Gritó el maniquí con cierto dejo de soberbia. Ni llevándolos al siglo XXIV pueden ustedes hacer las cosas más o menos bien. ¡El oficio, señoras, señoritas, señores y afines! El oficio se demuestra en una historia más o menos increíble. Tomé mis cosas, eran pocas, no soy más que la compañera de Batman; el tipo cargado de fama y egoísmo anda de siglo en siglo convenciendo a más de uno de que él pertenece al Sindicato de los ficcionales. Tomé mi Batitablet, saqué las cuentas correspondientes y en el haber aún hay demasiadas deudas con el oficio. Muté en murciélaga y nadie me creyó, sólo Batman cree en mí. Y la maniquí sigue cómodamente sentada en mi salón. Es de un color poliéster esmerilado táctil neutrógeno que me trae loco. La he abducido para que cometa fechorías de las auténticas, es decir, dejar a los del planeta azul en pelotas y los del planeta verde sin luz y con claraboya pendulante.
—¡Despierte, despierte, doctor Manikinov! Es la hora de su gragea verde y de su gragea azul.
Miro a la enfermera con mi ojo biónico, tomo el planeta verde entre el pulgar y el índice de mi mano izquierda y el planeta azul entre el pulgar y el índice de mi mano derecha. Se producen tremendos cataclismos en los dos mundos, pero todo se apacigua cuando los trago.
—¿Está segura de que tomando esta porquería dejaré de ser psicótico? —La enfermera (se llama Irina Zhuravleva-Kosakoff) sonríe como una actriz de cine y yo creo que se parece demasiado a la que le daba los planetas a Jack Nicholson.
—Le doy mi palabra.
Es todo lo que necesitaba. Doy un salto, le arrebato la palabra (no la digo, ni la pienso) a la enfermera, y empiezo a correr. Y corro. Aspiro a llegar tan lejos como permitan mis piernas. Aguanto hasta el último momento y me anclo en la certeza de la enfermera. Las pastillas. Ellas también forman parte de lo irreal.
Despierto en la cama, adolorido. El sabor a remedio y la sequedad en la boca me retrotrae hasta Irina. Me doy cuenta, ahora, que la negación abruma. Miro por la ventana nueva mi ciudad industrial y el puerto hermoso. Ahora la quiero mucho. Me siento en el suelo y abro el cuaderno del colegio. Me desperté con ganas de dibujar. Miro los juguetes que me regala mamá, llorando, y me río. Hoy voy a dibujarlos. El muñeco de Batman y el asesino despojado. 

Las palabras

Las palabras son las únicas asociaciones irreales que con el uso cobran deferentes y coloridos valores, también irreales. Las palabras, a veces, no dicen lo que realmente queremos decir: que por coloridas tanto imperfectas y mentirosas, porque nunca logramos expresar completamente lo que sentimos y, por su diversidad, creemos decir bien. Muy lejos estamos de vaciarnos como un disparo certero, muy remoto es el hecho de contentarnos hasta el último ápice al revolver verdades y decir con ellas. A las palabras hay que ordenarlas, a las palabras hay que decirles, a las palabras hay que putearlas, gritarles: ¡hijas de puta! cuando hacen lo que quieren en nuestro decir inconsciente. A las palabras hay que decirles, muy seriamente, que desconfiamos de ellas.

El otro lado

Zambullirme en la escritura de una novela mientras siento el cómplice murmullo de la gente. Solo y resguardado por la esporádica atención en el café, logro otra diminuta vida.

Dignidades que nadie conoce

Es una persona común y corriente, con las obligaciones que tenemos todos. Me quedé mudo cuando me contó que era amigo de un croto. Uno de verdad. Me dijo que una fría noche le contó un secreto, uno de los que no se cuentan. Me agarró por el hombro y se desahogó. Me dijo que esa noche dos crotos iniciaron una fogata en un tanque de aceite y se repararon de la helada. Que eran como hermanos y que siempre eran unidos. En esa madrugada, mientras uno dormía, el otro lo apuñaló por la espalda. La persona que me contó esto me aseguró, por lo que más quiera, que el croto lo había matado porque siempre le daba lástima.

El mundo en pequeños momentos

Vos, que lees ¿Qué color tienen las hojas del libro que tenés en las manos? ¿Cómo es? ¿Es de letras chiquitas? ¿La cubierta está rotosa? ¿Cómo son las puntas de este libro? ¿Están amarillentas por los años? Vos, que lees ahora lo que dije años atrás, que descubrís lo que pensé en ese instante ¿Qué crees que hay detrás de éstas líneas? Lástima me dan las palabras que en tu estante van a quedar, escondidas entre otras tantas; que dicen; que dijeron un día. Hoy, que me piensas traspasando el tiempo y te metes dentro de mi pieza, y te quedas al lado de esta salamandra que dio calor a tantos momentos reflexivamente tristes a mi vida ¿Cómo se ve este libro? ¿Las hojas, están amarillas por los años, como yo?

Todavía las tengo (Piedritas)

La fuerza nos alcanza para atajar los granos de la playa. Ahora, justo en ese instante, me olvido de tener hambre. Te preocupas del pelo y por saber en dónde estoy. Se ríen los idiotas. Somos idiotas. Me levanto y salto charquitos que más tarde no van a estar. Llego a vos y me olvido. El aire diferente. El sonido del mar: Pronto, los brillos de los granos de arena pegados en la piel se van a confundir con las estrellas de la noche, que no es nuestra. Nunca lo va a ser. Después, me regalas cinco planetas, y la fuerza no me alcanza.

Imágenes difusas en un paisaje gris


Abrió la puerta y entré. Esperé unos minutos para decidirme, pero ahora sí que estoy decidido. Ahora, veo el circo completo. La mesa colocada en el medio de la sala y los muebles apretujados en un rincón. El personaje me había asegurado que iba a estar solo unos cuántos días y decidí acercarme, ¿para qué? Ni bien cierra la entrada caigo en sopor. Así llamo a estar melancólico cuando sé que no me va a durar mucho. Siempre trato de apartarme de los recuerdos. No tendría que haber venido. Camino por la sala sin decir nada. Los engendros me riegan con miradas lacerantes que me confirmaban teorías en las que vengo sumergido desde hace mucho tiempo. Mantengo la vista en la alfombra. Sé que no voy a salir vivo de esta, pero me siento fuerte. Con fortaleza. Juegan al póquer y se pelean por tonterías. Huelo la sangre en el suelo y escucho gritos en los alrededores. Pedidos de ayuda que te pondrían la piel de gallina. Debe andar por acá, sé que está por acá. Cuando lo encuentre voy a enfrentarlo. Cara a cara. A los personajes de una ficción hay que rescatarlos y entenderlos. Hay que ponerse en sus zapatos y observar a través de sus ojos, por más miradas esquivas que estos insinúen. A veces, buscarlos cuesta mucho y hasta puede ser peligroso cuando la historia se convierte en un monstruo que te domina. Aún así, vale la pena. Estos desconocidos personajes saben todo sobre nosotros y es seguro que aprender de ellos es posible, por eso hay que enfrentarlos. Para seguir en la búsqueda de saber quiénes somos. 

