Se levantó como todos los días a la hora habitual. El reloj puntualmente marcó los siete pitidos de la hora siete. Alzó la persiana y, como cada día de los últimos doce años, miró hacia la casa de enfrente. Marilyn también se alzaba a la misma hora. Contó los minutos precisos como para cruzarse en la vereda con ella. Al minuto cuarenta y dos Marilyn abriría la puerta del edificio y él como cada mañana podría saludarla y quedarse con esa imagen el resto del día. Si fallaba sería un día perdido. Llamó al ascensor y bajó mirándose en el espejo: pelo batido y cara lavada eran un buen comienzo. Él la vio y le sonrió (¿un segundo más que ayer?) y alcanzaba para revalidar el día. Cuestionó el momento pendular y si iba a poder soportarlo. El momento exacto en el que, compartiendo, se comprueba la soledad.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...
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