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En el siglo venidero — Raquel Sequeiro & Cristian Cano

Y la adolescente victoriana dejó ver un trocito de su cuello, el escote que languidecía y suspiraba de amor y congoja y la dejaba embarullada de amor y de celos. Su enamorado estaba en la ventana con la criada. Supuso, viéndolo todo desde el jardín, que esos eran los idilios secretos del marqués, no tan secretos puesto que ella los veía y... El padre interrumpió sus pensamientos. Llegó a caballo, con el perfecto traje de montar de un ilustre mayordomo y la sacó de sus ensoñaciones. El visitante del piso de arriba estaba al salir y ella decidió esperarlo porque el reparo de su padre únicamente confirmó lo que ella tanto deseaba: nunca pensaba en los sinsabores y estaba dispuesta a irse con su fugitivo mental. Mojó su pelo en la fuente. El marqués siempre se imaginó que ella tardaba una eternidad en limpiarla.

El túnel de Ernesto — Cristian Cano y Ada Inés Lerner

  Después de mucho pensar me he decidido a saltar dentro del túnel. Cuando descubrí que existía me puse como loco, porque sabía que Ernesto tenía razón: nunca me gustó su primigenia escritura, por eso la desconfianza. Ahora sé que es verdad. Sé que si abro la puerta del ropero ahí va a estar, la boca negra en el departamento desolado, el diente del despecho vuelto hendidura, la ternura trastocada en encono, el afecto en hostilidad. En ese ambiente pernicioso no hay cabida para un hogar, para el amor fraternal, la amistad, aún la fe en un futuro no tienen cabida. Ernesto representaba todo aquello que yo había rechazado como predestinado. Toda relación con personas y cosas y sacramentos rituales se construye con sentimientos sanos y verdades de a puño. Sin embargo él se empeñaba en destruir todo aquello que su malquerencia le impedía construir.

Lluvia — Cristian Cano y Ana Caliyuri

Cuando se sentaron formando un gran círculo humano supe que no estaban bromeando y que los pensamientos modelan la realidad. Si las moléculas de agua adquieren diferentes formas al momento de congelarse cuando las exponemos a situaciones variables, quiere decir que los pensamientos moldean la materia. Los océanos varían por la Luna ¿Nosotros no somos un 70 % agua? Cuando comenzaron a cantar sentí que me disolvía entre noveles cánticos acuáticos. Ella, sentada a mi vera, me miró acuosa; de sus ojos parecían salir aguijones de hielo. Celosa, la percibí con odio ancestral. Como siempre mis pensamientos fueron por las espumas de la mar; ahí estaba la elegida; la besé apasionadamente hasta que sólo fue olas. Nuevamente el dilema entre Hera y Afrodita; ésta vez pensé en la luna y las mareas. Afrodita y yo nos alzamos a las alturas. Hay muchas maneras de ser agua; hoy fuimos lluvia.

El enojo de los gorriones

Un éter incansable, ingobernable, que se desliza colándose por entremedio de los cajones y la ropa, evidencia el ataque. Ahí, donde nadie quiere estar porque todo cambia irremediable, queda un recuerdo potente que esteriliza. Los gorriones no nos quieren matar con su melancolía, pero están enojados porque los hacemos a un lado. Por favor, no los abandonemos. Ellos se pelean en la tierra con la ferocidad de los leones para demostrar que no nos van a fallar y que son útiles porque son un poco soldados. El gorrión te mira y te busca desde que eras un pibe, acordáte. Recordálo: parado siempre en el alambrado, sin miedo, esperando que lo quieras. Quereme, que tengo pelito de gorrión, saltito de la india, el valor de los leones y las ganas de evitar la muerte.

Un día impensado – Ana Caliyuri & Cristian Cano

Se levantó como todos los días a la hora habitual. El reloj puntualmente marcó los siete pitidos de la hora siete. Alzó la persiana y, como cada día de los últimos doce años, miró hacia la casa de enfrente. Marilyn también se alzaba a la misma hora. Contó los minutos precisos como para cruzarse en la vereda con ella. Al minuto cuarenta y dos Marilyn abriría la puerta del edificio y él como cada mañana podría saludarla y quedarse con esa imagen el resto del día. Si fallaba sería un día perdido. Llamó al ascensor y bajó mirándose en el espejo: pelo batido y cara lavada eran un buen comienzo. Él la vio y le sonrió (¿un segundo más que ayer?) y alcanzaba para revalidar el día. Cuestionó el momento pendular y si iba a poder soportarlo. El momento exacto en el que, compartiendo, se comprueba la soledad.

Lógica de secundaria

  ―Este pizarrón no es verde. ―El profesor se tomó una grapa. ―Este banco no es marrón. ―¿Se habrá tomado una grapa?―dijo agazapado. ―... el objeto recibe el haz de luz, absorbe todos los colores que componen el blanco y rechaza el que nosotros vemos. Ese mismo color, en este caso verde, es el repelido. Por lo tanto, el objeto es todos los colores menos el que siempre vemos. ―¿Oíste, no? No me discrimines más.

Encuentro muy cercano — Cristian Cano y Ada Inés Lerner

Entró a su hogar con mucha hambre porque había estado corriendo durante toda la mañana. Tenía la excusa ideal para darle un buen atracón a los chorizos de picado fino y los bloques de queso pigmentado que su abuela le tría. Cuando ordenó el desayuno sobre la mesa y estuvo a punto de sentarse, una Sigora emergió del queso parisino. La criatura se irguió como lo haría una escolopendra esmeralda hipnotizándolo a medida que ascendía. Y quizás hubiera perdido el apetito si no le hubiera resultado interesante su danza macabra y se dejó hipnotizar. Creyó que podría detenerla cuando quisiera pero no fue así, el insecto hembra le arrancó los ojos y la nariz y copuló con él hasta que murió en sus entrañas, después de dejar las larvas gestándose en el estómago del mortal. Fue el encuentro más cercano con una Sigora del que tuve noticias.