domingo, 26 de mayo de 2013

Ecología mutante — Sergio Gaut vel Hartman, Ricardo Cabezas & Cristian Cano


Si un paisaje extravagante puede resultar perturbador, la capacidad de mutación de la selva de Froet ponía a prueba nuestros nervios a cada instante. Habíamos descendido en el sitio prefijado y los equipos de instalación trataban de establecer el campamento cuando la floresta, como el bosque de Birnam en el Macbeth de Shakespeare, empezó a avanzar hacia nosotros. Pero en este caso no se trataba del ejército de Macduff y de Malcolm atacando el castillo del rey de Escocia, sino de la naturaleza viva retorciéndose y mutando en un caos de rojos, verdes, violetas y amarillos.
Los alaridos atronadores de miles de árboles acercándose hacia nosotros, se confundían con el pandemónium subsecuente de nuestro campamento. Los hombres abandonaban sus equipos y sus armas desordenadamente, mientras corrían hacia la nave a varios cientos de metros de nosotros. Pero, por cada paso que dábamos, parecía que la distancia hacia la nave se hiciera cada vez mayor. Entretanto, el cielo se oscurecía velozmente. Horribles nubes azuladas comenzaban a formar torbellinos descomunales sobre nuestras cabezas, a manera de enormes bocas o ventosas sin dientes. En medio de mi terror, recordaba que fueron muchos los satélites y sondas de reconocimiento que por años se habían perdido entre la atmósfera (aparentemente tranquila) del planeta, sin dejar ningún rastro. También recordé que para los exploradores vikingos, Froet, significaba “Ciénaga de la desolación”. Sin embargo Froet y sus selvas poseían un ecosistema muy parecido al de nuestra remota y contaminada Tierra y ese planeta era, en aquellos momentos, nuestra última esperanza de encontrar un hogar. Al menos eso, era lo que nos habían inculcado en la nave generacional.
Una tromba vertiginosa se precipitó por encima de la nave y vimos cómo la estructura y las mamparas se desmenuzaban como terrones secos, para elevarse y desaparecer en ese punto desconocido del cielo. Ordené reunirnos a cielo abierto, en medio de un claro. Sabía que los intercomunicadores tenían un buen alcance, lo que desconocía, era cómo sería su rendimiento en una atmósfera cargada de dióxido de carbono. Al aguantar en cuclillas para soportar el viento huracanado, vi llegar a mis hombres, uno a uno. Algunos heridos, otros, desesperados. Ordené colocarnos en formación de círculo cerrado, con las armas que nos quedaban y, cuando escuché los gritos de mi sargento a mis espaldas, ordené abrir fuego. Froet no iba a ser nuestra última jugada. De eso estaba seguro. El tableteo de las municiones químicas se colaba por los transmisores, al igual que los alaridos. Entidades vegetales se devoraban indiscriminadamente, fagocitándose.
No fue sino mucho después de que hubimos calcinado toda aquella floresta que el mensaje telepático impregnó nuestras mentes de un modo total y absoluto.
—Lamentamos lo ocurrido —dijo una especie de voz colectiva, múltiple, la voz de una manada—; no quisimos asustarlos. Y a pesar de que hemos llevado la peor parte en esta masacre, queremos darles la bienvenida a nuestro mundo. Sabemos que la Tierra ha colapsado y que Cna’gna, como denominamos a Froet, puede ser una solución para los problemas de su especie. Esperamos anhelantes que ustedes acepten formar parte de una entidad simbiótica. Todos ganaremos con esta fusión.
Cuando pude reaccionar convoqué a los referentes de la expedición y abrí el debate con esta palabra:
—Desconfío.
—No deben desconfiar —dijo entonces la voz colectiva—. Somos una sola entidad con Cna’gna. Y eso incluye desde las microscópicas bacterias hasta los árboles y los animales; funcionamos como un único organismo en equilibrio metabólico con su interfase atmosférica. Observen.
En esos momentos los cielos se aclararon y desaparecieron las nubes. Nuestros equipos indicaron que la atmósfera se llenaba de oxígeno y nitrógeno, mientras disminuía proporcionalmente el dióxido de carbono característico de Froet. Los dos pequeños soles del planeta brillaban en el horizonte y una leve brisa nos rodeaba con calma. El bosque calcinado comenzaba a reverdecer.
—¿Por qué nos atacaron, entonces? —pregunté, todavía intranquilo.
—Nosotros, la selva de Cna’gna, los detectamos como extraños al planeta, y nuestra función es actuar como el equivalente al sistema inmune de las criaturas de su especie. Inicialmente, los sentimos como un virus extraño y dañino. Luego leímos sus mentes inteligentes, su miedo, su tristeza, su añoranza por un hogar. Creemos que nos podemos beneficiar mutuamente con la fusión.
Entonces pude sentir los pensamientos y emociones del planeta y de mis hombres. La gracia estaba en sus ojos. Después, en sus actos. Tuvimos una reunión en lo que quedaba del puente de la nave, recolectamos todo lo necesario e hicimos una gran fogata. Esperamos mucho tiempo, la noche se hacía desear. El sol más alejado se perdió en el nuevo horizonte selvático y por fin estuvimos tranquilos. Escuché el llanto de algunos soldados al entregarse a Cna’gna y no supe qué hacer cuando empezaron adentrarse en la selva de Froet. Como toda transformación, esta entrañaba riesgos, desataba los peores temores, nos hacía revivir ansiedades y pesadillas que creíamos haber dejado atrás. Pero nada de esto ocurrió. El gran organismo vivo, Cna’gna’hum, a partir de ahora, nos había devuelto la esperanza.

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