domingo, 4 de enero de 2015

Esquizofrénico — Nae Sirud y Cristian Cano

Cuando por fin localicé la cafetería mi ritmo cardiaco se duplicó, mis manos sudaban, tropecé con alguien y me dijeron algo, que no escuché. Entré sin poder creer que finalmente tenía una cita. ¡Una cita!
Sería fácil: una chica morena con un libro de tapas rojas. En el café solamente había cuatro mesas, de manera que ni siquiera yo podía meter la pata. Pero ¡Oh! En dos de las mesas había otras tantas chicas morenas con libros de tapas rojas. Quedé mudo, y tampoco supe qué hacer. Siempre sucedía algo que me estropeaba las expectativas. Di media vuelta y me asomé por el ventanal.
Ahí estaban, idénticas incluso en la lectura que estaban haciendo. Suspiré y volví a casa. Siempre que llego al café me desespero, y ni hablar de la persona que intenta decirme algo que nunca termino de entender. Me acuesto un rato y abro el libro de tapas rojas. No debería practicar tanto, porque de todas maneras siempre termino por no entrar al café. ¡Ah! Será mejor que saque tres mesas del living, aunque los maniquíes los voy a dejar. Ya no hay espacio para moverse.

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