miércoles, 29 de mayo de 2013

Crescendo — Cristian Cano y Guillermo Vidal


—Tengo un soldadito —le refregó Milos.
—Y yo tengo la Espada sagrada —le mostró Manuel.
—A mí me trajeron Los Dino-plativolos del espacio exterior.
—¿Y qué? —dijo Manuel—. Mi mamá me regaló un cañón láser que dispara caramelos grandes.
—Ah, yo tengo un auto que anda sólo y carga nafta sólo y saca unas alas y vuela re-alto, más que todo.
—Mmm, —desesperó Manuel—. Mi papá trajo una jaula grande de jubuetes y otra más grande, y yo voy a dormir con los jubetes.
—Pero el mío, me va a llevar a un país donde la gente es mala y les va a enseñar a ser buenos y a obedecer.
—¿Mami, no es cierto que papa va a construir un jubuete para hacer explotar cosas y entonces todos le van a hacer caso?
—Tesoro te dije que no hables del trabajo de papa con los vecinos.

Visita de libro — Cristian Cano y Raquel Sequeiro

Salió desde debajo de la cama. Primero, una mano verde y delgada: Me quedé. Apenas podía respirar. Después: el cuello. Flaco y tembloroso <<Sospechaba. No tendría que haber abierto aquel libro>>. Giró la cabeza en diminutos recorridos, como lo haría un juguete, y me clavó la mirada, despojada de sentimientos. La opaca abertura de su boca comenzó a incrementarse junto a mis temores... Pretendía comerme, asfixiarme o torturarme, de eso estoy seguro. El libro estaba en la mesilla cerrado con llave, tres candados y sujeto por un íncubo portavelas. La danzante llama me alteraba un poco la vista. Pediría amablemente una hoja de reclamaciones: <<No me gusta el color verde, ni su forma de masticarme y luego escupirme>>. Y todo esto porque había rebasado la fecha de caducidad y los personajes se salían por los cantos. Me eché a dormir un poco deshecho y me tapé los pies fríos.

domingo, 26 de mayo de 2013

Ecología mutante — Sergio Gaut vel Hartman, Ricardo Cabezas & Cristian Cano


Si un paisaje extravagante puede resultar perturbador, la capacidad de mutación de la selva de Froet ponía a prueba nuestros nervios a cada instante. Habíamos descendido en el sitio prefijado y los equipos de instalación trataban de establecer el campamento cuando la floresta, como el bosque de Birnam en el Macbeth de Shakespeare, empezó a avanzar hacia nosotros. Pero en este caso no se trataba del ejército de Macduff y de Malcolm atacando el castillo del rey de Escocia, sino de la naturaleza viva retorciéndose y mutando en un caos de rojos, verdes, violetas y amarillos.
Los alaridos atronadores de miles de árboles acercándose hacia nosotros, se confundían con el pandemónium subsecuente de nuestro campamento. Los hombres abandonaban sus equipos y sus armas desordenadamente, mientras corrían hacia la nave a varios cientos de metros de nosotros. Pero, por cada paso que dábamos, parecía que la distancia hacia la nave se hiciera cada vez mayor. Entretanto, el cielo se oscurecía velozmente. Horribles nubes azuladas comenzaban a formar torbellinos descomunales sobre nuestras cabezas, a manera de enormes bocas o ventosas sin dientes. En medio de mi terror, recordaba que fueron muchos los satélites y sondas de reconocimiento que por años se habían perdido entre la atmósfera (aparentemente tranquila) del planeta, sin dejar ningún rastro. También recordé que para los exploradores vikingos, Froet, significaba “Ciénaga de la desolación”. Sin embargo Froet y sus selvas poseían un ecosistema muy parecido al de nuestra remota y contaminada Tierra y ese planeta era, en aquellos momentos, nuestra última esperanza de encontrar un hogar. Al menos eso, era lo que nos habían inculcado en la nave generacional.
Una tromba vertiginosa se precipitó por encima de la nave y vimos cómo la estructura y las mamparas se desmenuzaban como terrones secos, para elevarse y desaparecer en ese punto desconocido del cielo. Ordené reunirnos a cielo abierto, en medio de un claro. Sabía que los intercomunicadores tenían un buen alcance, lo que desconocía, era cómo sería su rendimiento en una atmósfera cargada de dióxido de carbono. Al aguantar en cuclillas para soportar el viento huracanado, vi llegar a mis hombres, uno a uno. Algunos heridos, otros, desesperados. Ordené colocarnos en formación de círculo cerrado, con las armas que nos quedaban y, cuando escuché los gritos de mi sargento a mis espaldas, ordené abrir fuego. Froet no iba a ser nuestra última jugada. De eso estaba seguro. El tableteo de las municiones químicas se colaba por los transmisores, al igual que los alaridos. Entidades vegetales se devoraban indiscriminadamente, fagocitándose.
No fue sino mucho después de que hubimos calcinado toda aquella floresta que el mensaje telepático impregnó nuestras mentes de un modo total y absoluto.
—Lamentamos lo ocurrido —dijo una especie de voz colectiva, múltiple, la voz de una manada—; no quisimos asustarlos. Y a pesar de que hemos llevado la peor parte en esta masacre, queremos darles la bienvenida a nuestro mundo. Sabemos que la Tierra ha colapsado y que Cna’gna, como denominamos a Froet, puede ser una solución para los problemas de su especie. Esperamos anhelantes que ustedes acepten formar parte de una entidad simbiótica. Todos ganaremos con esta fusión.
Cuando pude reaccionar convoqué a los referentes de la expedición y abrí el debate con esta palabra:
—Desconfío.
—No deben desconfiar —dijo entonces la voz colectiva—. Somos una sola entidad con Cna’gna. Y eso incluye desde las microscópicas bacterias hasta los árboles y los animales; funcionamos como un único organismo en equilibrio metabólico con su interfase atmosférica. Observen.
En esos momentos los cielos se aclararon y desaparecieron las nubes. Nuestros equipos indicaron que la atmósfera se llenaba de oxígeno y nitrógeno, mientras disminuía proporcionalmente el dióxido de carbono característico de Froet. Los dos pequeños soles del planeta brillaban en el horizonte y una leve brisa nos rodeaba con calma. El bosque calcinado comenzaba a reverdecer.
—¿Por qué nos atacaron, entonces? —pregunté, todavía intranquilo.
—Nosotros, la selva de Cna’gna, los detectamos como extraños al planeta, y nuestra función es actuar como el equivalente al sistema inmune de las criaturas de su especie. Inicialmente, los sentimos como un virus extraño y dañino. Luego leímos sus mentes inteligentes, su miedo, su tristeza, su añoranza por un hogar. Creemos que nos podemos beneficiar mutuamente con la fusión.
Entonces pude sentir los pensamientos y emociones del planeta y de mis hombres. La gracia estaba en sus ojos. Después, en sus actos. Tuvimos una reunión en lo que quedaba del puente de la nave, recolectamos todo lo necesario e hicimos una gran fogata. Esperamos mucho tiempo, la noche se hacía desear. El sol más alejado se perdió en el nuevo horizonte selvático y por fin estuvimos tranquilos. Escuché el llanto de algunos soldados al entregarse a Cna’gna y no supe qué hacer cuando empezaron adentrarse en la selva de Froet. Como toda transformación, esta entrañaba riesgos, desataba los peores temores, nos hacía revivir ansiedades y pesadillas que creíamos haber dejado atrás. Pero nada de esto ocurrió. El gran organismo vivo, Cna’gna’hum, a partir de ahora, nos había devuelto la esperanza.

