Me dejo arriba de la mesa. Me tiro sobre el mantel creyéndome algo mundano. Y no sé. Deseo ser un manojo de llaves. Algo sin importancia. O cosas que la gente guarda en los cajones. Máquinas frías y horribles. Espero ahí, olvidado al lado del cenicero, como esperaría alguien que rehúsa escribir. Ya no me importa nada, las palabras me retienen y yo las conservo dentro mío. ¿A quién le importaría una cadena de sensaciones acongojadas en la garganta? Ahora soy algo mundano, y finalmente comprendo el mundo ¿Las palabras? El infinito solapado en un cuerpo humano, lo demás es sólo cuestión de supervivencia. Silencio, el mundo, con actitudes habla.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...
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