Desenreda la manguera y la estira hasta el árbol. Las hojas secas que caen desde las ramas se amontonan en el cordón de la vereda. Hay barro en el suelo, barro en sus manos. Tres pasos hacia la entrada y el principio de la vereda que divide el jardín en dos perfectas mitades; aloe vera, cactus y pino. Se agacha y abre la canilla que está tapada con un tarrito. Entonces la manguera se mueve, se estira. Se llena con agua. Al otro lado, allá en su punta, el aire que escapa. Agua y aire: la magia es perfecta. En la tarde ve que el cactus no es tan cactus, al pino le salen flores y el aloe regresa tonto de verde.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...

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