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Mostrando las entradas etiquetadas como A cuatro manos

Solar

Con el Sol en la cara de espaldas a la Luna ¡la palabra confunde al corazón! es la antena que suplica la caía libre la gota de lluvia por un fotón y la piel y la sangre transcienden (Gustavo Herlein - Cristian Cano)

Vivos - Raquél Sequeiro / Cristian Cano

Se puso el traje. Nada de lo que pudiera hacer cambiaría las cosas, era demasiado. El epi estaba, no obstante, en su sitio, caluroso como siempre, benévolo. Y de nuevo los otros cinco minutos parada ahí en la entrada de su casa; las ganas de salir desnuda a la calle. Las ganas de gritar, de romper todo. Pero nada de lo que pudiera hacer cambiaría las cosas. Lo dice en voz alta, lo repite como su mantra. Estira el brazo y abre la puerta, puerta que ya en ruinas no se puede sostener. Cierra los ojos y se ve transportada a un lugar desconocido, lleno de seres de luz que la invitan a pasear por pasadizos que no conoce en absoluto. El miedo es una bola quemándole en el estómago. Si tan sólo pudiera abrir los ojos y ver todo aquello que espera ahí para ella, sabría olvidar ese fuego. En la calle nadie camina; ni vehículos ni nadie en ningún lado. Todo es profundamente nada para los que la miran desde lo alto. No saben que los ejércitos de la luz están a su lado. Para todos, en medio d...

Il morto che parla - David Brissón y Cristian Cano

La lápida es dura; da gusto sentarse a fumar un pucho después de un largo sueño. Entonces tiraba el humo por la nariz; ahora el ramillete de humaredas se me escapa desde las cuencas oculares. Pero nunca perdí la costumbre, si la hubiera perdido no estaría acá sentado. El Sol está por salir, así que después de fumar voy a regresar al cajón. Ser visto sería inconveniente.  Hueso de cañón ¡Mirá que me hago reír! Hueso de cañón ¡Con ser carne me ha bastado! Y agradezco cuando el Sol me sorprende; me siento como esos locos por haber vivido como viví.  Ruidoso amor casi una explosión que despierta que insiste  que asusta De lo hermoso te asusta. La vida es un cadáver exquisito: la costumbre de nacer y morirse de pura nada, de puro vicio. La sustancial habitualidad que existe en vivir.  La ceniza que arde un destello detenido. El despertar al morirse. La lápida: el descanso eterno. Mi cadera desnuda que rasca, que se estrella en ...

A cuatro manos - Ana Caliyuri y Cristian Cano

No vine a escribir grandes textos, ni grandiosas historias, ni siquiera pequeños relatos. Solo vine a despertar la noche para que revele las luces que iluminan las palabras. Después de todo, alcanza con la confianza en las alas y un poco de brisa madura. Alcanza con dejarse a la deriva y esperar a las musas, a los barcos de la mañana, a los trenes que llegan y se van, con todo lo nuestro se van. Vine a develar, vine a decir. A encontrar, a querer hacer. Alcanza con la confianza.

Escribir - Enne Bruja, Cristian Cano, Marina Dal Molín, Verónica Ruscio y Ana Caliyuri

   El cadáver exquisito sentado y paciente sostiene la mirada en la lluvia, la calle mojada. Las cortinas y el siseo. El ruido que hacen las llamas. El ruido de las teclas plásticas. Una a, una coma. Un espacio. Dos. Y el violín que insiste, que dice todo lo de adentro, lo mágico, lo secreto. Lo llora cada vez más fuerte. Es el crescendo interminable. Es la bruma que ensombrece. Es el llanto cada vez más agónico de los pájaros. Son los lobos desgarrando restos humanos sembrados en la tierra yerma. El cadáver sonríe. No todo está perdido cuando las cenizas remontan vuelo. Se trata de la especie, del inconsistente mundo que se agazapa de repente. Se trata de la voz que habla alto o que susurra la tempestad o la serena noche que se apresta a morir y sin embargo, renace con otra música entre los dientes. Y el viento, que trae el pútrido perfume de lo inacabado, eleva en sus brazos los huesos desperdigados. ¡Oh! Dulce danza de flechas que lleva el viento... Viento de magia osc...

