jueves, 15 de septiembre de 2016

Párrafo de La biología negra






Dora mete la mano en su cartera. Trae un regalo. Se lo quiere dar a su nieto y que éste se lo de al cumpleañero. Revuelve. Mira. Busca los sobrecitos con figuritas del mundial. Las encuentra, saca y enseña levantándolas con la mano temblorosa. Pero los paquetitos se caen. Los paquetitos se derrumban hacia el suelo. La mano arrugada de Dora ahora se disloca sonora en lo alto. Se vuelve inusual, y tiembla más. Después insiste con sacudirse todavía más fuerte, como si una fuerza oculta la revoleara del brazo. Los chicos la miran, y la ronda se abre. Se miran entre ellos, asombrados. Se preocupan: Dora, los nenes, las figuritas, el cumpleañero. La mano que quiere ascender en un bucle imaginado y se sacude todavía más fuerte. Y revienta rojamente repentina, como lo haría una sandía que salpica los cachos para todos lados. La mamá se tapa la cara, y se agacha porque el ruido la asusta. Explosión, acartonada y contenida. Y otra vez los tendones se salen inciertos para cualquier lado y se revolean como revolea un lazo baqueano. Ahora Dora es un muñeco extraño. Fibras renegridas aparecen disparadas como alambres hacia las bocas de los chicos, y se les meten prepotentes en los agujeros de las caras. Se les meten violentas de a muchas. Se abren camino hasta adentro. La madre de Marcos grita mientras se arrastra hasta la puerta: los pibes no tienen tiempo de nada. Unas fibras más pálidas ahora la envuelven, le trepan por las piernas. La enredadera humana. Una presión extraordinaria le aplasta los huesos de la cabeza. La mamá se afloja, y se queda ahí, tirada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario