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El terrenito

La palabra baldío aparece en ese borde que siempre fue tierra de nadie. No tengo nada en contra de la palabra baldío. Siempre me gustó decir baldío porque es una palabra que no se te cae de la boca. Nunca se puso de moda. Es fuerte el baldío, es grueso decir baldío, es potente como un camión que te choca sentir baldío. Hay toda una galaxia entera en la palabra baldío. No le tengan miedo, no la abandonemos. A perderse en la hermosura que llena la palabra baldío. Estar parado entre los yuyos es profundamente todo.
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Ajado

Cambio el dial de la radio mientras reviento el tren delantero en diez cuadras. Freno en Avellaneda y Juan Molina porque quiero ajos: la gente te pide ajos cuando no los tenés. Me bajo, desconecto el borne, salto agua estancada, veo un perro que se distrae con el cielo: el can se dio cuenta de la farsa humana. Entonces entro al negocio, dame ajos, le digo. No hay dice. Volvé al mediodía. Veo una caja con bananas, esa me la llevo, insisto. Tengo plata en el bolsillo, plata que se queda con el de la ventanilla. Un dios que arrasa con todo y empuja la cajita hacia la puerta. El perro nos mira. Afuera es la camioneta y Julio que juntos esperan e imitan el barco ancestral que anclado reaparece por momentos desde el final de los tiempos. Levanto las bananas, las tiro atrás de la camioneta y veo también que me olvidé de tirar la basura . No sé por qué la gente me da su basura para que la tire en otro lado. Subo, meto la llave. Llaves como clavos de ataúd. El capitán observa el horizonte. Lo…

A cuatro manos - Ana Caliyuri y Cristian Cano

No vine a escribir grandes textos, ni grandiosas historias, ni siquiera pequeños relatos. Solo vine a despertar la noche para que revele las luces que iluminan las palabras. Después de todo, alcanza con la confianza en las alas y un poco de brisa madura. Alcanza con dejarse a la deriva y esperar a las musas, a los barcos de la mañana, a los trenes que llegan y se van, con todo lo nuestro se van. Vine a develar, vine a decir. A encontrar, a querer hacer. Alcanza con la confianza.

Escribir - Enne Bruja, Cristian Cano, Marina Dal Molín, Verónica Ruscio y Ana Caliyuri

El cadáver exquisito sentado y paciente sostiene la mirada en la lluvia, la calle mojada. Las cortinas y el siseo. El ruido que hacen las llamas. El ruido de las teclas plásticas. Una a, una coma. Un espacio. Dos. Y el violín que insiste, que dice todo lo de adentro, lo mágico, lo secreto. Lo llora cada vez más fuerte. Es el crescendo interminable. Es la bruma que ensombrece. Es el llanto cada vez más agónico de los pájaros. Son los lobos desgarrando restos humanos sembrados en la tierra yerma. El cadáver sonríe. No todo está perdido cuando las cenizas remontan vuelo. Se trata de la especie, del inconsistente mundo que se agazapa de repente. Se trata de la voz que habla alto o que susurra la tempestad o la serena noche que se apresta a morir y sin embargo, renace con otra música entre los dientes.
Y el viento, que trae el pútrido perfume de lo inacabado, eleva en sus brazos los huesos desperdigados. ¡Oh! Dulce danza de flechas que lleva el viento... Viento de magia oscura que crea gig…

Párrafo de El sol blanco (inédito)

"Es cóncavo. Todo es blanco y tiene forma más hundida en el centro que en los bordes. No hay líneas rectas, las líneas rectas no existen. Es lo ajeno, lo diferente. Y algo se mueve. Una figura que asoma. La silueta delgada. Me pregunto cómo se hace para ser así, tan delgado. Es un títere. Se mueve como lo haría un títere que especula. Ahora el contorno del cuerpo se enmarca. Camina para acá. Y es que los brazos simulan hacer cosas en el aire, simulan manejar un muñeco imaginado. ¡Ah! y es que descubro lo perturbador, lo grosero de tener en frente a un insecto de pie. Cara a cara. Una cáscara vacía que parada sobre las patas inferiores me apabulla con imágenes y me bombardea con ideas que nadie aguantaría. Es insoportable. De repente tenerlo tan cerca es mucho de todo: me enojo, me río, lloro. Todo junto. Lo circunda un precipicio sin orden sentimental. Noto que me observa con atención. Entonces sé que sabe todo, de todos. Su interés es principal".

Sosiego / Refugio / Remanso - Laura Velázquez y Cristian Cano

Me duelen todos los huesos. Cada vez que pienso siquiera en sentarme a escribir las piernas me matan. Pero eso ahora no importa. Y es que no sé si quiero dejarme en ese mismo lugar de siempre, porque si nos proponemos ser dueños de todo trato de que la esfera sea perfecta. Es una protección nos sirve y tiene que darse así. Nos aísla. Debo reconocer que en este ensimismamiento los dolores ya no son más dolores y los remordimientos transforman en otra cosa, asi que mutan cuando comienzo a escribir y los vuelco sobre la página y los disfrazo con máscaras que algunas veces son risueñas y otras resultan amargas. Es mi forma para renunciar a ellos y poder seguir. A pesar del dolor inicial, consigo el exorcismo. Y es que me siento como esos muñecos a cuerda que, moviéndose como autómatas, chocan los platillos con esos brazos rígidos. Entonces intento recrear esa esfera que me devuelve a lo que soy.

El escritor no tiene quien lo escriba – Esteban Moscarda y Cristian Cano

A veces escribo bien. Creo buenas situaciones con personajes sólidos, ambientes atrapantes y una sutil ideología coherente que sostiene los textos. Pero últimamente estoy escribiendo para el mismísimo trasero de un elefante bengalí. Mis personajes quieren matarse de lo malo que es el mundo que los contiene. La ideología se tornó en algo berreta, barato, chato y sin ningún tipo de brillo. Cuando intento mantener la lógica que el propio texto creó, pienso en todo esto y me comparo con obras antiguas. Me pregunto por qué estoy esperando que aparezcan estas ideologías que quieren sostener el pesar y el desamparo límite en los personajes. Y ahora no tengo temor, porque una obra maestra no tiene diferencias con la vida misma. Me pregunto el sentido de la vida. A veces, no tengo a nadie quien me escriba. Y es cuando más seguro me encuentro. Es cuando escribo bien.