Sosiego / Refugio / Remanso - Laura Velázquez y Cristian Cano

Me duelen todos los huesos. Cada vez que pienso siquiera en sentarme a escribir las piernas me matan. Pero eso ahora no importa. Y es que no sé si quiero dejarme en ese mismo lugar de siempre, porque si nos proponemos ser dueños de todo trato de que la esfera sea perfecta. Es una protección nos sirve y tiene que darse así. Nos aísla. Debo reconocer que en este ensimismamiento los dolores ya no son más dolores y los remordimientos transforman en otra cosa, asi que mutan cuando comienzo a escribir y los vuelco sobre la página y los disfrazo con máscaras que algunas veces son risueñas y otras resultan amargas. Es mi forma para renunciar a ellos y poder seguir. A pesar del dolor inicial, consigo el exorcismo. Y es que me siento como esos muñecos a cuerda que, moviéndose como autómatas, chocan los platillos con esos brazos rígidos. Entonces intento recrear esa esfera que me devuelve a lo que soy.

El escritor no tiene quien lo escriba – Esteban Moscarda y Cristian Cano

A veces escribo bien. Creo buenas situaciones con personajes sólidos, ambientes atrapantes y una sutil ideología coherente que sostiene los textos. Pero últimamente estoy escribiendo para el mismísimo trasero de un elefante bengalí. Mis personajes quieren matarse de lo malo que es el mundo que los contiene. La ideología se tornó en algo berreta, barato, chato y sin ningún tipo de brillo. Cuando intento mantener la lógica que el propio texto creó, pienso en todo esto y me comparo con obras antiguas. Me pregunto por qué estoy esperando que aparezcan estas ideologías que quieren sostener el pesar y el desamparo límite en los personajes. Y ahora no tengo temor, porque una obra maestra no tiene diferencias con la vida misma. Me pregunto el sentido de la vida. A veces, no tengo a nadie quien me escriba. Y es cuando más seguro me encuentro. Es cuando escribo bien.

Investigación - Rolando José Di Lorenzo y Cristian Cano

Bajó de su moto voladora y esta quedó flotando al lado de la casa, antes de entrar miró a su alrededor, todas las casas eran iguales, esferas plateadas y brillantes adheridas a una calle oscura, como un extenso collar de bolas circular formando espirales. Las farolas iluminan por demás el barrio, por el problema de la inseguridad la comuna había dispuesto aumentar la iluminación. Xasto, con un gesto de disgusto al contemplar el paisaje entró en la vivienda. Caminó hacia el centro del estar. Dejó su arma y su abrigo en el perchero, y en el espejo advirtió que había dejado la insignia de sheriff en la camisa. La quitó de allí y dejó sobre la mesa. Pasó a la cocina, y presionando botones de todo tipo y color puso en marcha su comida, bebida y el holo visor que ocupaba toda la pared circular. Las noticias hablaban sobre el ataque en el barrio de un ladrón intrépido y astuto que lo asolaba, destacando además la incapacidad de la policía. Un solo testigo lo había visto desde una venta...

Disfuncionalismo doméstico - Cristian Cano y Alejandro Bentivoglio

—Si entro a casa y tengo la más mínima duda, —dijo Selva— ¡lo dejo mormoso a palos! —¡Nooo! —dijo su amiga— ¿Así lo tratás a tu pibe? —¡25! El que sigue... —gritaron. —¿Vos nunca te fumaste un porro? —No —dijo Selva cuando llegaba su hija. —¡Mami, mami! Cristian me retó, está haciendo artesanías en el medio del comedor y tiene los ojos colorados. —Ahora me va escuchar —dijo Selva—. Quedate en la fila —No seas bestia, son pavadas de chico. —¿Mi hijo fumón? ¿Vos me estás cargando? ¿Te parece que si la gente del barrio lo sabe vamos a poder vivir tranquilos? Ya bastante tengo con que se alimente del Banco de Sangre. Ni loca, le voy a dar un par de bifes ya mismo.   Selva salió del local echa una furia: v io a los vampiros habituales que se amontonaban en la fila, a la empleada que sacaba una jovencita adolescente rebosante de sangre desde dentro de una jaula, para entregarsela al número 25. 

