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El puente

No sé si el texto que pretendo va a representarme: porque si no logro desenterrar lo que las ideas suponen, corro el riesgo de lo desconocido. Entonces, sospecharía de su relación con las personas.

Tamizando oro

Dejar la mirada en la pared, e insistir para vencer así como repetiría un mantra el bucle consagrado. Olvidarse del cuerpo. Prestar atención, porque todo es interesante. No perder la capacidad de asombro preguntándose qué es esa tierra blanca colgando en el cielo. Y es como apretar un poco las riendas para que no se te escape lo esencial. Lo chiquito. Pienso en esto, porque es parte necesaria de la felicidad.

¡Fuego!

—Estoy pensando en otros tiempos, y no hubo matanza, lo sé porque si la hubiera habido me lo habrían dicho.  —No soy quien para valorar eso, señor —dijo el soldado que formaba a su lado—. ¡Preparen armas!  —Si me fusila me otorga esa nueva oportunidad, ¡y en ese tiempo hará mucho que la sangre ya habrá desaparecido!  —¡No confundan! Sufre de naturalidad fingida. ¡Apunten!  —¡Pero me amaron! —le agarró las manos—. Llevo un germen bueno... ¡Eva me amó!

Día de los Muertos vivos ─ Ada Inés Lerner y Cristian Cano

Lo que le sucedió a Domingo Zafiro en el Día de los muertos fue sorpresivo: el robo a su joyería. Zombis, disfrazados de Chukis, aprovecharon la ocasión para cometer atracos. Zafiro intentó matar a un muerto viviente, pero cuando éste cayó al suelo, desde el interior de su vientre emergieron otros que intentaban morder empleados y clientes. La secretaria joven alertó a la policía y uno de los uniformados creyó matar a uno, pero el zombi transmutó. Los restos que quedaron en el piso invadieron la tienda con gusanos que subían por las paredes. Domingo saltó el mostrador porque no quería pasar por encima de una cabeza y los zapatos que le habían regalado sus amigos patinaron sin adherencia. Una vez afuera del negocio, el policía lo detuvo, le puso esposas y lo metió al patrullero. Cuando pasaron de largo la comisaría de la ciudad, Domingo Zafiro le preguntó si estaba en sus cabales y si sabía hacia dónde estaban yendo. Manrique, desahuciado, le contesto que irían lejos. Sacándose los gus...

Anécdota extraña de un conductor desconocido

El semáforo cambió a rojo haciendo un parpadeo extraño que me llamó la atención. Frené y lo observé: ahí estaba, como una falla exultante interrumpiéndome. Me desconcentraba porque no quería encontrarlas y me daba cuenta de esto cuando el entorno me lo hacía saber: en el auto de al lado había un señor que se acomodaba la corbata, hasta que me vio. A partir de ese momento supe que no le importó más cómo vestía, quizás porque sus manos se detuvieron y descubría en mí un foco de atención extraordinario. Intenté reparar en él con un gesto y no pude. Sentí un puente inmenso. Se alejó de la ventanilla espantado y vi cómo desde un lugar errático le arrebataban la cordura. Entonces aplastaba el pedal del acelerador para cruzar en rojo porque quería huir y salvarse de ese espanto ingobernado. El semáforo volvió a pestañear inmerso en una dimensión paralela, ese lugar en el que un conductor desesperado enbiste a otro prudente. El hierro dobló como cartón y el estruendo del choque asustó a...

Pedazos de carne

Se llevan un libro. Y lo comparo a una divergencia interminable, que fuera una expansión de la alegría. Porque me cuestiono y porque soy yo metido entre otras páginas y títulos. Lo que dije se replica y me abandona: me deja y cobra vida. Me hieren sin decirme en dónde están y en qué manos quedaron esas otras vidas mías que desconozco. ¿A dónde fueron mis otros pedazos? Porque no hay diferencia entre ellos y yo. Y es como ser feliz y no saber. ¿Me leen enojados? ¿Se ríen? ¿O son severos? ¿Saben que al leer, dos personas son una? ¿Que no importa ese invento que llaman tiempo? Sí, son una y es como quebrar una privacidad absoluta y espiar lo más preciado. Las páginas se llevan mi energía y se esconden y se alejan de este pedazo humilde de puerto que es mi lugar. Mi hogar está en las cosas que escribo y leo. Entonces, estoy en muchos lugares.