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El ruido mecánico / Pasaje del capitulo II

...aquella mujer abriendo la boca como un reptil atrevido. Una boca prepotente que le preguntaba cómo era ese ruido que tanto lo descontrolaba. Porque era como el ruido de un reloj grosero, una maquinaria escondida que se resguardaría de la gente inquieta como él. El ruidito gobernador que irrumpía todos sus sistemas, porque devenía ajeno y singular, como extraño sería lo que nos vislumbraría.

Revelación

  Carmine despolariza la panorámica principal, y desnudando lento aparece la oscuridad absoluta. Hipnótica. Después nos miramos, porque es definitivo contemplar un evento así: Ter-gom avanza hacia el acrílico, y lo toca. Lo toca porque niega la profundidad. Repite que no puede ser, hasta q ue repentina nos dice de esa única negrura aberrante, que es un poco como la muerte.

Alienados

—No me extrañaría si serías otra cosa —dijo Magalí—. Sospecho que te guardás algo tremendo. ¿Qué planeás? —Nada —dijo Beltrán. —Entonces, ¿por qué siempre te quedás ahí, recostado, y mirás el cielo? —¡Todo Bahía Blanca se fija en el cielo, Magalí! —Algo escondés —se ató el pelo enojada—. No sé qué tenés, pero está ahí. Se siente. Beltrán observó a su esposa tirar lo que quedaba del vino y entrar a la casa. Al caer la medianoche Magalí se durmió frente al televisor. Beltrán se sacudió la camisa y se sacó una ramita del pelo: la luna encendida en el patio entero, y más también. Cerró la puerta y le acarició la cara, le abrió el puño y le quitó las abejas muertas que acostumbraba juntar. Después, apagó el televisor.

Cosas que escuchó una cajera

1—Amor, llego en cinco minutos, pero después me tengo que ir. 2—¿Yerba o pañales? 3—El seguridad me tiene podrida. 4—Estoy en el laburo. 5—Decile que es hoy, y me pasás a buscar. 6—Este hipermercado es un puterío. 7—Me engancharon. Y ahora viene la policía. 8—¿Chancho colorado? El gerente. 9—Sí, venite. Está en caja uno. 10—Trae unos chorizos, y dos cajones de birra.

Misterios

  Escribir es tu salvación, es patear las puertas del misterio para preguntarnos: sucede que te encontrás al monstruo. Sabé que sus cuestionamientos son la fuente, y que sus preguntas siempre nos convocan. Tenés que domesticarlo.

Disfuncionalismo doméstico - Cristian Cano y Alejandro Bentivoglio

—Si entro a casa y tengo la más mínima duda, —dijo Selva— ¡lo dejo mormoso a palos! —¡Nooo! —dijo su amiga— ¿Así lo tratás a tu pibe? —¡25! El que sigue... —gritaron. —¿Vos nunca te fumaste un porro? —No —dijo Selva cuando llegaba su hija. —¡Mami, mami! Cristian me retó, está haciendo artesanías en el medio del comedor y tiene los ojos colorados. —Ahora me va escuchar —dijo Selva—. Quedate en la fila —No seas bestia, son pavadas de chico. —¿Mi hijo fumón? ¿Vos me estás cargando? ¿Te parece que si la gente del barrio lo sabe vamos a poder vivir tranquilos? Ya bastante tengo con que se alimente del Banco de Sangre. Ni loca, le voy a dar un par de bifes ya mismo.   Selva salió del local echa una furia: v io a los vampiros habituales que se amontonaban en la fila, a la empleada que sacaba una jovencita adolescente rebosante de sangre desde dentro de una jaula, para entregarsela al número 25. 

El albedrío falso entre las especies - Cristian Cano y Raquel Sequeiro

El comedor fue un charco putrefacto en donde aquél reptiloide revolcaba enamorado de alguna repugnancia que desconozco. Se me acercaba extasiado, porque revelaba esa naturaleza grotesca que siempre se esconde: desde debajo, un globo brilloso salió despedido y cayó más allá. Me ardían las piernas, porque las tenía devoradas, pero igual me arrastré hasta la pared. El reptil me sujetó desde el fémur blanco y tironeó personificando la monstruosidad dominante. Dentellaba en el aire comiendo víctimas imaginarias, hasta que le hundí el hacha en la cabeza. Después, la pupila achicó. Después, se desinfló como un globo. Y no puedo olvidar el burbujeo de la nariz sumergida. Miré mis piernas: estaban en un rincón ateridas de frío, a medio mordisquear; terminé de amputarme el brazo justo por debajo del codo de un tirón, y todo lo que quedaba, pensé, era casi un amasijo de huesos. Únicamente mi tronco estaba incorrupto y mi cara a salvo; el bicho me había dejado una profunda desgarradura en el pech...