Te despellejo en la esquina: rectángulo empedrado manchado
de piel. Con sangre. Después el viento llena todo de tierra y mordés la arena. Escupís.
¡Dale! Te gritan. Te miran de pies a cabeza y nunca se atreven a exigirte. Un
remolino arrastra el forro de tu cuerpo por la calle y, por allá, se traba. La
piel se atasca en la otra esquina mientras te crece otra.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...
¡Muy bueno!
ResponderEliminar¡Gracias, Nélida!
EliminarQué metáfora!!
ResponderEliminar¡Hola, Ada!
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