martes, 27 de diciembre de 2016

La muerte última

 
                    Flor Canosa, Cristian Cano, Graciela Meglia, Andrea Acuña y Enne Bruja


Me despierta el olor a lavandina en el piso. Pienso en un lugar cualquiera enterrado en la mugre. Estas reuniones siempre tienen el mismo motivo: hablar del hombre oscuro y descubrir por qué nos quiere matar. Saber quién es el entregador ¿Quién limpió así? Me tapo la nariz con un pañuelo y quedo ahí, contra la pared, como quedaría un insecto esperando en su nada. Lo segundo, me llama la atención que todo esté igual. No falta nada, no hay muebles, incluso el techo de basura tapado con los mismos desperdicios de ayer. La semana pasada quedamos en juntarnos acá una vez más. Estuvo bien: todos quedamos en acuerdo. Como les dije, soy el primero en llegar, porque también soy un poco el creador de éste lío. Ahora el viento que se mete a través de la ventana se llevaba el olor penetrante. Me pregunto: ¿quién desparramó lavandina? Un ruido a mis espaldas me sobresalta. No son los pasos de mis compañeros ni el chirrido de la puerta de entrada. No. Es otra cosa. Algo que escuché y me llamó la atención. Sumo los indicios: la lavandina, la ausencia, el ruido extraño. Todo es parte de lo mismo, y me acuerdo. Recuerdo, ese que persiste y te orada como la peor tortura. Hasta que lo veo. Es él, metido en ese traje oscuro que es imposible de olvidar. La mirada fija. La respiración lenta. Las dos manos en el cuchillo. Nunca pensé que alguna vez a rondaría en mi cabeza esa frase: "es una trampa". Siempre es el eslogan en las películas, no en mi vida monocorde. Si es una trampa ¿en dónde están los demás? ¿Son parte del plan o fueron los primeros en caer? Aquella advertencia ahora se planta frente a mí, y la lavandina me cuenta de posibilidades siniestras: ¿quién limpia el piso asi? ¿Quién se preocupa tanto en fregar cuando la gente ya está encima? Retrocedo hasta la pared, porque un poco me atrapa el miedo. Hallo esa mirada fija. Le tiemblan las pupilas. Lo miro desafiante. Sin perder un segundo busco la ventana, pero la lumbrera se cierra con un estampido que me cerciora profundo. Ahora el carácter del hombre misterioso se enarbolaba y el mentón y esos ojos brillosos se jactan. Eleva los brazos como lo haría un monstruo a punto de arrebatar la vida. Transpiro sudor frío, quedo inmóvil, y el corazón se acelera. Me parece que se me va a reventar. Me crecen las pupilas, se me agudizan los oídos. El hombre misterioso y yo. Solos. Frente a frente, imaginando el final. Escucho su respiración más cerca y la adrenalina fluye. Ahora baja los brazos que se agudizan en un cuchillo que desciende como lo haría la puñalada más certera. Resbalo contra la pared y caigo al suelo mojado. El cuchillo se parte al apuñalar la pared. El hombre de negro se cae arriba mio, y lucha para tironear de mis piernas porque quiere llegar a hasta mi cara lo más rápido posible. Y ese olor punzante otra vez.  Le siento el aliento turbio: tabaco ácido. Descomposición. Te conozco, me digo. No en su totalidad, más bien algo en lo profundo de sus ojos. Me concentro Para descubrirlo, aunque el líquido caliente resbala por mi costado y deshace la limpieza prístina en el suelo. ¿Cómo huele la sangre y la lavandina? Mmm, no sé. Es difícil decir algo así. Es olor a muerte el aliento del extraño. No encuentro a mis amigos. ¿Y si los bidones con lejía esperan por alguien más? Estas reuniones siempre tienen el mismo motivo: hablar del hombre oscuro y descubrir por qué nos quiere matar. Saber quién es el entregador. Pero es tarde. Es muy tarde. Parece que ninguno, o quizás todos son los culpables. Y acá yacen sus facciones desfiguradas. Sus ojos siempre certeros y el pulso que tampoco tiembla. Ahora la punta del cuchillo está quieta. Se regodea en ella. La disfruta mientras hunde y me excava en las entrañas.