El deslizador descendió sumido en un silencio filoso. Mediante especulaciones la gente detuvo su andar y quedó atenta. La forma de una lágrima color gris oscuro no reflejaba brillos y, por alguna razón desconocida, los vehículos dejaron de transitar. De repente una figura que constituía asombros y miedos: una mantis religiosa verdosamente apabulló y caminó unos metros hasta las personas. Dos metros de altura y ochenta kilos de peso fueron suficientes para las mentes más culturales. Temiblemente telepática e intuitiva a niveles desconcertantes revolvió deseos y odios. Certificó errores y dedujo posibilidades. Hoy nadie quiere hablar del acontecimiento. Lo que sucedió se diluye día a día en las células de la memoria. Otros, observamos el cuadro inolvidable apartarse y no encastrar en las virtudes que nos dicen necesarias.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...
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