El navegante Ferrucchio abrió los ojos. —¿Dónde mierda estoy? —dijo en voz alta. Pero nadie le respondió. Lo trajo al presente el característico dolor de huevos, propio de cada despertar criogénico. Entonces recordó la misión, el despegue. El hundirse en la blanca y muelle nada del sueño. Quieto, sin siquiera intentar moverse, aguardó a que la IA ordenara la inoculación. ¿Por qué dejaban para lo último el analgésico? No había vuelta que darle: los que configuraron el sueño criogénico eran unos sádicos, y la Inteligencia Artificial no aceptaba actualizaciones. Se enfocaba en cumplir con los objetivos: un brazo reciclado le alcanzó un Abtrón. Ferrucchio miró con asco y se lo tragó. Cuando estuvo sentado en el puente de mando terminó de avivarse. Por fuera, la nave era de última generación; en su interior, estaba pintada con cal al agua. Rogó no haber aguantado la orina durante veinte años.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...
¡Muy bueno, los felicito!
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