La palabra baldío aparece en ese borde que siempre fue tierra de nadie. No tengo nada en contra de la palabra baldío. Siempre me gustó decir baldío porque es una palabra que no se te cae de la boca. Nunca se puso de moda. Es fuerte el baldío, es grueso decir baldío, es potente como un camión que te choca sentir baldío. Hay toda una galaxia entera en la palabra baldío. No le tengan miedo, no la abandonemos. A perderse en la hermosura que llena la palabra baldío. Estar parado entre los yuyos es profundamente todo.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...

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