Compartir la felicidad


Ahora podemos, te quiero. Vos no. Mañana me querés, pero yo no. Antes pudimos, te quise; pero era chico, no sé si te quise. Vos me querías mucho pero, después no. Mañana podríamos querernos; vos primero, después yo. Y guardar una lágrima en el bolsillo y compartir lo que no nos pertenece. Te querría una y mil veces más.

El arquitecto (Arma su camino)


Con el verde que no es verde agrego el césped y el acrílico boscoso de mis amaneceres. Con el rojo pincelo las broncas pero también digo de lo tinto en el vino cuando se hamaca. Con el amarillo dibujo hojas secas que después piso para escuchar que estoy vivo. Irremediablemente siempre caigo en el fantasma que con recuerdos pinta el día y entre sueños dice ser.

La enajenación de los personajes

Me es imposible acallar la voz del autor. Me es quimérico apagar íntegramente la realidad de donde surgen las ideas porque terminan siendo personajes mujeres y hombres o cosas con personalidad y personificadas. Sus realidades se componen con mi propio pulso, latido permisivo de dos galaxias que chocan y se devoran, fusionándose en una existencia única tanto más misteriosa que en su comienzo. Veo que esto se manifiesta en las necesidades de aquellos protagonistas, en las decisiones que toman y hasta logra permear en lo que piensan; notable es la comparación cuando algunos de nosotros protestamos, creemos y pedimos a en un ser superior que decide por nosotros entre el bien y el mal.

Blanco interno

Ando buscando las palabras que me alejen de las palabras. Necesito encontrar las frases que disfracen, aunque sea, ante mi ignorancia. Quiero los párrafos sin punto y aparte, sin sangría ni nada que los diga. ¿Dónde están los realismos mágicos sin magia? ¿Cuáles son los barrocos sin floreos, sin dulzonas ideas tácitas? ¿Cómo encontrar el libro negro de escritura blanca? ¿Cuándo se termina ésta tinta?
Se puede morir, ahogado, en el océano salvaje de las palabras. Palabras que no dejan arrugas en las arenas imperfectas de donde venimos. Rítmica ola impaciente que ve mi cara en el espejo, de noche, de tarde, de todo. Busco el movimiento sincero que deje caer en el suelo, con sonoros trinos, las palabras que llevo pegadas en el cuerpo, en el átomo de la conciencia y en las manchas de la tinta.

