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Evolución platelminta - Cristian Cano y Patricia Kieffer

El pecho se le infló hasta formar un globo transparente. Fansi se impresionó, y recordó una rana en celo a punto de estallar en el Discovery channel. Los Ránelak no suelen aparecer en documentales, más bien pertenecen a una realidad dimensional distinta de la luna Encélado. Justo cuando creyó que explotaría, el saco desinfló desagradable, y el científico retrocedió hasta encontrar la pared. El ente saturnino lo contempló insinuándole boca y ojos nuevos: una omnipresencia grotesca declarándose hambrienta, que olvida la crudeza imponente de las naturalezas estelares. Fansi tocó el botón de alarma; sus colegas acudieron corriendo, pero no atinaron más que a mirarlo a través del grueso cristal de protección que rodeaba la sala. El científico se sintió perdido; sabía que nadie arriesgaría la seguridad del mundo por salvarlo a él… se lamentó de haber insistido en su proyecto de revivir esas bacterias milenarias que habían hallado en le Antártida; finalmente no eran bacterias sino embriones ...

Evolución platelminta - Cristian Cano y Cristian Caravello

El pecho se le infló hasta formar un globo transparente. Fansi se impresionó, y recordó una rana en celo a punto de estallar en el Discovery channel. Los Ránelak no suelen aparecer en documentales, más bien pertenecen a una realidad dimensional distinta de la luna Encélado. Justo cuando creyó que explotaría, el saco desinfló desagradable, y el científico retrocedió hasta encontrar la pared. El ente saturnino lo contempló insinuándole boca y ojos nuevos: una omnipresencia grotesca declarándose hambrienta, que olvida la crudeza imponente de las naturalezas estelares. Y abrió como siempre abría; sin emociones, sin remordimientos, sin más que un llamado automático, natural, inveterado: abrir la mandíbula, desenrollar esa lengua pringosa, adherir la presa, enrollar, tragar, dormir. Y en el estómago absurdo de la bestia, contra todo pronóstico sensato, Fansi se excita con la cercanía de una revelación esperada. Como tantos otros antes que él, su cuerpo es el propio experimento. Chapot...

Pedazos de carne - Caroline March y Cristian Cano

  Se llevan un libro. Y lo comparo a una divergencia interminable, que fuera una expansión de la alegría. Porque me cuestiono y porque soy yo metido entre otras páginas. Lo que dije se replica y me abandona: me deja. Vive. Me hieren sin decirme en dónde están y en qué manos quedaron esas otras vidas mías que desconozco. ¿A dónde fueron mis otros pedazos? Porque no hay diferencia entre ellos y yo. Y es como ser feliz y no saber. ¿Me leen enojados? ¿Se ríen? ¿O son severos? ¿Saben que al leer dos personas son una? ¿Que no importa ese invento que llaman tiempo? Sí, somos uno. Es como quebrar una privacidad absoluta, y espiar lo más preciado. Cada hoja es el resultado de arrancar la sangre de mis dedos en forma de tinta, de abrir el alma descarnada y dejarla al descubierto, frágil, como una muralla derruida por la que se filtra el devenir del tiempo. Y así, erosionado y sin embargo desafiante, me muestro, resistiendo y luchando. Luchando hasta que no queden hojas por escribir, ni sa...

El filo de la lanza

Cuando hacía calor me escapaba del colegio para ir al árbol, porque tenía linda sombra. Me quedaba a escuchar los pájaros. Me gustaban los pájaros. Entre sueños, vivía en el tronco, y los gorriones me venían a ver. Un día empecé a entender lo que se decían: los gorriones son gallardos, y a nadie le importa. Con ellos aprendí mucho, hasta que una tarde vi una ratonerita lastimada que se arrastraba, y sentí un pinchazo en el corazón, un pinchazo que se siente cuando un corazón es machacado entre dos piedras. No me atreví a ir más. Ahora no me acerco a los árboles.

Morir resulta caro — Cristian Cano y Nae Sirud

Desde dentro del coche la veo venir. Camina decidida, y trae la mirada sobre el suelo. Me parece que un reparo así funciona como lo haría una defensa. La timidez sería otra forma, pero no estoy seguro. Estiro el brazo y abro su puerta. Ahora sonríe. Cuando me presta atención dice que vayamos a un lugar que conoce bien. Giro la llave, y veo un brillo extraño en sus ojos. —¿Todo bien? —me atrevo a preguntar al cabo de un rato. —Tal como lo habíamos planeado. No volverá a molestarte, eres libre. El capital de su seguro de vida pasará automáticamente a la cuenta que he abierto a tu nombre esta mañana. No contesto, me envuelven los remordimientos. Ella me había tratado bien durante todos aquellos años. —Tengo que confesarte algo —vuelve a hablar mientras acerca su cuchillo a mi cuello–. En realidad no la abrí a tu nombre.

Esquizofrénico — Nae Sirud y Cristian Cano

Cuando por fin localicé la cafetería mi ritmo cardiaco se duplicó, mis manos sudaban, tropecé con alguien y me dijeron algo, que no escuché. Entré sin poder creer que finalmente tenía una cita. ¡Una cita! Sería fácil: una chica morena con un libro de tapas rojas. En el café solamente había cuatro mesas, de manera que ni siquiera yo podía meter la pata. Pero ¡Oh! En dos de las mesas había otras tantas chicas morenas con libros de tapas rojas. Quedé mudo, y tampoco supe qué hacer. Siempre sucedía algo que me estropeaba las expectativas. Di media vuelta y me asomé por el ventanal. Ahí estaban, idénticas incluso en la lectura que estaban haciendo. Suspiré y volví a casa. Siempre que llego al café me desespero, y ni hablar de la persona que intenta decirme algo que nunca termino de entender. Me acuesto un rato y abro el libro de tapas rojas. No debería practicar tanto, porque de todas maneras siempre termino por no entrar al café. ¡Ah! Será mejor que saque tres mesas del living, aunque los...

El gato de Lovecraft

Howard saluda a sus amigos camino a su casa. Lo acompaña un gato gris y esquivo que reaparece cada quince metros: en el buzón, desde detrás del rosal en el ingreso al hospital Jane Brown y debajo del portón abandonado. Entonces, en su living, cuelga el saco y se desabotona la camisa. Si hubiese habido otro espectador oculto nos afirmaría que en aquel hogar intimista se percibe otro tiempo. Uno subjetivo. Un transcurrir solapado renegando con lo común, como lucharían dos facciones religiosas y extremistas en el reclamo de pertenencia. Ahora, Lovecraft sube la escalera haciendo rechinar las tablas, y un misticismo evocado desde ese otro lugar indómito hace girar el picaporte de la habitación con dedos flacos y blancos. Los ojos del animal perseguidor hipnotizan desde fuera de la ventana. Él cierra la puerta. Con llave. Y el parpadear del felino secciona una nueva dimensión encandilada. Por eso los ojos no parecen querer abrirse más. Hasta que los encuentra la madrugada eterna.