Demasiado pensar me podría defraudar el sentir. Y se me hace imposible intentar lo contrario, porque encuentro lo poético que está ahí, en la repetición, en insistir. Insistir. Y más tarde volver a lo mismo y de nuevo otra vez más. Repensar. Y sería como abrirse el cráneo en las rocas. Creo que existe la manera que deja la mente en blanco, de alejarse de lo que nos rodea y elevarme en la nada. Y sería flotar lejos de los fantasmas que me acosan. Que vigilan. Sí, me vigilan. Me miran desde esos rincones oscuros que son un poco todos los rincones. Mente en blanco. Blanco. Todo blanco. Todo es profundamente nada.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...

es la libertad?
ResponderEliminarHola, Valeria. Bien podría ser una manera de ver las cosas.
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