Carroza sin cuento

Carroza de oros momentáneos y tesoros de un día. Traqueteo mañanero: hueso hueco de todos los días y, a veces, de nocturna ramera mal criada. Carroza sin color, ¡pa qué más el color! si da igual. Es firme. Segura. Y frena, siempre frena el tranquito, simbólico tranquito pichón de Buenos Aires. Baja el soldado nuevo con manitos agrietadas que no es inmortal. Soldadito flaco sin armadura, pero por dentro: yelmo en el corazón. Ico, ico, v o juegos con pasitos de viejito, casi canoso y de pelito negro. Lo que tengo a mi alcance no es gran cosa, pero como lustre al escudo una sonrisa le vale.

La huella del tiempo — Sergio Gaut vel Hartman, Cristian Cano, Christian Lisboa y Javier López



La cronoscopía se realiza de un modo tal que las sutiles diferencias entre las múltiples versiones del futuro pasen inadvertidas a los ojos de los observadores no entrenados, poco idóneos o mal informados. Hay que considerar que la calidad de cada alteración está vinculada con el grado de compromiso emocional del sujeto involucrado y a la distancia temporal que pretende viajar. Es por eso que Marty Deveraux se puso loco la mañana en que descubrió que Amanda había regresado al punto de origen: 2047.
—¡Maldita sea! —exclamó—. Estábamos a punto de conseguirlo. —Dio tres vueltas alrededor del artefacto y consideró la posibilidad de salir en busca de la mujer. Sabía que era inevitable esperar diez minutos para volver a utilizar el transponedor sinaural: un cacharro que cabía en la vertiginosa cartera de una chica de modales generosos. Sostuvo el artefacto con ganas de estrellarlo contra la pared de la habitación. En los últimos días, Amanda se había mostrado inestable debido a la persecución que venían sufriendo por parte del gobierno. Acto seguido, sufrió el regreso espontáneo. Marty dejó el transponedor sobre la cama y esperó, arma en mano, a que la puerta fuera derribada.
La luz inundó el cuarto deslumbrando a Marty. Todos los objetos, incluida la cama, se encontraron de pronto en medio de una selva desconocida. Nuevamente había sido engañado. Amanda se reía tras la pantalla y él no podía cambiar el programa porque el transponedor ahora pertenecía momentáneamente a la realidad virtual XYZT del subprograma creado por ella. Debería esperar que la rutina terminase. Un sonido siseante lo alertó, proveniente de un macizo de helechos gigantes.
—¡La serpiente! ¡Maldita serpiente! —se dijo entre dientes sin querer ser oído, sin saber por qué ni por quién.
Amanda apareció en ese instante en la escena. Solo una hoja de parra cubría su sexo. De tan bien fijada y colocada pensó que era una de esas modernas decoraciones de pintura corporal que las chicas solían hacerse en la época de la que ambos provenían.
—¿Quieres probarla? —se insinuó Amanda, apoyando sus labios rojos y carnosos sobre la piel reluciente de una manzana, cuyo color se confundía con el de la boca que se reflejaba en su brillo. Y, diciendo esto, se liberaba de la pequeña hoja de parra y mostraba a Marty su más preciado tesoro.
La historia se repetía. La humanidad comenzaba de nuevo. Pero esta vez, a diferencia de la primera, el pecado original se consumaba sobre una cama de poliestireno extrusionado con colchón de viscolatex. Además, ellos tenían esa especie de mando a distancia que podía cambiar el pasado y el futuro.
Tras dejar que se desbordara su pasión, a ambos solo les quedaba preguntarse quién sería el escribano capaz de reflejar la nueva versión de la historia en las futuras Sagradas Escrituras.
Pero Marty reaccionó a tiempo.
—Hemos configurado un nuevo génesis, un génesis de pacotilla. Y ni siquiera eso nos pone a salvo de las garras de los agentes del gobierno.
—Estás equivocado, como siempre —replicó Amanda—. Esta vez he logrado colocar la secuencia en un plano invisible. Podemos seguir haciendo lo que hacíamos —agregó con gesto lascivo—. Todo depende de nosotros, es nuestra decisión. Tenemos que lograr una estabilidad emotiva, recuerda que cada alteración de las branas, está vinculada a nuestro control emotivo. Si nos revolcamos en una cama de dos plazas y media, como comienzo de virtud humana, da por seguro que el futuro se irá por el caño del desagüe —mientras la escuchaba, Marty le cubrió el sexo con unas hojas verdes y, según la mueca de ella, era como querer detener la peste negra con un té de boldo.
—¿Qué es lo que sigue? —dijo Marty.
—Volvemos —se levantó. El poliestireno extrusionado crujió—. ¡Ay, idiota, son hojas de ortiga!
—Perdón. Esto se está saliendo de control. Lo dejo en tus manos.
Amanda tomó el control y digitó “emergencia”. Al instante, ambos se encontraron frente al consejo de directores extratemporales. Aunque se trataba de representaciones holográficas, estaban en línea y sus decisiones eran inapelables. Dijeron al unísono: “¡Condenados!”
Ante el gesto de horror de Amanda y Marty, el director vocero dijo:
“Ambos han trasgredido las reglas básicas de los viajeros cronoscópicos. No sólo han alterado el origen histórico fundamental. Lo han hecho por causas egoístas, con falta absoluta de control emocional”.
—Pero… estábamos invisibles —dijo Amanda.
—“La invisibilidad es un recurso técnico delicado. Es imposible evitar alteraciones en una intervención primaria. En alguna generación futura, por ejemplo, las mujeres querrán salir de sus hogares, dejar las labores domésticas y trabajar codo a codo con los hombres”.
“Serán asignados a un sector de preservación histórica, de leyendas y mitos. Amanda será una monja y Marty un sacerdote”.
¡No!, gritaron ambos, horrorizados. ¡El celibato me volverá loco, o degenerado! —dijo Marty.
No se preocupen. Podrán volver una vez al mes a “Edén”. Eso sí, jamás podrán tener hijos.
—¿Hijos? ¿Y quién quiere hijos? —contestaron al unísono.
Dicho esto, Marty y Amanda volvieron al cómodo lecho de viscolatex, que de tanta agitación se convirtió en gel fluido, mientras el poliestireno crujía cada vez más.
—¡Ya está bien, queremos dormir! —gritaron unos vecinos que ellos ignoraban tener, apareciendo ambos cubiertos con hojas de parra.
No les costó reconocerlos. Eran los auténticos Adán y Eva. Al menos, no se sentirían responsables del fracaso de la especie humana, si aquellos dos podían procrear. Lo suyo, definitivamente, solo era una realidad alternativa que no influiría en el destino de la humanidad.
Así pues, continuaron con su tarea, y solo la quemazón en la entrepierna de Amanda hizo aconsejable que pararan. Ambos se miraron, preguntándose si aquello era producto del ardor de Marty o un leve recuerdo del episodio de las ortigas. Fuera como fuese abandonaron el lugar, esperando que los 30 días que faltaban para regresar a Edén pasaran pronto. Aquel lugar era realmente divertido.

