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Il morto che parla - David Brissón y Cristian Cano

La lápida es dura; da gusto sentarse a fumar un pucho después de un largo sueño. Entonces tiraba el humo por la nariz; ahora el ramillete de humaredas se me escapa desde las cuencas oculares. Pero nunca perdí la costumbre, si la hubiera perdido no estaría acá sentado. El Sol está por salir, así que después de fumar voy a regresar al cajón. Ser visto sería inconveniente.  Hueso de cañón ¡Mirá que me hago reír! Hueso de cañón ¡Con ser carne me ha bastado! Y agradezco cuando el Sol me sorprende; me siento como esos locos por haber vivido como viví.  Ruidoso amor casi una explosión que despierta que insiste  que asusta De lo hermoso te asusta. La vida es un cadáver exquisito: la costumbre de nacer y morirse de pura nada, de puro vicio. La sustancial habitualidad que existe en vivir.  La ceniza que arde un destello detenido. El despertar al morirse. La lápida: el descanso eterno. Mi cadera desnuda que rasca, que se estrella en ...

El enojo del árbol

Desde los escalones de la pileta escucho la pelea del árbol altísimo de la vecina que se zamarrea como un loco. A veces me distrae; alguna vez dije que se tironea de los pelos hasta el cansancio como la persona que no se aguanta. Entonces, la calma.  Ayer fue mi cumpleaños; festejamos la sobrevivencia. Y ahora es la típica ventosa mañana de feriado en la que el mate continúa caliente.  Hay mascotas que no le temen al viento; los gatos, por ejemplo. El Pocho sí (perrito de mi madre). Es chiquito y el viento lo empuja hacia los costados. Desde entonces la cabeza se me llena de preguntas. Escuché a un actor decir que el pensamiento es tanto ilusorio como el causante de los padecimientos humanos. Es interesante. Gran parte de mí está de acuerdo. Pensaba en la posibilidad de que el pensamiento nos estuviese alejando del camino que deberíamos buscar. Si existe un propósito preponderante, estaríamos yendo en cualquier dirección. Es asombroso pensar a la Tierra como est...

El tiempo es extraño

Desenreda la manguera y la estira hasta el árbol. Las hojas secas que caen desde las ramas se amontonan en el cordón de la vereda. Hay barro en el suelo, barro en sus manos. Tres pasos hacia la entrada y el principio de la vereda que divide el jardín en dos perfectas mitades; aloe vera, cactus y pino. Se agacha y abre la canilla que está tapada con un tarrito. Entonces la manguera se mueve, se estira. Se llena con agua. Al otro lado, allá en su punta, el aire que escapa. Agua y aire: la magia es perfecta. En la tarde ve que el cactus no es tan cactus, al pino le salen flores y el aloe regresa tonto de verde. 

El terrenito

La palabra baldío aparece en ese borde que siempre fue tierra de nadie. No tengo nada en contra de la palabra baldío. Siempre me gustó decir baldío porque es una palabra que no se te cae de la boca. Nunca se puso de moda. Es fuerte el baldío, es grueso decir baldío, es potente como un camión que te choca sentir baldío. Hay toda una galaxia entera en la palabra baldío. No le tengan miedo, no la abandonemos. A perderse en la hermosura que llena la palabra baldío. Estar parado entre los yuyos es profundamente todo. 

Ajado

Cambio el dial de la radio mientras reviento el tren delantero en diez cuadras. Freno en Avellaneda y Juan Molina porque quiero ajos: la gente te pide ajos cuando no los tenés. Me bajo, desconecto el borne, salto agua estancada, veo un perro que se distrae con el cielo: el can se dio cuenta de la farsa humana. Entonces entro al negocio, dame ajos, le digo. No hay dice. Volvé al mediodía. Veo una caja con bananas, esa me la llevo, insisto. Tengo plata en el bolsillo, plata que se queda con el de la ventanilla. Un dios que arrasa con todo y empuja la cajita hacia la puerta. El perro nos mira. Afuera es la camioneta y Julio que juntos esperan e imitan el barco ancestral que anclado reaparece por momentos desde el final de los tiempos. Levanto las bananas, las tiro atrás de la camioneta y veo también que me olvidé de tirar la basura . No sé por qué la gente me da su basura para que la tire en otro lado. Subo, meto la llave. Llaves como clavos de ataúd. El capitán observa el hori...

A cuatro manos - Ana Caliyuri y Cristian Cano

No vine a escribir grandes textos, ni grandiosas historias, ni siquiera pequeños relatos. Solo vine a despertar la noche para que revele las luces que iluminan las palabras. Después de todo, alcanza con la confianza en las alas y un poco de brisa madura. Alcanza con dejarse a la deriva y esperar a las musas, a los barcos de la mañana, a los trenes que llegan y se van, con todo lo nuestro se van. Vine a develar, vine a decir. A encontrar, a querer hacer. Alcanza con la confianza.

Escribir - Enne Bruja, Cristian Cano, Marina Dal Molín, Verónica Ruscio y Ana Caliyuri

   El cadáver exquisito sentado y paciente sostiene la mirada en la lluvia, la calle mojada. Las cortinas y el siseo. El ruido que hacen las llamas. El ruido de las teclas plásticas. Una a, una coma. Un espacio. Dos. Y el violín que insiste, que dice todo lo de adentro, lo mágico, lo secreto. Lo llora cada vez más fuerte. Es el crescendo interminable. Es la bruma que ensombrece. Es el llanto cada vez más agónico de los pájaros. Son los lobos desgarrando restos humanos sembrados en la tierra yerma. El cadáver sonríe. No todo está perdido cuando las cenizas remontan vuelo. Se trata de la especie, del inconsistente mundo que se agazapa de repente. Se trata de la voz que habla alto o que susurra la tempestad o la serena noche que se apresta a morir y sin embargo, renace con otra música entre los dientes. Y el viento, que trae el pútrido perfume de lo inacabado, eleva en sus brazos los huesos desperdigados. ¡Oh! Dulce danza de flechas que lleva el viento... Viento de magia osc...