El albedrío falso entre las especies - Cristian Cano y Raquel Sequeiro

El comedor fue un charco putrefacto en donde aquél reptiloide revolcaba enamorado de alguna repugnancia que desconozco. Se me acercaba extasiado, porque revelaba esa naturaleza grotesca que siempre se esconde: desde debajo, un globo brilloso salió despedido y cayó más allá. Me ardían las piernas, porque las tenía devoradas, pero igual me arrastré hasta la pared. El reptil me sujetó desde el fémur blanco y tironeó personificando la monstruosidad dominante. Dentellaba en el aire comiendo víctimas imaginarias, hasta que le hundí el hacha en la cabeza. Después, la pupila achicó. Después, se desinfló como un globo. Y no puedo olvidar el burbujeo de la nariz sumergida. Miré mis piernas: estaban en un rincón ateridas de frío, a medio mordisquear; terminé de amputarme el brazo justo por debajo del codo de un tirón, y todo lo que quedaba, pensé, era casi un amasijo de huesos. Únicamente mi tronco estaba incorrupto y mi cara a salvo; el bicho me había dejado una profunda desgarradura en el pech...

El espacio - Héctor Ranea y Cristian Cano

—Quisiera haber sido el astronauta que salvó a Laika de la muerte. El cura que bendijo a los monos que mandaron al espacio sin retorno, pero que volverían si yo los bendecía. Hubiera querido ser el que salvaba a mi vecina de los ladrones de banco que la tomaron de rehén y mandarlos al espacio con Laika. —¿Pero no la habías salvado? —El espacio multiplica las perras como Laika. Hay multitud. —¿Y qué más? Porque, según me habías dicho, esa dichosa vecinita tuya empezó a emboscar a los perros del barrio. —Le afectó lo del banco. Pero tengo planes para ella, esta vez no se me escapa. —¿Y cuáles son si se puede saber? —Voy a tratar de mandarla al espacio o, en contrapunto, lograr que no se junte con los chinos de la esquina. —Sos el indicado.

En el siglo venidero - Raquel Sequeiro y Cristian Cano

Y la adolescente victoriana dejó ver un trocito de su cuello, el escote que languidecía y suspiraba de amor y congoja y la dejaba embarullada de amor y de celos. Su enamorado estaba en la ventana con la criada. Supuso, viéndolo todo desde el jardín, que esos eran los idilios secretos del marqués, no tan secretos puesto que ella los veía y... El padre interrumpió sus pensamientos. Llegó a caballo, con el perfecto traje de montar de un ilustre mayordomo y la sacó de sus ensoñaciones. El visitante del piso de arriba estaba al salir y ella decidió esperarlo porque el reparo de su padre únicamente confirmó lo que ella tanto deseaba: nunca pensaba en los sinsabores y estaba dispuesta a irse con su fugitivo mental. Mojó su pelo en la fuente. El marqués siempre se imaginó que ella tardaba una eternidad en limpiarla.

Una idea sobre las anclas - Cristian Cano y Ana Caliyuri

Me dejo arriba de la mesa. Me tiro sobre el mantel creyéndome algo mundano. Y no sé. Deseo ser un manojo de llaves. Algo sin importancia. O cosas que la gente guarda en los cajones. Máquinas frías y horribles. Espero ahí, olvidado al lado del cenicero, como esperaría alguien que rehúsa escribir. Ya no me importa nada, las palabras me retienen y yo las conservo dentro mío. ¿A quién le importaría una cadena de sensaciones acongojadas en la garganta? Ahora soy algo mundano, y finalmente comprendo el mundo ¿Las palabras? El infinito solapado en un cuerpo humano, lo demás es sólo cuestión de supervivencia. Silencio, el mundo, con actitudes habla.