Ciudad Industrial y algo gótica — Cristian Cano, Ana Caliyuri, Raquel Sequeiro & Sergio Gaut vel Hartman


Levantarse rápido de la cama es como tirarse por un barranco, le dijo Batman al delincuente que terminaba de atracar el Newest Bank of Ingeniero White. Llegar antes al lugar de los acontecimientos era una materia que estaba empezando a adeudar. Transcurría una instancia en la que nadie le reclamaba nada al héroe de la localidad portuaria, aunque notó cierto estupor cuando, enfundado en un traje rosa, detuvo a los libios que intentaban tomar por rehén al maniquí publicitario de una talabartería. Le llamó la atención el sonido gutural que invadió el corredor del cementerio. No supo si provenía del maniquí, aun destilando fibras fluorescentes, o si era el modo particular de comunicarse que tenía el delincuente del atraco. Tal vez, ambos eran maniquíes, o quizá eran de la misma gavilla. Batman, tomó del cuello al malhechor, y las palabras cobraron color y forma. Cada palabra, se tornó un negro cuervo. Cientos de ellos se lanzaron al ataque. La ciudad comenzó a percibir los vaivenes de las sombras que aleteaban incesantemente por todos los edificios. No voy a hablar ahora de gárgolas y pontífices, no soy de este planeta, lo reconozco, me chiflan los maniquíes y el traje rosa es un mero disfraz que esconde mi piel cetrina y mis tres corazones. Es cierto que impido robos. En el siglo 24 la gente es mucho menos entusiasta y la única forma de llamar la atención es vestirme de zombie, porque lo que para ellos simboliza hoy cualquier superhéroe no alcanza siquiera a los que viven en los subterráneos. Me he cargado al tipo de la talabartería en ocasiones diversas, y resucitan. No tengo contacto con los del planeta azul y los del planeta verde no me sirven. Llega a la conclusión, el tipo del traje, de que debe tomarse en serio la ciudad, Newest (de la que salen cuantos nombres hay de tiendas, puentes, parques, submarinos y demás, porque nada escapa a este nombre horripilante para el hombre gris) es un ejemplo claro de ciudad narcisista, remedo futurista de una ciudad clandestina. Sobre estos temas no deja de investigar. El ladrón de bancos está entre rejas y la gente está enfermando gravemente. La maniquí está en su casa, sentada cómodamente en el salón. ¿Les parece incoherente lo que he escrito hasta ahora? Tal vez lo sea. No solo uso un traje rosa para disimular mi aspecto. Tengo cuatro cerebros en línea, que funcionan secuencialmente, y no es fácil conciliar los pensamientos. El coordinador del taller literario al que concurro, freudiano a carta cabal, ha dicho que deje fluir, que todo fluya, que permita que las ideas y las imágenes rueden por la hoja en blanco como gotas de mercurio. Y lo voy a hacer, voy a lidiar con otras cosas mas no quiero que, en medio de este delirio desatado de manos amigas, la puerta de mi casa explote y entre el maniquí que Batman, vestido de muerto, no capturó y me sujete por el cogote. Yo no tengo algo interesante que decirte, aunque, pensando mejor, creo que le dislocaría la pituitaria si lo invito a leer textos raros que escribo con gente que se encuentra a kilómetros de distancia. Por eso, rompo la hoja en blanco y me tomo las gotas de mercurio, para ver si remontan las ideas. Una dos, tres gotas, cientos de gotas; esto me recuerda a las insensatas frustraciones de las que no se tiene retorno. Súbitamente, una de las gotas siento que se aloja en uno de mis tantos cerebros; ya perdí la cuenta cuantos tengo; eso dijo el profesor en una superclase nova: muchachos y muchachas si van a hacer ficción tengan en cuenta girar la testa hacia lo imposible. Sentí que poco a poco comencé a ver con cierto efecto “retard”, digamos que la sensación era similar a tener los ojos en la retaguardia. ¡Esto ya está escrito, está escrito! Gritó el maniquí con cierto dejo de soberbia. Ni