domingo, 26 de mayo de 2013

Sábado - Cristian Cano y Ana Caliyuri


Es la magia de la noche, pensé, mientras un tanto perturbada oí unos oscuros cánticos antiguos que penetraban agudamente por todo mi ser. Fue un aburrido sábado, de esos que la historia no recuerda por anodino. Me acerqué a la puerta tallada en fina madera. La hallé entreabierta y me asomé. Los poros se dilataron en una espontánea ola interrumpida, hasta que el relieve de la puerta pudo anclarme en la realidad. La magia de la noche. La eterna discusión nocturna de la que nadie escapa. El frío otra vez y resolví solemne, salir. Mirar. La figura de una persona acomodada en el balcón. Mirando el mar. Mirando. Tuve deseos de aproximarme, después de todo una silueta es sólo eso, pero necesitaba ver mejor. La nada habitada por alguien difuso y yo, que sinceramente, me sentía diluida por el rugir de la mar. Es que entre el oleaje y mi alma hay una simbiosis bienhechora. Paso a paso, lentamente, me fui acercando a la figura que se hacía cada vez más nítida.
 
—Hola —dije, pero nada respondió. Mas bien, rehuía con la mirada hacia el abovedado horizonte—. Soy Ana —extendí mi mano para animarlo—. Cristina Ana Calicano.
 
—Qué tal. Te pido disculpas —limpió sus ojos con las mangas de la campera de jeans—. No tendría que estar acá. Es que caminé por la playa, desde aquél lado —señaló.
 
—¿Desde las profundidades? Preguntó ella con curiosidad.
 
—No. Vengo desde los riscos, en aquella zona hay cavernas con pinturas rupestres. No me presenté, perdón. Soy Mario Nocacris, dijo él mientras extendía su mano derecha en dirección a la mano de ella.
 
—Mucho gusto Mario. La bruma del mar suele irritar los ojos, dijo ella, a mi me sucede a menudo. Respecto a tu apellido, ¿Griego, no? —dijo.
 
—Sí. Griego. Cristina Calicano. ¿De dónde proviene?
 
—Del mismo lugar que el tuyo. Grecia >. ¿Querés venir al balcón? Tengo algo para tomar. Algún brandy, por qué no.
 
—No es el momento adecuado.
 
—No te voy a morder —esperó.
 
—No es por eso. Tengo la cabeza en otra cosa. Se podría decir que no ando bien —dijo Mario.
 
—No te quiero molestar. Es que te vi algo perturbado. Me gustaría saber de las pinturas —se alejó un paso—. Cuando puedas —señaló el balcón—, estoy ahí.
 
—No hay mucho que te pueda contar. La naturaleza es la mejor pintura, dijo él- fijando la mirada en el mar-pero todo dependerá de los ojos que la sepan ver. Las rupestres datan de unos veinte mil años de antigüedad.
 
—¿Eh? Disculpa Mario, ni me lo digas. Amo todo lo que es antiguo. Vos estás mal y yo no quiero importunarte con demasiadas preguntas. Mejor sigo mi camino…
 
—No es mi intención comenzar con el pie izquierdo, es que, hoy es un día especial para mí. Siempre vengo a ver las pinturas. Les saco fotos, hago algunos dibujos. Después me anclo acá. Ya ves.
 
—Antes de irme, me gustaría saber por qué este día es tan especial —buscó en su rostro. En su frente.
 
—Perdí a una compañera.
 
—Lo siento —dijo Cristina.
 
—No te sorprendas. Espero terminar haciendo lo que ella. Cantar sana el alma —dijo Mario. Ella terminó por sorprenderse.
 
—¿Cantar? ¿Cánticos? —encontró sus ojos—. ¿Antiguos cánticos? —Él la miró largo rato. Pensó que era enviada por un amigo, para alegrarle el día. Pero no. Cristina había escuchado esos cánticos atormentadores...
 
—Bueno, como decirte, tal vez son antiguos cantos si. El alma de mi compañera era arcaica. Aunque cuando yo la conocí, su apariencia denotaba ser una mujer muy actual. Pero, el alma…
 
—Mario, ¿vos estás acá tratando de hallar su alma? —dijo visiblemente apenada Cristina.
 
—Intento…intento. Tal vez algún día…Ella amaba el mar, como yo.
 
—¿Y lo de las pinturas rupestres es un hobby? —preguntó la mujer mirándolo directamente a los ojos.
 
—No. Amo venir a verlas. Siempre venía con Cali. Se llamaba asi, Cali —hubo unos segundos.
 
—Mirá, Mario. No quiero ser entrometida, pero quiero contarte algo que, creo, tenés que saber. ¿Puedo ser confidente?
 
—Seguro —dijo él.
 
