domingo, 4 de enero de 2015

Morir resulta caro — Cristian Cano y Nae Sirud

Desde dentro del coche la veo venir. Camina decidida, y trae la mirada sobre el suelo. Me parece que un reparo así funciona como lo haría una defensa. La timidez sería otra forma, pero no estoy seguro. Estiro el brazo y abro su puerta. Ahora sonríe. Cuando me presta atención dice que vayamos a un lugar que conoce bien. Giro la llave, y veo un brillo extraño en sus ojos.
—¿Todo bien? —me atrevo a preguntar al cabo de un rato.
—Tal como lo habíamos planeado. No volverá a molestarte, eres libre. El capital de su seguro de vida pasará automáticamente a la cuenta que he abierto a tu nombre esta mañana.
No contesto, me envuelven los remordimientos. Ella me había tratado bien durante todos aquellos años.
—Tengo que confesarte algo —vuelve a hablar mientras acerca su cuchillo a mi cuello–. En realidad no la abrí a tu nombre.

Esquizofrénico — Nae Sirud y Cristian Cano

Cuando por fin localicé la cafetería mi ritmo cardiaco se duplicó, mis manos sudaban, tropecé con alguien y me dijeron algo, que no escuché. Entré sin poder creer que finalmente tenía una cita. ¡Una cita!
Sería fácil: una chica morena con un libro de tapas rojas. En el café solamente había cuatro mesas, de manera que ni siquiera yo podía meter la pata. Pero ¡Oh! En dos de las mesas había otras tantas chicas morenas con libros de tapas rojas. Quedé mudo, y tampoco supe qué hacer. Siempre sucedía algo que me estropeaba las expectativas. Di media vuelta y me asomé por el ventanal.
Ahí estaban, idénticas incluso en la lectura que estaban haciendo. Suspiré y volví a casa. Siempre que llego al café me desespero, y ni hablar de la persona que intenta decirme algo que nunca termino de entender. Me acuesto un rato y abro el libro de tapas rojas. No debería practicar tanto, porque de todas maneras siempre termino por no entrar al café. ¡Ah! Será mejor que saque tres mesas del living, aunque los maniquíes los voy a dejar. Ya no hay espacio para moverse.