llevándolos al siglo XXIV pueden ustedes hacer las cosas más o menos bien. ¡El oficio, señoras, señoritas, señores y afines! El oficio se demuestra en una historia más o menos increíble. Tomé mis cosas, eran pocas, no soy más que la compañera de Batman; el tipo cargado de fama y egoísmo anda de siglo en siglo convenciendo a más de uno de que él pertenece al Sindicato de los ficcionales. Tomé mi Batitablet, saqué las cuentas correspondientes y en el haber aún hay demasiadas deudas con el oficio. Muté en murciélaga y nadie me creyó, sólo Batman cree en mí. Y la maniquí sigue cómodamente sentada en mi salón. Es de un color poliéster esmerilado táctil neutrógeno que me trae loco. La he abducido para que cometa fechorías de las auténticas, es decir, dejar a los del planeta azul en pelotas y los del planeta verde sin luz y con claraboya pendulante.
—¡Despierte, despierte, doctor Manikinov! Es la hora de su gragea verde y de su gragea azul.
Miro a la enfermera con mi ojo biónico, tomo el planeta verde entre el pulgar y el índice de mi mano izquierda y el planeta azul entre el pulgar y el índice de mi mano derecha. Se producen tremendos cataclismos en los dos mundos, pero todo se apacigua cuando los trago.
—¿Está segura de que tomando esta porquería dejaré de ser psicótico? —La enfermera (se llama Irina Zhuravleva-Kosakoff) sonríe como una actriz de cine y yo creo que se parece demasiado a la que le daba los planetas a Jack Nicholson.
—Le doy mi palabra.
Es todo lo que necesitaba. Doy un salto, le arrebato la palabra (no la digo, ni la pienso) a la enfermera, y empiezo a correr. Y corro. Aspiro a llegar tan lejos como permitan mis piernas. Aguanto hasta el último momento y me anclo en la certeza de la enfermera. Las pastillas. Ellas también forman parte de lo irreal.
Despierto en la cama, adolorido. El sabor a remedio y la sequedad en la boca me retrotrae hasta Irina. Me doy cuenta, ahora, que la negación abruma. Miro por la ventana nueva mi ciudad industrial y el puerto hermoso. Ahora la quiero mucho. Me siento en el suelo y abro el cuaderno del colegio. Me desperté con ganas de dibujar. Miro los juguetes que me regala mamá, llorando, y me río. Hoy voy a dibujarlos. El muñeco de Batman y el asesino despojado. 

Las palabras

Las palabras son las únicas asociaciones irreales que con el uso cobran deferentes y coloridos valores, también irreales. Las palabras, a veces, no dicen lo que realmente queremos decir: que por coloridas tanto imperfectas y mentirosas, porque nunca logramos expresar completamente lo que sentimos y, por su diversidad, creemos decir bien. Muy lejos estamos de vaciarnos como un disparo certero, muy remoto es el hecho de contentarnos hasta el último ápice al revolver verdades y decir con ellas. A las palabras hay que ordenarlas, a las palabras hay que decirles, a las palabras hay que putearlas, gritarles: ¡hijas de puta! cuando hacen lo que quieren en nuestro decir inconsciente. A las palabras hay que decirles, muy seriamente, que desconfiamos de ellas.

El otro lado

Zambullirme en la escritura de una novela mientras siento el cómplice murmullo de la gente. Solo y resguardado por la esporádica atención en el café, logro otra diminuta vida.

Dignidades que nadie conoce

Es una persona común y corriente, con las obligaciones que tenemos todos. Me quedé mudo cuando me contó que era amigo de un croto. Uno de verdad. Me dijo que una fría noche le contó un secreto, uno de los que no se cuentan. Me agarró por el hombro y se desahogó. Me dijo que esa noche dos crotos iniciaron una fogata en un tanque de aceite y se repararon de la helada. Que eran como hermanos y que siempre eran unidos. En esa madrugada, mientras uno dormía, el otro lo apuñaló por la espalda. La persona que me contó esto me aseguró, por lo que más quiera, que el croto lo había matado porque siempre le daba lástima.