Evolución platelminta - Cristian Cano y Patricia Kieffer

El pecho se le infló hasta formar un globo transparente. Fansi se impresionó, y recordó una rana en celo a punto de estallar en el Discovery channel. Los Ránelak no suelen aparecer en documentales, más bien pertenecen a una realidad dimensional distinta de la luna Encélado. Justo cuando creyó que explotaría, el saco desinfló desagradable, y el científico retrocedió hasta encontrar la pared. El ente saturnino lo contempló insinuándole boca y ojos nuevos: una omnipresencia grotesca declarándose hambrienta, que olvida la crudeza imponente de las naturalezas estelares. Fansi tocó el botón de alarma; sus colegas acudieron corriendo, pero no atinaron más que a mirarlo a través del grueso cristal de protección que rodeaba la sala. El científico se sintió perdido; sabía que nadie arriesgaría la seguridad del mundo por salvarlo a él… se lamentó de haber insistido en su proyecto de revivir esas bacterias milenarias que habían hallado en le Antártida; finalmente no eran bacterias sino embriones ...

Evolución platelminta - Cristian Cano y Cristian Caravello

El pecho se le infló hasta formar un globo transparente. Fansi se impresionó, y recordó una rana en celo a punto de estallar en el Discovery channel. Los Ránelak no suelen aparecer en documentales, más bien pertenecen a una realidad dimensional distinta de la luna Encélado. Justo cuando creyó que explotaría, el saco desinfló desagradable, y el científico retrocedió hasta encontrar la pared. El ente saturnino lo contempló insinuándole boca y ojos nuevos: una omnipresencia grotesca declarándose hambrienta, que olvida la crudeza imponente de las naturalezas estelares. Y abrió como siempre abría; sin emociones, sin remordimientos, sin más que un llamado automático, natural, inveterado: abrir la mandíbula, desenrollar esa lengua pringosa, adherir la presa, enrollar, tragar, dormir. Y en el estómago absurdo de la bestia, contra todo pronóstico sensato, Fansi se excita con la cercanía de una revelación esperada. Como tantos otros antes que él, su cuerpo es el propio experimento. Chapot...

Pedazos de carne - Caroline March y Cristian Cano

  Se llevan un libro. Y lo comparo a una divergencia interminable, que fuera una expansión de la alegría. Porque me cuestiono y porque soy yo metido entre otras páginas. Lo que dije se replica y me abandona: me deja. Vive. Me hieren sin decirme en dónde están y en qué manos quedaron esas otras vidas mías que desconozco. ¿A dónde fueron mis otros pedazos? Porque no hay diferencia entre ellos y yo. Y es como ser feliz y no saber. ¿Me leen enojados? ¿Se ríen? ¿O son severos? ¿Saben que al leer dos personas son una? ¿Que no importa ese invento que llaman tiempo? Sí, somos uno. Es como quebrar una privacidad absoluta, y espiar lo más preciado. Cada hoja es el resultado de arrancar la sangre de mis dedos en forma de tinta, de abrir el alma descarnada y dejarla al descubierto, frágil, como una muralla derruida por la que se filtra el devenir del tiempo. Y así, erosionado y sin embargo desafiante, me muestro, resistiendo y luchando. Luchando hasta que no queden hojas por escribir, ni sa...

