domingo, 26 de mayo de 2013

Imágenes difusas en un paisaje gris


Abrió la puerta y entré. Esperé unos minutos para decidirme, pero ahora sí que estoy decidido. Ahora, veo el circo completo. La mesa colocada en el medio de la sala y los muebles apretujados en un rincón. El personaje me había asegurado que iba a estar solo unos cuántos días y decidí acercarme, ¿para qué? Ni bien cierra la entrada caigo en sopor. Así llamo a estar melancólico cuando sé que no me va a durar mucho. Siempre trato de apartarme de los recuerdos. No tendría que haber venido. Camino por la sala sin decir nada. Los engendros me riegan con miradas lacerantes que me confirmaban teorías en las que vengo sumergido desde hace mucho tiempo. Mantengo la vista en la alfombra. Sé que no voy a salir vivo de esta, pero me siento fuerte. Con fortaleza. Juegan al póquer y se pelean por tonterías. Huelo la sangre en el suelo y escucho gritos en los alrededores. Pedidos de ayuda que te pondrían la piel de gallina. Debe andar por acá, sé que está por acá. Cuando lo encuentre voy a enfrentarlo. Cara a cara. A los personajes de una ficción hay que rescatarlos y entenderlos. Hay que ponerse en sus zapatos y observar a través de sus ojos, por más miradas esquivas que estos insinúen. A veces, buscarlos cuesta mucho y hasta puede ser peligroso cuando la historia se convierte en un monstruo que te domina. Aún así, vale la pena. Estos desconocidos personajes saben todo sobre nosotros y es seguro que aprender de ellos es posible, por eso hay que enfrentarlos. Para seguir en la búsqueda de saber quiénes somos. 

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