El mundo en pequeños momentos

Vos, que lees ¿Qué color tienen las hojas del libro que tenés en las manos? ¿Cómo es? ¿Es de letras chiquitas? ¿La cubierta está rotosa? ¿Cómo son las puntas de este libro? ¿Están amarillentas por los años? Vos, que lees ahora lo que dije años atrás, que descubrís lo que pensé en ese instante ¿Qué crees que hay detrás de éstas líneas? Lástima me dan las palabras que en tu estante van a quedar, escondidas entre otras tantas; que dicen; que dijeron un día. Hoy, que me piensas traspasando el tiempo y te metes dentro de mi pieza, y te quedas al lado de esta salamandra que dio calor a tantos momentos reflexivamente tristes a mi vida ¿Cómo se ve este libro? ¿Las hojas, están amarillas por los años, como yo?

Todavía las tengo (Piedritas)

La fuerza nos alcanza para atajar los granos de la playa. Ahora, justo en ese instante, me olvido de tener hambre. Te preocupas del pelo y por saber en dónde estoy. Se ríen los idiotas. Somos idiotas. Me levanto y salto charquitos que más tarde no van a estar. Llego a vos y me olvido. El aire diferente. El sonido del mar: Pronto, los brillos de los granos de arena pegados en la piel se van a confundir con las estrellas de la noche, que no es nuestra. Nunca lo va a ser. Después, me regalas cinco planetas, y la fuerza no me alcanza.

Imágenes difusas en un paisaje gris


Abrió la puerta y entré. Esperé unos minutos para decidirme, pero ahora sí que estoy decidido. Ahora, veo el circo completo. La mesa colocada en el medio de la sala y los muebles apretujados en un rincón. El personaje me había asegurado que iba a estar solo unos cuántos días y decidí acercarme, ¿para qué? Ni bien cierra la entrada caigo en sopor. Así llamo a estar melancólico cuando sé que no me va a durar mucho. Siempre trato de apartarme de los recuerdos. No tendría que haber venido. Camino por la sala sin decir nada. Los engendros me riegan con miradas lacerantes que me confirmaban teorías en las que vengo sumergido desde hace mucho tiempo. Mantengo la vista en la alfombra. Sé que no voy a salir vivo de esta, pero me siento fuerte. Con fortaleza. Juegan al póquer y se pelean por tonterías. Huelo la sangre en el suelo y escucho gritos en los alrededores. Pedidos de ayuda que te pondrían la piel de gallina. Debe andar por acá, sé que está por acá. Cuando lo encuentre voy a enfrentarlo. Cara a cara. A los personajes de una ficción hay que rescatarlos y entenderlos. Hay que ponerse en sus zapatos y observar a través de sus ojos, por más miradas esquivas que estos insinúen. A veces, buscarlos cuesta mucho y hasta puede ser peligroso cuando la historia se convierte en un monstruo que te domina. Aún así, vale la pena. Estos desconocidos personajes saben todo sobre nosotros y es seguro que aprender de ellos es posible, por eso hay que enfrentarlos. Para seguir en la búsqueda de saber quiénes somos. 

Un mal día - Cristian Cano y Ana Caliyuri


 …en el medio del café salió el tema. Reparó en una posibilidad que cuadró justo.
A partir de ese momento los colores se quebraron y mis manos fueron otras. Me dijo, con
todas las ganas, que era un cobarde. ¿Te das cuenta vos? ¡Un cobarde! ―Buscó al mozo―. ¡Sabes
para qué escribo, yo! ¡Para olvidar, viejo! Para poder olvidar.
―Ernesto ―Interrumpió― ¿Alguna cosita más?
―No, dejá. Gracias nene.
―¿Pero, y por qué te responsabilizas de algo semejante?
 ―No, esperá. Mi madre decía que la estrategia es tan importante como la acción. Bah, algo así. Es
decir, estrategia sin acción no sirve y acción sin estrategia es algo así como escribir en el agua…
―¿Te considerás un cobarde?
―No soy cobarde, ni me responsabilizo de algo que es inmemorial para mí. La culpable es ella. No
sé si me entendés, ella es la que distorsiona la realidad. Te repito ¡ Yo escribo para olvidar! Y tenés
razón, escribo en el agua. Escribo en el agua que cae desde las mejillas de los que creen en mí, de los que aún creen en mí. Y si la historia la escribió quien en verdad jamás me conoció, sin dudas la culpable es ella: La historia mal contada. No sé si me entendiste, pibe. Hoy tengo un mal día. Lo que sucede es que me vi tan mal retratado en un film que hicieron sobre mi vida, que más vale olvidarlo. Ah! Y no le comentes a nadie que tomaste un café con el alma del Che, nadie te va a creer.

Sábado - Cristian Cano y Ana Caliyuri


Es la magia de la noche, pensé, mientras un tanto perturbada oí unos oscuros cánticos antiguos que penetraban agudamente por todo mi ser. Fue un aburrido sábado, de esos que la historia no recuerda por anodino. Me acerqué a la puerta tallada en fina madera. La hallé entreabierta y me asomé. Los poros se dilataron en una espontánea ola interrumpida, hasta que el relieve de la puerta pudo anclarme en la realidad. La magia de la noche. La eterna discusión nocturna de la que nadie escapa. El frío otra vez y resolví solemne, salir. Mirar. La figura de una persona acomodada en el balcón. Mirando el mar. Mirando. Tuve deseos de aproximarme, después de todo una silueta es sólo eso, pero necesitaba ver mejor. La nada habitada por alguien difuso y yo, que sinceramente, me sentía diluida por el rugir de la mar. Es que entre el oleaje y mi alma hay una simbiosis bienhechora. Paso a paso, lentamente, me fui acercando a la figura que se hacía cada vez más nítida.
 