Un mal día - Cristian Cano y Ana Caliyuri


 …en el medio del café salió el tema. Reparó en una posibilidad que cuadró justo.
A partir de ese momento los colores se quebraron y mis manos fueron otras. Me dijo, con
todas las ganas, que era un cobarde. ¿Te das cuenta vos? ¡Un cobarde! ―Buscó al mozo―. ¡Sabes
para qué escribo, yo! ¡Para olvidar, viejo! Para poder olvidar.
―Ernesto ―Interrumpió― ¿Alguna cosita más?
―No, dejá. Gracias nene.
―¿Pero, y por qué te responsabilizas de algo semejante?
 ―No, esperá. Mi madre decía que la estrategia es tan importante como la acción. Bah, algo así. Es
decir, estrategia sin acción no sirve y acción sin estrategia es algo así como escribir en el agua…
―¿Te considerás un cobarde?
―No soy cobarde, ni me responsabilizo de algo que es inmemorial para mí. La culpable es ella. No
sé si me entendés, ella es la que distorsiona la realidad. Te repito ¡ Yo escribo para olvidar! Y tenés
razón, escribo en el agua. Escribo en el agua que cae desde las mejillas de los que creen en mí, de los que aún creen en mí. Y si la historia la escribió quien en verdad jamás me conoció, sin dudas la culpable es ella: La historia mal contada. No sé si me entendiste, pibe. Hoy tengo un mal día. Lo que sucede es que me vi tan mal retratado en un film que hicieron sobre mi vida, que más vale olvidarlo. Ah! Y no le comentes a nadie que tomaste un café con el alma del Che, nadie te va a creer.

Sábado - Cristian Cano y Ana Caliyuri


Es la magia de la noche, pensé, mientras un tanto perturbada oí unos oscuros cánticos antiguos que penetraban agudamente por todo mi ser. Fue un aburrido sábado, de esos que la historia no recuerda por anodino. Me acerqué a la puerta tallada en fina madera. La hallé entreabierta y me asomé. Los poros se dilataron en una espontánea ola interrumpida, hasta que el relieve de la puerta pudo anclarme en la realidad. La magia de la noche. La eterna discusión nocturna de la que nadie escapa. El frío otra vez y resolví solemne, salir. Mirar. La figura de una persona acomodada en el balcón. Mirando el mar. Mirando. Tuve deseos de aproximarme, después de todo una silueta es sólo eso, pero necesitaba ver mejor. La nada habitada por alguien difuso y yo, que sinceramente, me sentía diluida por el rugir de la mar. Es que entre el oleaje y mi alma hay una simbiosis bienhechora. Paso a paso, lentamente, me fui acercando a la figura que se hacía cada vez más nítida.
 
—Hola —dije, pero nada respondió. Mas bien, rehuía con la mirada hacia el abovedado horizonte—. Soy Ana —extendí mi mano para animarlo—. Cristina Ana Calicano.
 
—Qué tal. Te pido disculpas —limpió sus ojos con las mangas de la campera de jeans—. No tendría que estar acá. Es que caminé por la playa, desde aquél lado —señaló.
 
—¿Desde las profundidades? Preguntó ella con curiosidad.
 
—No. Vengo desde los riscos, en aquella zona hay cavernas con pinturas rupestres. No me presenté, perdón. Soy Mario Nocacris, dijo él mientras extendía su mano derecha en dirección a la mano de ella.
 
—Mucho gusto Mario. La bruma del mar suele irritar los ojos, dijo ella, a mi me sucede a menudo. Respecto a tu apellido, ¿Griego, no? —dijo.
 
—Sí. Griego. Cristina Calicano. ¿De dónde proviene?
 
—Del mismo lugar que el tuyo. Grecia >. ¿Querés venir al balcón? Tengo algo para tomar. Algún brandy, por qué no.
 
—No es el momento adecuado.
 
—No te voy a morder —esperó.
 
—No es por eso. Tengo la cabeza en otra cosa. Se podría decir que no ando bien —dijo Mario.
 
—No te quiero molestar. Es que te vi algo perturbado. Me gustaría saber de las pinturas —se alejó un paso—. Cuando puedas —señaló el balcón—, estoy ahí.
 
—No hay mucho que te pueda contar. La naturaleza es la mejor pintura, dijo él- fijando la mirada en el mar-pero todo dependerá de los ojos que la sepan ver. Las rupestres datan de unos veinte mil años de antigüedad.
 