Morir resulta caro — Cristian Cano y Nae Sirud

Desde dentro del coche la veo venir. Camina decidida, y trae la mirada sobre el suelo. Me parece que un reparo así funciona como lo haría una defensa. La timidez sería otra forma, pero no estoy seguro. Estiro el brazo y abro su puerta. Ahora sonríe. Cuando me presta atención dice que vayamos a un lugar que conoce bien. Giro la llave, y veo un brillo extraño en sus ojos. —¿Todo bien? —me atrevo a preguntar al cabo de un rato. —Tal como lo habíamos planeado. No volverá a molestarte, eres libre. El capital de su seguro de vida pasará automáticamente a la cuenta que he abierto a tu nombre esta mañana. No contesto, me envuelven los remordimientos. Ella me había tratado bien durante todos aquellos años. —Tengo que confesarte algo —vuelve a hablar mientras acerca su cuchillo a mi cuello–. En realidad no la abrí a tu nombre.

Esquizofrénico — Nae Sirud y Cristian Cano

Cuando por fin localicé la cafetería mi ritmo cardiaco se duplicó, mis manos sudaban, tropecé con alguien y me dijeron algo, que no escuché. Entré sin poder creer que finalmente tenía una cita. ¡Una cita! Sería fácil: una chica morena con un libro de tapas rojas. En el café solamente había cuatro mesas, de manera que ni siquiera yo podía meter la pata. Pero ¡Oh! En dos de las mesas había otras tantas chicas morenas con libros de tapas rojas. Quedé mudo, y tampoco supe qué hacer. Siempre sucedía algo que me estropeaba las expectativas. Di media vuelta y me asomé por el ventanal. Ahí estaban, idénticas incluso en la lectura que estaban haciendo. Suspiré y volví a casa. Siempre que llego al café me desespero, y ni hablar de la persona que intenta decirme algo que nunca termino de entender. Me acuesto un rato y abro el libro de tapas rojas. No debería practicar tanto, porque de todas maneras siempre termino por no entrar al café. ¡Ah! Será mejor que saque tres mesas del living, aunque los...

Día de los Muertos vivos ─ Ada Inés Lerner y Cristian Cano

Lo que le sucedió a Domingo Zafiro en el Día de los muertos fue sorpresivo: el robo a su joyería. Zombis, disfrazados de Chukis, aprovecharon la ocasión para cometer atracos. Zafiro intentó matar a un muerto viviente, pero cuando éste cayó al suelo, desde el interior de su vientre emergieron otros que intentaban morder empleados y clientes. La secretaria joven alertó a la policía y uno de los uniformados creyó matar a uno, pero el zombi transmutó. Los restos que quedaron en el piso invadieron la tienda con gusanos que subían por las paredes. Domingo saltó el mostrador porque no quería pasar por encima de una cabeza y los zapatos que le habían regalado sus amigos patinaron sin adherencia. Una vez afuera del negocio, el policía lo detuvo, le puso esposas y lo metió al patrullero. Cuando pasaron de largo la comisaría de la ciudad, Domingo Zafiro le preguntó si estaba en sus cabales y si sabía hacia dónde estaban yendo. Manrique, desahuciado, le contesto que irían lejos. Sacándose los gus...

Argentinos en el espacio — Ricardo Giorno y Cristian Cano

El navegante Ferrucchio abrió los ojos. —¿Dónde mierda estoy? —dijo en voz alta. Pero nadie le respondió. Lo trajo al presente el característico dolor de huevos, propio de cada despertar criogénico. Entonces recordó la misión, el despegue. El hundirse en la blanca y muelle nada del sueño. Quieto, sin siquiera intentar moverse, aguardó a que la IA ordenara la inoculación. ¿Por qué dejaban para lo último el analgésico? No había vuelta que darle: los que configuraron el sueño criogénico eran unos sádicos, y la Inteligencia Artificial no aceptaba actualizaciones. Se enfocaba en cumplir con los objetivos: un brazo reciclado le alcanzó un Abtrón. Ferrucchio miró con asco y se lo tragó. Cuando estuvo sentado en el puente de mando terminó de avivarse. Por fuera, la nave era de última generación; en su interior, estaba pintada con cal al agua. Rogó no haber aguantado la orina durante veinte años.