—Hola —dije, pero nada respondió. Mas bien, rehuía con la mirada hacia el abovedado horizonte—. Soy Ana —extendí mi mano para animarlo—. Cristina Ana Calicano.
 
—Qué tal. Te pido disculpas —limpió sus ojos con las mangas de la campera de jeans—. No tendría que estar acá. Es que caminé por la playa, desde aquél lado —señaló.
 
—¿Desde las profundidades? Preguntó ella con curiosidad.
 
—No. Vengo desde los riscos, en aquella zona hay cavernas con pinturas rupestres. No me presenté, perdón. Soy Mario Nocacris, dijo él mientras extendía su mano derecha en dirección a la mano de ella.
 
—Mucho gusto Mario. La bruma del mar suele irritar los ojos, dijo ella, a mi me sucede a menudo. Respecto a tu apellido, ¿Griego, no? —dijo.
 
—Sí. Griego. Cristina Calicano. ¿De dónde proviene?
 
—Del mismo lugar que el tuyo. Grecia >. ¿Querés venir al balcón? Tengo algo para tomar. Algún brandy, por qué no.
 
—No es el momento adecuado.
 
—No te voy a morder —esperó.
 
—No es por eso. Tengo la cabeza en otra cosa. Se podría decir que no ando bien —dijo Mario.
 
—No te quiero molestar. Es que te vi algo perturbado. Me gustaría saber de las pinturas —se alejó un paso—. Cuando puedas —señaló el balcón—, estoy ahí.
 
—No hay mucho que te pueda contar. La naturaleza es la mejor pintura, dijo él- fijando la mirada en el mar-pero todo dependerá de los ojos que la sepan ver. Las rupestres datan de unos veinte mil años de antigüedad.
 
—¿Eh? Disculpa Mario, ni me lo digas. Amo todo lo que es antiguo. Vos estás mal y yo no quiero importunarte con demasiadas preguntas. Mejor sigo mi camino…
 
—No es mi intención comenzar con el pie izquierdo, es que, hoy es un día especial para mí. Siempre vengo a ver las pinturas. Les saco fotos, hago algunos dibujos. Después me anclo acá. Ya ves.
 
—Antes de irme, me gustaría saber por qué este día es tan especial —buscó en su rostro. En su frente.
 
—Perdí a una compañera.
 
—Lo siento —dijo Cristina.
 
—No te sorprendas. Espero terminar haciendo lo que ella. Cantar sana el alma —dijo Mario. Ella terminó por sorprenderse.
 
—¿Cantar? ¿Cánticos? —encontró sus ojos—. ¿Antiguos cánticos? —Él la miró largo rato. Pensó que era enviada por un amigo, para alegrarle el día. Pero no. Cristina había escuchado esos cánticos atormentadores...
 
—Bueno, como decirte, tal vez son antiguos cantos si. El alma de mi compañera era arcaica. Aunque cuando yo la conocí, su apariencia denotaba ser una mujer muy actual. Pero, el alma…
 
—Mario, ¿vos estás acá tratando de hallar su alma? —dijo visiblemente apenada Cristina.
 
—Intento…intento. Tal vez algún día…Ella amaba el mar, como yo.
 
—¿Y lo de las pinturas rupestres es un hobby? —preguntó la mujer mirándolo directamente a los ojos.
 
—No. Amo venir a verlas. Siempre venía con Cali. Se llamaba asi, Cali —hubo unos segundos.
 
—Mirá, Mario. No quiero ser entrometida, pero quiero contarte algo que, creo, tenés que saber. ¿Puedo ser confidente?
 
—Seguro —dijo él.
 
—Este es un sábado raro. Uno de esos en los que no me hallaba. Estoy alquilando ahí arriba —señaló—, estoy de vacaciones, pero hoy, al ingresar por aquella puerta, que justamente estaba entreabierta, sentí voces. Cánticos muy agudos. Tristes. ¿No será mucha casualidad esto y lo de tu compañera?
 
—Ella solía cantar tristemente, pero hacia adentro de si misma. Por fuera era un canto a la vida. Jamás aceptaré que Cali no está. Ni aún no estando. Sabes que ella no se despidió de mi. Jamás se habría ido sin hacerlo. Por esa razón la busco, la busco…
 
Por primera vez desde que comenzaron la charla, Cristina sintió deseos de ser Cali. ¿Es que éste hombre, taciturno y extraño, tenía semejante capacidad de amar? . Carraspeó, a modo de romper el pensamiento y prosiguió diciendo.
 
—Mario ¿Cuántos años hace que venías aquí a buscarla? —él volvió a mirarla, después volteó hacia donde ella le señalaba.
 