—Este es un sábado raro. Uno de esos en los que no me hallaba. Estoy alquilando ahí arriba —señaló—, estoy de vacaciones, pero hoy, al ingresar por aquella puerta, que justamente estaba entreabierta, sentí voces. Cánticos muy agudos. Tristes. ¿No será mucha casualidad esto y lo de tu compañera?
 
—Ella solía cantar tristemente, pero hacia adentro de si misma. Por fuera era un canto a la vida. Jamás aceptaré que Cali no está. Ni aún no estando. Sabes que ella no se despidió de mi. Jamás se habría ido sin hacerlo. Por esa razón la busco, la busco…
 
Por primera vez desde que comenzaron la charla, Cristina sintió deseos de ser Cali. ¿Es que éste hombre, taciturno y extraño, tenía semejante capacidad de amar? . Carraspeó, a modo de romper el pensamiento y prosiguió diciendo.
 
—Mario ¿Cuántos años hace que venías aquí a buscarla? —él volvió a mirarla, después volteó hacia donde ella le señalaba.
 
—Todos los inviernos me llego hasta acá. Trato de venir siempre. Cali se fue hace ocho años. A veces trato de olvidarla, sin embargo creo que mi búsqueda tiene que terminar en algún momento —le clavó la mirada—. Es más...
 
—Insisto —lo interrumpió y se abrigó los hombros—, Busquemos otro lugar.
 
Mario Nocacris la miró, se miró las manos y suspiró. Buscó algo más entre las casas y no pudo dar con ese bar de luces en neón verde y azul, no encontró esas mesas a la luz de la luna en donde clavar la mirada en el brilloso empedrado —caminemos—, le dijo. Con las manos en los bolsillos, él le pidió que ella le cuente algo de su vida.
 
—No tengo mucho para contar. Vine hasta aquí para tomar aliento. Necesito descansar.
 
—¿Tenés familia? preguntó Mario mirándola por el rabillo del ojo.
 
—jajaj Bueno, vos me dijiste que mi apellido provenía de los griegos. Supongo que sabrás más cosas de mi que yo misma.
 
Mario se sintió atraído por el tenor de la conversación. Le gustaban los enigmas y sin dudas ella comenzaba a ser enigmática.
 
—Calicano…tu apellido etimológicamente deriva del latín. ¿Estoy equivocado?
 
—Latín —dijo, pensativa—. Lo único que sé sobre el latín, es "La tinta que no he leído al respecto" —Mario sonrió. Negó con diminutos movimientos de su cabeza y miró el oscuro mar. Humor negro en medio de esta charla, pensó. Es atrevida.
 
—Lo siento —dijo Cristina, aunque reía—. Por lo menos, estás riendo. Por fin una sonrisa.
 
—Está bien. Me doy por vencido. Hablemos de otra cosa. Sabemos que es un asunto griego, pero, charlemos sobre algo más interesante —se detuvo—. ¡Ojo! No es que sepa todo sobre tu vida. Es sólo que lograste hacerme reír. Eso esta más que bien.
 
—Ni dudes que reír está más que bien. He leído que en una sonrisa mueves dos mil músculos …bue más que un músculo seguro; me gustan las sonrisas diáfanas, las repentistas también. No hay nada más interesante que no saber de qué charlar. Ahí seguramente hace su aparición el silencio o la verborragia incoherente jajaj me inclino por el silencio. Dijo divertidamente ella, mientras Mario observaba el lenguaje de sus manos.
 
—Justo en este momento estaba coincidiendo con tu deseo. Podríamos caminar a lo largo de la playa silenciosamente.
 
Caminaron las escaleras hasta llegar a la arena. Quisieron más, y llegaron hasta la arena mojada. Esa cercanía y fina lluvia en sus brazos y un deseo arriesgado, les dijo que sería el último tramo del paseo. Hasta allí, todo parecía predominar en un lado positivo. Sin melancolías no pesados recuerdos. Después, después quién sabe.
 
—Silencio —repitió él. Ella lo miró—. Tendríamos que respetar el silencio. Lo usamos mal. No soporto cuando alguien se haya en un incómodo silencio. Los silencios son parte de la charla. Hay que tomarlos como tal. Como en el Japón. Ahí, las pausas, son descansos muy personales, aunque se esté conversando. Quedémonos en silencio, hasta que nos volvamos a ver —ella sonrió. Caminó unos pasos sin él sin darse cuenta que había quedado anclado en la húmeda arena. Se miraron justo cuando el agua rompía en sus piernas. Una afonía que explicaba todos los pasados. No quería olvidar, como seguramente no quería deshacerse de pequeños recuerdos, para no seguir perdiéndolo todo. La saludó desde su triste precipicio con la promesa de un recuerdo en el aire. Otro abismo. Uno desconocido, pero que dolía horrores. 

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