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Entradas

Cosas que escuchó una cajera

1—Amor, llego en cinco minutos, pero después me tengo que ir. 2—¿Yerba o pañales? 3—El seguridad me tiene podrida. 4—Estoy en el laburo. 5—Decile que es hoy, y me pasás a buscar. 6—Este hipermercado es un puterío. 7—Me engancharon. Y ahora viene la policía. 8—¿Chancho colorado? El gerente. 9—Sí, venite. Está en caja uno. 10—Trae unos chorizos, y dos cajones de birra.

Misterios

  Escribir es tu salvación, es patear las puertas del misterio para preguntarnos: sucede que te encontrás al monstruo. Sabé que sus cuestionamientos son la fuente, y que sus preguntas siempre nos convocan. Tenés que domesticarlo.

Disfuncionalismo doméstico - Cristian Cano y Alejandro Bentivoglio

—Si entro a casa y tengo la más mínima duda, —dijo Selva— ¡lo dejo mormoso a palos! —¡Nooo! —dijo su amiga— ¿Así lo tratás a tu pibe? —¡25! El que sigue... —gritaron. —¿Vos nunca te fumaste un porro? —No —dijo Selva cuando llegaba su hija. —¡Mami, mami! Cristian me retó, está haciendo artesanías en el medio del comedor y tiene los ojos colorados. —Ahora me va escuchar —dijo Selva—. Quedate en la fila —No seas bestia, son pavadas de chico. —¿Mi hijo fumón? ¿Vos me estás cargando? ¿Te parece que si la gente del barrio lo sabe vamos a poder vivir tranquilos? Ya bastante tengo con que se alimente del Banco de Sangre. Ni loca, le voy a dar un par de bifes ya mismo.   Selva salió del local echa una furia: v io a los vampiros habituales que se amontonaban en la fila, a la empleada que sacaba una jovencita adolescente rebosante de sangre desde dentro de una jaula, para entregarsela al número 25. 

El albedrío falso entre las especies - Cristian Cano y Raquel Sequeiro

El comedor fue un charco putrefacto en donde aquél reptiloide revolcaba enamorado de alguna repugnancia que desconozco. Se me acercaba extasiado, porque revelaba esa naturaleza grotesca que siempre se esconde: desde debajo, un globo brilloso salió despedido y cayó más allá. Me ardían las piernas, porque las tenía devoradas, pero igual me arrastré hasta la pared. El reptil me sujetó desde el fémur blanco y tironeó personificando la monstruosidad dominante. Dentellaba en el aire comiendo víctimas imaginarias, hasta que le hundí el hacha en la cabeza. Después, la pupila achicó. Después, se desinfló como un globo. Y no puedo olvidar el burbujeo de la nariz sumergida. Miré mis piernas: estaban en un rincón ateridas de frío, a medio mordisquear; terminé de amputarme el brazo justo por debajo del codo de un tirón, y todo lo que quedaba, pensé, era casi un amasijo de huesos. Únicamente mi tronco estaba incorrupto y mi cara a salvo; el bicho me había dejado una profunda desgarradura en el pech...

El albedrío falso entre las especies

El comedor fue un charco putrefacto en donde aquél reptiloide revolcaba enamorado de alguna repugnancia que desconozco. Se me acercaba extasiado, porque revelaba esa naturaleza grotesca que siempre se esconde: desde debajo, un globo brilloso salió despedido y cayó más allá. Me ardían las piernas, porque las tenía devoradas, pero igual me arrastré hasta la pared. El reptil me sujetó desde el fémur blanco y tironeó personificando la monstruosidad dominante. Dentellaba en el aire comiendo víctimas imaginarias, hasta que le hundí el hacha en la cabeza. Después, la pupila achicó. Después, se desinfló como un globo. Y no puedo olvidar el burbujeo de la nariz sumergida. 

El espacio - Héctor Ranea y Cristian Cano

—Quisiera haber sido el astronauta que salvó a Laika de la muerte. El cura que bendijo a los monos que mandaron al espacio sin retorno, pero que volverían si yo los bendecía. Hubiera querido ser el que salvaba a mi vecina de los ladrones de banco que la tomaron de rehén y mandarlos al espacio con Laika. —¿Pero no la habías salvado? —El espacio multiplica las perras como Laika. Hay multitud. —¿Y qué más? Porque, según me habías dicho, esa dichosa vecinita tuya empezó a emboscar a los perros del barrio. —Le afectó lo del banco. Pero tengo planes para ella, esta vez no se me escapa. —¿Y cuáles son si se puede saber? —Voy a tratar de mandarla al espacio o, en contrapunto, lograr que no se junte con los chinos de la esquina. —Sos el indicado.

En el siglo venidero - Raquel Sequeiro y Cristian Cano

Y la adolescente victoriana dejó ver un trocito de su cuello, el escote que languidecía y suspiraba de amor y congoja y la dejaba embarullada de amor y de celos. Su enamorado estaba en la ventana con la criada. Supuso, viéndolo todo desde el jardín, que esos eran los idilios secretos del marqués, no tan secretos puesto que ella los veía y... El padre interrumpió sus pensamientos. Llegó a caballo, con el perfecto traje de montar de un ilustre mayordomo y la sacó de sus ensoñaciones. El visitante del piso de arriba estaba al salir y ella decidió esperarlo porque el reparo de su padre únicamente confirmó lo que ella tanto deseaba: nunca pensaba en los sinsabores y estaba dispuesta a irse con su fugitivo mental. Mojó su pelo en la fuente. El marqués siempre se imaginó que ella tardaba una eternidad en limpiarla.