miércoles, 22 de enero de 2014

La mujer que desayunó dos Peripatus vivos


Me di cuenta cuando la vi por primera vez. Mastiqué la teoría porque no quise sacármela de encima. Hasta que no la aguanté más. Entré al supermercado y ahí estaba: apoyada en la pared escudriñaba su canasto abarrotado de víveres. Cuando estuve en la fila para pagar la observé y no pude evitar caer en la equivalencia Maniquí. Los fines de semana está siempre ahí, hipnotizada hasta el segundo en el que la pierdo de vista. Inmóvil, tampoco habla y sus ojos a penas reviven. Si respira es por esa intervención divina de la naturaleza. Todo el camuflaje imaginario que linda en el sin fin de mi realidad la deja apartada del lugar común. Se mantiene difícil e incomprensible y bien pudiese resultar una mina agradable. La convoco para contarla. La desmenuzo con el teclado y sus partes insisten impertérritas. Silenciosas. Una taciturnidad que refrenda y atrae todo en su derredor: la cajera, los productos en las góndolas, los empleados de depósito, sin dejar de lado los ánimos que nos constituyen. La idea que se vuelve un agujero negro ineludible. La realidad ingrávida y cotidiana se destroza. La investigué un poco porque orbitarla también me afectaba. Hasta que encontré el porqué de sus partículas enmudecidas. Hallé que muchos remitían a lo mismo. Me decían: -¡No te acerqués! porque todo lo que se sabe de sus actividades es una dimensión errónea-. Me afirmaron que comió un Peripatus. Miento, dijeron dos. Si no me falla la memoria un peripatus es pariente del cien pies australiano, pero forrado en una pana suave. El masticar laborioso no fue efectivo. Fue difícil. No hay palabras que esquiven y olviden el temblor que deja esta idea. Más que idea, una realidad. La mujer que desayunó dos Peripatus. Vivos.