jueves, 26 de septiembre de 2013

Recordar también mata

Tus dedos tocan el dibujo en el mantel y te llevan hacia el relieve ínfimo de los adentros: viaje misterioso a través de galaxias neuronales que finaliza en una detonación emotiva. Rememorás. La desenterrás desde lo hondo. La arrancás y traés hasta tu lado imaginario y, cuando las células se agotan, menguás como la tarde. Te vas calentando con esos colores rojamente encendidos. Después alguien hace un ruido y te morís. Te vas muriendo porque el atardecer se te cae a pedazos.  

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un caffè ed un sorso di malinconia — Ana Caliyuri & Cristian Cano

Si avvicina ai vetri appannati, gli piace disegnare su di essi col suo indice. A volte delinea note musicali, altre volte gioca con parole che rapidamente cancella. Mou, il padrone del Bar, mi ha dato strette indicazioni di pulire tutti i vetri. Non vorrei interrompere il Sig.. Evanescente, così l'ho soprannominato per il suo affanno di far evaporare velocemente quello che delinea sui vetri. È già tardi, devo pulire quel vetro e l'inamovibile, mi guarda con un certo sarcasmo. Gli sorrisi e quella fu la mia peggiore decisione. Non voglio avere nessun tipo di inconveniente nel lavoro. Non li ho. Mi avvicino falle finestre e vedo un cuore del volume di un pugno. Non avanzo più, preferisco rimanere quieta. Osservo ed egli non c'è. Preferisco sperare che il condensato amore diluisca il disegno.
 
Del libro inedito Nel bar del "angolo" di Ana Caliyuri e Cristian Cano
 
Trad: Raffaele Serafino Caligiuri

jueves, 19 de septiembre de 2013

Un café y un sorbo de melancolía — Ana Caliyuri & Cristian Cano


Él se aproxima a los vidrios empañados, le gusta dibujar sobre ellos con su dedo índice. A veces delinea notas musicales, otras veces juega con palabras que rápidamente borra. Mou, el dueño del Bar, me ha dado estrictas indicaciones de limpiar todos los vidrios.  No querría interrumpir al Sr. Evanescente, asi lo he apodado por su afán de evaporar con rapidez lo que delinea sobre los cristales. Ya es tarde, debo limpiar ese vidrio y él inamovible, me mira con cierta picardía. Le sonreí y esa fue mi peor decisión. No quiero tener ningún tipo de inconveniente en el trabajo. No los voy a tener. Me acerco hasta las ventanas y veo un corazón del tamaño de un puño. No avanzo más, prefiero quedarme quieta. Observo y él no está. Prefiero esperar a que el condensado amor diluya el dibujo. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Evento

El deslizador descendió sumido en un silencio filoso. Mediante especulaciones la gente detuvo su andar y quedó atenta. La forma de una lágrima color gris oscuro no reflejaba brillos y, por alguna razón desconocida, los vehículos dejaron de transitar. De repente una figura que constituía asombros y miedos: una mantis religiosa verdosamente apabulló y caminó unos metros hasta las personas. Dos metros de altura y ochenta kilos de peso fueron suficientes para las mentes más culturales. Temiblemente telepática e intuitiva a niveles desconcertantes revolvió deseos y odios. Certificó errores y dedujo posibilidades. Hoy nadie quiere hablar del acontecimiento. Lo que sucedió se diluye día a día en las células de la memoria. Otros, observamos el cuadro inolvidable apartarse y no encastrar en las virtudes que nos dicen necesarias.   

martes, 3 de septiembre de 2013

Encuentro cercano del tipo jugoso — Cristian Cano & Guillermo Vidal

Mariom bajó la escalera hacia el sótano y se escondió debajo de la mesa de pool. Nervioso, vio a través del rabillo de su ojo cómo la puerta de entrada salió volando.
Sí. Salió volando.
El Ramstad asomó su pedúnculo plasmático y percibió el temor del chico. En su planeta hubiese extraído su probóscide de ectogámat, pero en la Tierra la atmósfera estaba repleta de microbios. Mariom dio un respingo y se golpeó la cabeza al escuchar un soplido y una inhalación profusa: una densa sensación que le caló en los huesos y terminó por perturbarlo con un quejido jugoso de curiosidad que le hizo pensar en un filete dorándose al asador, aderezado con tres batatas envueltas en papel metálico y un ají renegrido. Mordió con fruición el pedúnculo que se le ofrecía y el Ramstad se retorció de dolor y placer, los últimos estertores fueron de agradecimiento.