Las palabras son las únicas asociaciones irreales que con el uso cobran deferentes y coloridos valores, también irreales. Las palabras, a veces, no dicen lo que realmente queremos decir: que por coloridas tanto imperfectas y mentirosas, porque nunca logramos expresar completamente lo que sentimos y, por su diversidad, creemos decir bien. Muy lejos estamos de vaciarnos como un disparo certero, muy remoto es el hecho de contentarnos hasta el último ápice al revolver verdades y decir con ellas. A las palabras hay que ordenarlas, a las palabras hay que decirles, a las palabras hay que putearlas, gritarles: ¡hijas de puta! cuando hacen lo que quieren en nuestro decir inconsciente. A las palabras hay que decirles, muy seriamente, que desconfiamos de ellas.
Ellos siempre estaban juntos, pegajosamente encastrados ante los ojos de los demás aunque divinamente unidos según ellos mismos. A ella la entendí; no habiendo tenido familia primaria, habiéndose criado en un orfanato hasta los dieciocho años, no me extraña que se aferrara a él de ese modo extremo. Y él; sí, él… no entiendo todavía cómo no se sentía ahogado, en prisión. Él, que había tenido tanto cariño, amor, pasión en su vida entera, ahora parecía un idiota, porque se hallaba obnubilado en esos primeros meses de amor incondicional. Así, como tortolitos inofensivos, existían en una simbiosis fundamental que, de terminarse, podría machacar entre dos rocas al corazón más tierno. Respeto eso que otorga al despojado todo lo que le falta, y ellos lo viven, devorando las horas como una boca inmensa que todo lo engulle. Amor incalculable que, por absoluto, termina siendo peligroso. Porque al final se comparten las soledades y es allí, en el núcleo último de la soledad, que me cor...
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