martes, 4 de junio de 2013

Cierto miedo - Cristian Cano y Carlos Enrique Saldivar

 
El vampiro abrió la mandíbula para liberar el cuello de su víctima y la blanca piel impresionó a la iniciada porque era el primer encuentro con su maestro. Debía observar cada uno de sus movimientos: las miradas se encontraron, filosas y certeramente intuitivas. La cabeza de Fani se ladeó y reposó sobre la almohada. Ahora, el nuevo mundo sin fin le abovedaba los sueños prometiéndole una soledad infinita. Esto la reconfortaba. Las ensoñaciones eran muchas, pero también había pesadillas que se transformaban en pensamientos dolorosos: un esposo, un hijo. Se preguntó si estaba imaginando o era la inmediatez de su pasado. Sintió asco de sí misma por verter lágrimas eternas que pronto habrían de extinguirse.
Cuando él volvió la encontró muerta: se había cercenado la cabeza con sus afiladas uñas. El amo lloró sobre el cuerpo decapitado. Se dijo que nunca volvería a convertir a una maniaco depresiva, por más hermosa que esta fuese.

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