—¿Eh? Disculpa Mario, ni me lo digas. Amo todo lo que es antiguo. Vos estás mal y yo no quiero importunarte con demasiadas preguntas. Mejor sigo mi camino…
 
—No es mi intención comenzar con el pie izquierdo, es que, hoy es un día especial para mí. Siempre vengo a ver las pinturas. Les saco fotos, hago algunos dibujos. Después me anclo acá. Ya ves.
 
—Antes de irme, me gustaría saber por qué este día es tan especial —buscó en su rostro. En su frente.
 
—Perdí a una compañera.
 
—Lo siento —dijo Cristina.
 
—No te sorprendas. Espero terminar haciendo lo que ella. Cantar sana el alma —dijo Mario. Ella terminó por sorprenderse.
 
—¿Cantar? ¿Cánticos? —encontró sus ojos—. ¿Antiguos cánticos? —Él la miró largo rato. Pensó que era enviada por un amigo, para alegrarle el día. Pero no. Cristina había escuchado esos cánticos atormentadores...
 
—Bueno, como decirte, tal vez son antiguos cantos si. El alma de mi compañera era arcaica. Aunque cuando yo la conocí, su apariencia denotaba ser una mujer muy actual. Pero, el alma…
 
—Mario, ¿vos estás acá tratando de hallar su alma? —dijo visiblemente apenada Cristina.
 
—Intento…intento. Tal vez algún día…Ella amaba el mar, como yo.
 
—¿Y lo de las pinturas rupestres es un hobby? —preguntó la mujer mirándolo directamente a los ojos.
 
—No. Amo venir a verlas. Siempre venía con Cali. Se llamaba asi, Cali —hubo unos segundos.
 
—Mirá, Mario. No quiero ser entrometida, pero quiero contarte algo que, creo, tenés que saber. ¿Puedo ser confidente?
 
—Seguro —dijo él.
 
—Este es un sábado raro. Uno de esos en los que no me hallaba. Estoy alquilando ahí arriba —señaló—, estoy de vacaciones, pero hoy, al ingresar por aquella puerta, que justamente estaba entreabierta, sentí voces. Cánticos muy agudos. Tristes. ¿No será mucha casualidad esto y lo de tu compañera?
 
—Ella solía cantar tristemente, pero hacia adentro de si misma. Por fuera era un canto a la vida. Jamás aceptaré que Cali no está. Ni aún no estando. Sabes que ella no se despidió de mi. Jamás se habría ido sin hacerlo. Por esa razón la busco, la busco…
 
Por primera vez desde que comenzaron la charla, Cristina sintió deseos de ser Cali. ¿Es que éste hombre, taciturno y extraño, tenía semejante capacidad de amar? . Carraspeó, a modo de romper el pensamiento y prosiguió diciendo.
 
—Mario ¿Cuántos años hace que venías aquí a buscarla? —él volvió a mirarla, después volteó hacia donde ella le señalaba.
 
—Todos los inviernos me llego hasta acá. Trato de venir siempre. Cali se fue hace ocho años. A veces trato de olvidarla, sin embargo creo que mi búsqueda tiene que terminar en algún momento —le clavó la mirada—. Es más...
 
—Insisto —lo interrumpió y se abrigó los hombros—, Busquemos otro lugar.
 
Mario Nocacris la miró, se miró las manos y suspiró. Buscó algo más entre las casas y no pudo dar con ese bar de luces en neón verde y azul, no encontró esas mesas a la luz de la luna en donde clavar la mirada en el brilloso empedrado —caminemos—, le dijo. Con las manos en los bolsillos, él le pidió que ella le cuente algo de su vida.
 
—No tengo mucho para contar. Vine hasta aquí para tomar aliento. Necesito descansar.
 
—¿Tenés familia? preguntó Mario mirándola por el rabillo del ojo.
 
—jajaj Bueno, vos me dijiste que mi apellido provenía de los griegos. Supongo que sabrás más cosas de mi que yo misma.
 
Mario se sintió atraído por el tenor de la conversación. Le gustaban los enigmas y sin dudas ella comenzaba a ser enigmática.
 
—Calicano…tu apellido etimológicamente deriva del latín. ¿Estoy equivocado?
 
—Latín —dijo, pensativa—. Lo único que sé sobre el latín, es "La tinta que no he leído al respecto" —Mario sonrió. Negó con diminutos movimientos de su cabeza y miró el oscuro mar. Humor negro en medio de esta charla, pensó. Es atrevida.
 
—Lo siento —dijo Cristina, aunque reía—. Por lo menos, estás riendo. Por fin una sonrisa.
 
—Está bien. Me doy por vencido. Hablemos de otra cosa. Sabemos que es un asunto griego, pero, charlemos sobre algo más interesante —se detuvo—. ¡Ojo! No es que sepa todo sobre tu vida. Es sólo que lograste hacerme reír. Eso esta más que bien.
 
—Ni dudes que reír está más que bien. He leído que en una sonrisa mueves dos mil músculos …bue más que un músculo seguro; me gustan las sonrisas diáfanas, las repentistas también. No hay nada más interesante que no saber de qué charlar. Ahí seguramente hace su aparición el silencio o la verborragia incoherente jajaj me inclino por el silencio. Dijo divertidamente ella, mientras Mario observaba el lenguaje de sus manos.
 
—Justo en este momento estaba coincidiendo con tu deseo. Podríamos caminar a lo largo de la playa silenciosamente.
 
Caminaron las escaleras hasta llegar a la arena. Quisieron más, y llegaron hasta la arena mojada. Esa cercanía y fina lluvia en sus brazos y un deseo arriesgado, les dijo que sería el último tramo del paseo. Hasta allí, todo parecía predominar en un lado positivo. Sin melancolías no pesados recuerdos. Después, después quién sabe.
 
—Silencio —repitió él. Ella lo miró—. Tendríamos que respetar el silencio. Lo usamos mal. No soporto cuando alguien se haya en un incómodo silencio. Los silencios son parte de la charla. Hay que tomarlos como tal. Como en el Japón. Ahí, las pausas, son descansos muy personales, aunque se esté conversando. Quedémonos en silencio, hasta que nos volvamos a ver —ella sonrió. Caminó unos pasos sin él sin darse cuenta que había quedado anclado en la húmeda arena. Se miraron justo cuando el agua rompía en sus piernas. Una afonía que explicaba todos los pasados. No quería olvidar, como seguramente no quería deshacerse de pequeños recuerdos, para no seguir perdiéndolo todo. La saludó desde su triste precipicio con la promesa de un recuerdo en el aire. Otro abismo. Uno desconocido, pero que dolía horrores. 

Para los heliconianos


Domino el universo de mis próximos cinco minutos en la tardecita, entre los ásperos malvones. Sórdidos y rojamente irrefutables acentúan tu recuerdo, en el siempre nuevo alegro de abrir la puerta. Ahí, bajo las austeras insinuaciones del laurel, vivo la otra vida. La exclusiva existencia dedicada a saber desde dónde viene esa sedienta avispa. Quiebra la luna para orbitar en titánicos trozos al cerrar con llave, y me pongo a prueba. Domino mi diminuta galaxia. La hago girar para donde se me cantan las pelotas. Aunque siempre en tu derredor. Obligadamente en tu cíclico regreso. Ahora sé, que las plantas te extrañan y que la avispa es tu amiga.

Lectura verdad.


Leyendo la novela El vuelo de la reina, de Tomás Eloy Martines, me di cuenta de lo alejado que puede estar una persona de la capacidad de construir, de querer y de amar, mientras cree que está amando y haciendo lo correcto. Camargo, el dueño del diario y auto convencido dueño del amor de su pareja, deviene en desesperación y fatalidad a pesar de discernir un posible y trágico desenlace (Esto mismo dejando de lado lo obsesivo, increíble). En un momento particular de mi vida, me vi reflejado muy de cerca en la novela, no por parecerme al desdeñable personaje, sino, por comprender que el amor puede llevar a la muerte.