Armonizar el día no es poca cosa. Hay un reto más allá de la propia jugada, dijo Jack mientras repartía las cartas en el juego de poker. Landop lo miró con el ala del sombrero ladeado, así como se había alzado ese día, con la mente torcida. Las cicatrices sobre la mejilla izquierda hablaban de sus luchas perdidas, sin embargo todos le temían dado que se comentaba que el único reto que el tipo no aceptaba era el que iba más allá del juego. Landop esperó sus naipes y miró a la tabaquera que no conocía. Sacó su Colt y lo apoyó en la mesa. Jack interpretó eso como una advertencia intolerable pero también como la oportunidad única: se levantó y le pidió que guardase su arma. Nunca antes le habían pedido las cosas de esa manera tan... cordial. Cuando intentó guardar el arma la tabaquera lo mató.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...
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