—Todos los inviernos me llego hasta acá. Trato de venir siempre. Cali se fue hace ocho años. A veces trato de olvidarla, sin embargo creo que mi búsqueda tiene que terminar en algún momento —le clavó la mirada—. Es más...
 
—Insisto —lo interrumpió y se abrigó los hombros—, Busquemos otro lugar.
 
Mario Nocacris la miró, se miró las manos y suspiró. Buscó algo más entre las casas y no pudo dar con ese bar de luces en neón verde y azul, no encontró esas mesas a la luz de la luna en donde clavar la mirada en el brilloso empedrado —caminemos—, le dijo. Con las manos en los bolsillos, él le pidió que ella le cuente algo de su vida.
 
—No tengo mucho para contar. Vine hasta aquí para tomar aliento. Necesito descansar.
 
—¿Tenés familia? preguntó Mario mirándola por el rabillo del ojo.
 
—jajaj Bueno, vos me dijiste que mi apellido provenía de los griegos. Supongo que sabrás más cosas de mi que yo misma.
 
Mario se sintió atraído por el tenor de la conversación. Le gustaban los enigmas y sin dudas ella comenzaba a ser enigmática.
 
—Calicano…tu apellido etimológicamente deriva del latín. ¿Estoy equivocado?
 
—Latín —dijo, pensativa—. Lo único que sé sobre el latín, es "La tinta que no he leído al respecto" —Mario sonrió. Negó con diminutos movimientos de su cabeza y miró el oscuro mar. Humor negro en medio de esta charla, pensó. Es atrevida.
 
—Lo siento —dijo Cristina, aunque reía—. Por lo menos, estás riendo. Por fin una sonrisa.
 
—Está bien. Me doy por vencido. Hablemos de otra cosa. Sabemos que es un asunto griego, pero, charlemos sobre algo más interesante —se detuvo—. ¡Ojo! No es que sepa todo sobre tu vida. Es sólo que lograste hacerme reír. Eso esta más que bien.
 
—Ni dudes que reír está más que bien. He leído que en una sonrisa mueves dos mil músculos …bue más que un músculo seguro; me gustan las sonrisas diáfanas, las repentistas también. No hay nada más interesante que no saber de qué charlar. Ahí seguramente hace su aparición el silencio o la verborragia incoherente jajaj me inclino por el silencio. Dijo divertidamente ella, mientras Mario observaba el lenguaje de sus manos.
 
—Justo en este momento estaba coincidiendo con tu deseo. Podríamos caminar a lo largo de la playa silenciosamente.
 
Caminaron las escaleras hasta llegar a la arena. Quisieron más, y llegaron hasta la arena mojada. Esa cercanía y fina lluvia en sus brazos y un deseo arriesgado, les dijo que sería el último tramo del paseo. Hasta allí, todo parecía predominar en un lado positivo. Sin melancolías no pesados recuerdos. Después, después quién sabe.
 
—Silencio —repitió él. Ella lo miró—. Tendríamos que respetar el silencio. Lo usamos mal. No soporto cuando alguien se haya en un incómodo silencio. Los silencios son parte de la charla. Hay que tomarlos como tal. Como en el Japón. Ahí, las pausas, son descansos muy personales, aunque se esté conversando. Quedémonos en silencio, hasta que nos volvamos a ver —ella sonrió. Caminó unos pasos sin él sin darse cuenta que había quedado anclado en la húmeda arena. Se miraron justo cuando el agua rompía en sus piernas. Una afonía que explicaba todos los pasados. No quería olvidar, como seguramente no quería deshacerse de pequeños recuerdos, para no seguir perdiéndolo todo. La saludó desde su triste precipicio con la promesa de un recuerdo en el aire. Otro abismo. Uno desconocido, pero que dolía horrores. 

Para los heliconianos


Domino el universo de mis próximos cinco minutos en la tardecita, entre los ásperos malvones. Sórdidos y rojamente irrefutables acentúan tu recuerdo, en el siempre nuevo alegro de abrir la puerta. Ahí, bajo las austeras insinuaciones del laurel, vivo la otra vida. La exclusiva existencia dedicada a saber desde dónde viene esa sedienta avispa. Quiebra la luna para orbitar en titánicos trozos al cerrar con llave, y me pongo a prueba. Domino mi diminuta galaxia. La hago girar para donde se me cantan las pelotas. Aunque siempre en tu derredor. Obligadamente en tu cíclico regreso. Ahora sé, que las plantas te extrañan y que la avispa es tu amiga.

Lectura verdad.


Leyendo la novela El vuelo de la reina, de Tomás Eloy Martines, me di cuenta de lo alejado que puede estar una persona de la capacidad de construir, de querer y de amar, mientras cree que está amando y haciendo lo correcto. Camargo, el dueño del diario y auto convencido dueño del amor de su pareja, deviene en desesperación y fatalidad a pesar de discernir un posible y trágico desenlace (Esto mismo dejando de lado lo obsesivo, increíble). En un momento particular de mi vida, me vi reflejado muy de cerca en la novela, no por parecerme al desdeñable personaje, sino, por comprender que el amor puede llevar a la muerte.